
En Una vida en otra parte se cuenta una historia en dos tiempos diferentes: uno, una suerte de presente y el otro en los ochenta/noventa de este país. La escritura de la obra también fue en dos tiempos, no tan lejanos como los de la ficción, pero sí bien diferentes entre ellos: la pandemia y el regreso a la “normalidad”.
La escritura durante la pandemia comenzó por necesidad y la inició un anuncio del Teatro Nacional Cervantes que abría un concurso para obras cortas que se filmarían en la sala María Guerrero. Así fue como el monólogo con el que inicia Una vida en otra parte, que ya estaba garabateado en mi computadora, se fue transformando en una obra corta que fue enviada al concurso y que pasó sin pena ni gloria.

El segundo tiempo de escritura comienza en 2023 con un mensaje por Instagram de Rodrigo Rivero, el director de la obra, coterráneo (sí, dos cordobeses más en este epicentro porteño) a quien no conocía en persona y que me preguntaba por otro texto que había escrito y que yo tenía “apalabrado” con alguien que al final no lo dirigió. Esta imposibilidad hizo que le ofreciera esta obra corta que había escrito para el concurso para que la leyera sin compromiso. Rodrigo la leyó, le gustó y yo me comprometí a escribir las escenas que creía, necesitaba la obra, para poder desarrollar lo que se contaba en su trama. Que por cierto es mucho lo que acontece porque, como dije al principio, es una obra que se narra en dos tiempos diferentes.
Semana a semana iba entregando a Rodrigo las nuevas escenas escritas que el leía, sugería correcciones y montaba con los actores de la obra, casi como se muestra en Shakespeare Apasionado, donde se ve al gran William escribir y montar sin solución de continuidad. (No, la referencia al bardo inglés no es modesta, lo sé… Pero se me vino a la cabeza y creí que era una imagen clara para que usted, lector, entienda a qué nos referimos los que nos dedicamos a esto cuando decimos lo de escribir y montar, escribir y montar).

No vi ningún ensayo de los que Rodrigo llevaba adelante. Quería asistir a la sorpresa del estreno, ser casi como uno más del público, lograr conmoverme con eso que en otro tiempo había escrito. Y debo decir que el trabajo de Rodrigo con los actores fue tan contundente que no pude evitar llorar y llorar con el resto del público presente.
La historia es fuerte, es cierto. Una que no abunda en el teatro actual, con un tema que pocas veces he visto puesto en escena en los veinticuatro años que llevo viviendo en la Capital Federal: la peste rosa, la muerte de referentes en la lucha de los derechos de la comunidad LGBTIQ+, la violencia intrafamiliar para los que no abrazamos la hetero-normatividad y (sobre todo) la importancia de la familia elegida, esa familia lógica, tan diferente a la de sangre, la biológica.
(Me permitirá, lector, que haga esta aclaración y solo la haré por mi madre, que cuando ve alguna obra de mi autoría piensa que el personaje de la madre es ella. No, vuelvo a perjurar que no sos vos, Má. Yo solo necesitaba, para el desarrollo de la acción, que el personaje de la madre obrara así. Por si no se entiende la aclaración, cito ese momento de crueldad que esta madre ficcional tiene con su hijo Muni. Esto lo dice Lucrecia Joven, la hermana de Muni:

No sé dónde leí que el tiburón es una de las pocas especies que abandona a la cría al nacer. Había otras más pero me pareció muy clara esa imagen de una madre tiburón dejando su tiburoncito a la deriva para que sobreviva como pueda en esa inmensidad que es el mar.
Mi madre era eso: una madre tiburón. Y yo no quería más ser una rémora, adosada a su aleta, masticando las sobras de su odio. No.
No todas las madres son amorosas como en los cuentos, o en las películas. Hay algunas que jamás, jamás, jamás tendrían que haber tenido hijos.
Es duro, pero he escuchado cosas peores de boca de amigos.
El elenco que armó Rodrigo es maravilloso, la dinámica y la química que logró en escena es única y los decisiones son acertadísimas: como el tema musical para el playback de Arnaldo/Milady o las intervenciones inocentes y muy graciosas de la Primi, o el baile de Muni y Lucrecia mientras suena Virus o ese final en el que todxs los que asistimos comulgamos con los demás.

El texto de Una vida en otra parte tuvo mucha, muchísima suerte, de encontrarse con la mirada lúcida de Rodrigo y de sus decisiones y con un elenco de lujo integrado por: Viviana Suraniti, Lalo Moro, Lara Singer, Lourdes Varela y Eloy Rossen. Me encantaría que el público tenga la suerte de acercarse a ver de cerca este mundito maravilloso que han creado este grupo de personas en el Teatro del Pueblo.
Porque es una historia para todas, todos y todes, porque es una historia de hermanos, de decisiones y de destino, pero es sobre todo una historia sobre nosotros mismos, sobre la importancia de la empatía con los diferentes, de la no estigmatización del que siente diferente.

Vengan a ver Una vida en otra parte, para llorar lo que cada unx necesite pero sobre todo para conmemorar a los que estuvieron antes y nos allanaron el camino. Para celebrar la diversidad y para reconocernos en esa diversidad iguales, pues todxs es este mundo (aunque a veces lo olvidemos) sentimos, vivimos y moriremos como humanos que somos.
* Dramaturgo. Autor de Una vida en otra parte, que se presenta los viernes 22.30 hs. en el Teatro Del Pueblo (Lavalle 3636, C.A.B.A.).
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