
He aquí un musical de Broadway que canta, baila y deslumbra tan magnéticamente, que parece como si hubiera sido ordenado para la pantalla por la divina providencia. Matilda, de Roald Dahl: El Musical es ciertamente divino, pero las figuras inspiradoras son todas mortales: un director, Matthew Warchus; una estrella, Emma Thompson; y un reparto de niños maravilla en perpetuo torbellino que impulsan la historia hacia adelante con un encanto cinético.
Matilda fue primero una novela de Dahl, luego una película en 1996, después un musical de Broadway en 2013 y ahora un musical cinematográfico. El público ha visto innumerables veces cómo esta progresión puede involucionar de una encarnación a la siguiente, como si una propiedad estuviera sujeta a una biodegradación imaginativa. En este caso, ocurre todo lo contrario: Matilda, en cines y en streaming en Netflix a partir del día de Navidad, explota con un estimulante placer en la transformación fílmica, en el aprovechamiento de la fuerza de un medio y su regeneración en otro.
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La película vuelve a reunir a miembros clave del equipo creativo de la versión teatral, como el escritor del libro (ahora guionista) Dennis Kelly y el compositor Tim Minchin, bajo la dirección una vez más de Warchus, un veterano de Broadway y del West End. Su versión cinematográfica es, en cierta medida, aún más fiel a la oscura visión de Dahl sobre los terrores de la infancia, ya que despliega una descripción más dura de la difícil situación de Matilda (la asombrosa Alisha Weir). Y cuenta incluso más que la adaptación teatral con nuestra simpatía reflexiva por los niños sometidos a los caprichos dictatoriales de adultos crueles.

En el centro de todo está Thompson como la despiadada Agatha Trunchbull, directora autoritaria de Crunchem Hall, un colegio de primaria sobre el que preside con olímpico desprecio a unos alumnos aterrorizados a los que llama “gusanos”. Thompson es una amante de los disfraces elaborados –recordemos, por favor, Nanny McPhee– y aquí va abultada y uniformada como una déspota totalitaria. El suyo es un tour de force megalómano que alcanza su clímax en la extraordinaria The Smell of Rebellion (El olor de la rebelión), un alboroto musical en una carrera de obstáculos embarrados que pasa por una agotadora clase de educación física.
Ellen Kane es la coreógrafa de éste y otros notables números de producción –fue la coreógrafa asociada de Peter Darling en Broadway– que hacen que uno se maraville de lo que se puede conseguir con una legión de ágiles preadolescentes. Piensa en Oliver! con diez veces más combustión. En canciones como “School Song”, de bienvenida al infierno, y “Bruce”, que narra un desafío penitencial de comer pasteles, el conjunto baila por los pasillos y las salas de reunión con un ímpetu vertiginoso.

El principio rector de Matilda es que los adultos pueden permitirse fantasías autocomplacientes sobre sus pequeños: “Mi mami dice que soy un milagro”, canta el primer número, mientras el director de fotografía Tat Radcliffe hace un barrido de adorables recién nacidos en sus cunas. Pero cuando crecen lo suficiente para ir al colegio, quizá sea entonces cuando los padres y las madres deberían prestarles más atención. Crunchem Hall es el Dotheboys Hall de Nicholas Nickleby con una dosis extra de sadismo. (Aunque la señorita Trunchbull inflige castigos físicos que mágicamente no producen daños duraderos, yo diría que la película no es para niños pequeños que aún no saben distinguir entre lo real y lo fingido).
A diferencia del Hogwarts de J.K. Rowling, Crunchem Hall es una perversa parodia de las brutalidades del sistema escolar británico. La vida familiar de Matilda Wormwood es igual de horrible, ya que está presidida por unos padres caricaturescamente egocéntricos (interpretados con maestría por Stephen Graham y Andrea Riseborough) que son ajenos a lo que es evidente para el resto de nosotros: que Matilda es una niña maravillosa con dones sobrenaturales y poder cerebral de sobra. Eso lo descubre el personaje más benévolo de la historia: la maestra de Matilda, la Srta. Honey, encarnada por Lashana Lynch.

Los Wormwood han sido despojados en la versión cinematográfica de la mayor parte de sus responsabilidades como cantantes –no había forma, aparentemente, de hacer que una de las canciones más divertidas del musical, “Telly”, del Sr. Wormwood, en la que participa el público, funcionara en la pantalla–, y Michael, el hermano de Matilda, ha sido eliminado por completo. La luminosa presencia de la joven Weir compensa con creces todo lo que se ha eliminado. Su entrañable Matilda es soñadora y rebelde en partes iguales, atributos que brillan con luz propia en el mundo de colores de Necco-Wafer creado por los diseñadores de producción David Hindle y Christian Huband.
Los otros niños asediados galopan con la misma vivacidad, entre ellos Charlie Hodson-Prior como Bruce, Winter Jarrett-Glasspool como Amanda y Rei Yamauchi Fulker como Lavender. Cuando un espectáculo se abre tan alegremente a las cámaras, es sin duda una fiesta feliz.
Fuente: The Washington Post
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