
Ha muerto David Crosby, sí. Me enteré de la noticia rápidamente por un emotivo posteo de Nito Mestre, que incluía una foto con él, quién sabe cuándo y dónde. Qué significativo que haya sido a través de Nito, que es posiblemente el discípulo más aplicado que pudo haber tenido en el sur de América, básicamente después del esplendor de Sui Generis, en esa etapa de los Desconocidos de Siempre que posiblemente algún día se revalorice por aquello que hacía, folk de guitarras acústicas y cuidados arreglos vocales, que era el camino que había mostrado Crosby.
Tenía 81 años, precisaron después las noticias y cualquiera pudo corroborarlo. Y claro, era grande. Es una proeza la suya de haber vivido hasta esa edad, siendo que tantas veces desafió a la muerte tomándolo todo, lo que no estaba prohibido y lo que sí. Y es que bueno, así fue su tiempo de primera juventud, todo exceso, por los sueños, por las buenas canciones, por el alcohol y por las drogas.
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Murió en su ley. Era un viejo hippie y vivió siéndolo hasta el último momento. Incluso negándose a verse en una estatua. Su último disco fue publicado a comienzos de diciembre pasado, hace menos de un mes y medio; lo había grabado con su banda, en la que ninguno de sus integrantes había llegado a la mitad de su edad.

Y qué lecciones dejó. Su maestría para escribir canciones antológicas, para ponerle sonido a sus hermosas melodías y su notable capacidad para armonizar las voces serán, posiblemente, insuperables. Eso deben saberlo las nuevas generaciones que hoy pasan el día mirando su celular para ver cuántos Me gusta consiguieron sus ingeniosos tuits, y que valoran artistas sólo mirando cuántas reproducciones han obtenido. David Crosby, que venía de otro siglo, no competía en esas ligas. Iba por otro lado.
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Nos marcó a quienes nacimos y vivimos en su tiempo. Hace unos días, alguien que sabe bien cuánta música tengo en mi casa, me preguntó cuáles eran mis discos preferidos, y sin una respuesta pensada, elegí responder en cambio cuáles más he escuchado. Y dije en ese grupo estaban -están- el primero de Crosby, Stills y Nash, ése en el que están los tres en un sillón, y el Déja Vú debut -y despedida- de Crosby, Stills, Nash & Young. Dos de Bob Dylan, dos de Los Beatles, algo de Charly García, algo de Spinetta y no sé qué más, y en ese puñadito, dos donde lucía Crosby. Epa, recuerdo que pensé, qué dato fuerte.
Unas horas después vi en Netflix el documental Laurel in the Canyon que, conducido por Jakob Dylan, uno de los hijos de Bob, resalta la importancia de las canciones gestadas a fines de los 60 en el Canyon, hermoso barrio de Los Angeles. Ahí aparece Crosby, ya veterano, blanco en canas, contando algunas cosas maravillosas. También están, todos grandes, Brian Wilson, el de los Beach Boys, Michelle Phillips, la chica rubia y hermosa de The Mamas and the Papas, Eric Clapton, Ringo Starr, Stephen Stills, Graham Nash, Jackson Browne y Tom Petty, más los jóvenes Beck, Regina Spektor, Jade Castrinos, Fiona Apple y Cat Power. Qué maravilla. ¿Qué a quién me emocionó más ver? A Crosby, sí.
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Esa película es, en rigor, un gran reconocimiento a Buffalo Springfield, la banda de country-folk en la que aparecieron unos pibes llamados Young, Stills y Richie Furay. Pero también es un hermoso rescate de lo maravillosas que fueron The Mamas and the Papas y The Byrds. En ese último grupo estaba, sí, David Crosby.

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Una sola vez bajó a Buenos Aires. Fue en el otoño del 2012, cuando tocó y cantó con sus viejos compañeros Stills y Nash. Fue una noche inolvidable para quienes podían valorar quiénes eran esos señores ya veteranos, dos con 70, el otro con 68, que estaban ahí bajo las luces del escenario del Luna Park. Hubo otros que -suele pasar- ni se enteraron.
Su disco For Free, el último en estudio, grabado y publicado en 2021, ayer nomás, hermoso y recomendable, tiene en la portada un retrato suyo hecho por Joan Baez, otra gran figura del hippismo de los 60 que además de ser una formidable artista, afinadísima, coherente y conciente, dibuja y pinta de maravillas. Como Joni Mitchell. Esta gente talentosa por todos lados es así.
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Su despedida fue con un disco en vivo, publicado hace solo un mes, a mediados del último diciembre (hacía ya medio año casi que tenía 81). Es el Live at the Capitol Theatre que se registró durante un concierto con su última compañía, The Lighthouse Band, que integran tres jóvenes que no llegan a los 40 años, o sea que tienen menos de la mitad de su edad. La conforman dos chicas, Becca Stevens, norteamericana de Carolina del Norte, hoy de 38 años, cantante de la Travis Sullivan’s Björkestra, y Michelle Willis, inglesa de 36, criada en Canadá, y un joven maravilla, Michael League, de 38 años, músico y productor, multiinstrumentista, de California, líder de los sorprendentes Snarky Puppy y del ensamble Bokanté, que es el director musical de la banda. (Para los no informados, el Capitol es un teatro histórico del pueblo de Port Chester, condado de Westchester, Nueva York, que fue construido en 1926). Miren ustedes, el viejo Crosby eligiendo tanta juventud. Y de sus tres acompañantes, dos mujeres.

Todos están grandes. Stephen Stills tiene 78; Graham Nash, 80; Neil Young, 77; Brian Wilson, 80; Bob Dylan, 81; Joni Mitchell, 79; Joan Baez, 82. Algunos, como Tom Petty y George Harrison, ya no están. Así es la vida y así es la muerte. Hoy, David Crosby se fue de acá para allá.
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Recuerdo que una vez León Gieco me contó que decidió ser un artista como el que después fue, cuando un día de la segunda mitad de los 60 escuchó, en la propaladora de su pueblo, Cañada Rosquín, Mr. Tambourine Man de Bob Dylan interpretada por The Byrds. El grupo de David Crosby.
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