
Estaba en una clase de actuación, cuando Marcelo Savignone se probó una máscara balinesa y sintió una revelación: quería ser el actor que aparecía con ese potente elemento en su cara. De ahí, a subir a un avión a Bali y cruzar Tailandia, no pasó mucho tiempo. Ya afianzado en el mundo de la improvisación y con esta disciplina ancestral incorporada, la búsqueda no terminó. En 2004, lo invitaron a Londres para perfeccionarse en la técnica del teatro del gesto, de Jacques Lecoq y allí estuvo. Ahora, a los 50 años y luego de más de 30 años de crear, formar y entrenar teatro con el foco en el cuerpo, el campo del pensamiento se instaló de manera definitiva en la vida de este artista, que está por licenciarse de la carrera de Filosofía. “Empecé a estudiar durante la pandemia. Si me quedo quieto, exploto”, dice Savignone y, está claro, nunca paró. Terco, espectáculo que se presenta en el Cultural San Martín, es la síntesis de este recorrido, con una obra que atraviesa teorías filosóficas, textos de Shakespeare y el plano autobiográfico.
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“Terco es una obra que habla sobre la perseverancia de un cuerpo por vivir y cómo el tiempo nos limita en esa lucha. A través de la obra, buscamos explorar esta noción filosófica de una manera innovadora y emotiva”, dice Savignone y para contarlo utiliza la historia de un actor que interpreta al Rey Lear, de Shakespeare, pero no quiere tener que hacer de viejo. En esa negación, se recorren otros textos shakesperianos como Hamlet o La Tempestad, contextos epocales y un profundo trabajo sobre el ritmo y la música, que es este caso, es del reconocido Pedro Aznar. Música, canto, baile, actuaciones, textos clásicos y una puesta con un planteo cinematográfico es interpretada por el propio Savignone, junto a Flor Otero, Sofía Gonzalez Gil, Belén Santos, Valentín Mederos, Guido Napolitano, Milagros Coll y Priscila Lombardo.

—¿Cómo aparece lo autobiográfico en esta obra?
—La obra es la síntesis del duelo que estoy haciendo desde 2014 por la muerte de mi padre. Él era una figura muy importante para mí, alguien que me transmitía mucha vitalidad. Teníamos un vínculo de mucha profundidad, era médico, yo iba a ser un médico. Creo que nuestra unión se construyó desde mi mismo nacimiento, con una presencia muy fuerte que tuvo, desde que era un bebé. Es algo que trato de entender al día de hoy, porque pasaron nueve años desde su muerte y yo sigo en duelo. Es un duelo que he convertido en arte todo lo que pude, algunas veces de manera literal y otras, de manera poética. Terco trata, finalmente, sobre la muerte de mi padre. Aparece un cuerpo que quiere vivir y la noción de finitud. La obra sucede en el pensamiento de alguien que se quiere aferrar a la vida.
¿Cómo se vinculan estas nociones con la obra de Shakespeare?
—Shakespeare da cuenta de esta problemática entre un cuerpo que quiere vivir y la inevitable finitud. Al final de la obra, le pongo la corona al rey y ahí hay algo muy simbólico. En muchas obras de Shakespeare el teatro se vuelve un espejo de nuestras vidas. Fernando Pessoa decía que la metafísica es una forma de sentir la vida y yo entiendo que el teatro es una forma de sentir la vida.

—¿Cómo llega la filosofía a tu teatro?
—Cuando estrené Cuerpo en 2020 fue el resultado de una investigación sobre la filosofía de Spinoza. El decía algo que me alucinó: “El cuerpo persevera por vivir”. Este estudio me hizo meterme en la carrera de Filosofía y ya me estoy por licenciar. La filosofía fue una manera de acercarme a ciertos textos clásicos y darme un nuevo campo conceptual. Además, como actor, ese entrenamiento del pensamiento me dispuso con más relajación el cuerpo. Hoy siento que el cuerpo está mucho más libre en escena por el entramado filosófico. No sé si es la misma experiencia para todas las personas que estudian filosofía. Es lo que me pasó a mí que venía con 30 años de entrenar e investigar el cuerpo, desde la actuación, la danza, el movimiento. El pensamiento me ayudó a liberarme.
—Sos autor, director y actor de tus obras, ¿por qué necesitás estar en todas las instancias de la creación?
—Es la forma que encontré. En mi caso, como intérprete, hubo un momento en que me empecé a sentir muy mal esperando que me llamen para poder actuar. Entonces decidí armar mis propios proyectos. Luego me di cuenta que me gustaba mucho la posibilidad de crear materiales, entiendo que hay partes que se debilitan más, pero soy el director que más me llama y me da personajes bárbaros. Soy el que más me quiere como actor. Me encanta el trabajo de crear.

—Dijiste que el teatro es una forma de sentir la vida, ¿Cuáles son los puntos débiles de trabajar todo desde la autogestión?
—Siempre caigo en los mismos lugares, que tienen que ver sobre cierta idea del reconocimiento. Son cuestiones más insignificantes, Spinoza habla de la vanagloria. Trato de racionalizar eso que suele capturarnos pasionalmente, no nos deja pensar y se empieza a padecer. Pero para estas cuestiones el ejercicio filosófico también me hizo muy bien. Tengo 50 años y de repente veo mi vida y me siento un privilegiado por todo lo que puedo hacer. Poder pensar las cosas me ayuda a seguir valorando lo que hago. Es el gran tema de estos tiempos: uno deja de valorar lo que hace porque piensa que otros tienen más reconocimiento. Pero hay cosas que llegan con el tiempo. Ahora, por ejemplo, estoy por publicar mi libro, se llama A poner el cuerpo: un diálogo entre el teatro, la filosofía y la vida, saldrá por la Editorial Atuel. Es la síntesis de 25 años de trabajo. Ahora está en maquetación. Mi filosofía del trabajo por publicarse y una gira de Terco pronto. Cuando termine con esto, calculo que me voy a anotar en la carrera de Sociología.
* Terco se presenta martes y miércoles a las 20 horas en el Cultural San Martín, Sarmiento 1551. Entrada: $1800 generales y $1500 con descuento para estudiantes y jubilados.
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