Después de Carmen, la ópera más popular de George Bizet es Los pescadores de perlas. La puesta actual que se está haciendo en el Teatro Colón es magnífica. Impacta por la potencia de escena, el vestuario, las proyecciones que se superponen a las bailarinas y les dan un efecto casi como de holograma. Esta versión es una coproducción con el Teatr Wielki W Łodzi de Polonia, y, dependiendo del día, los protagónicos están encarnados por Hasmik Torosyan o Federica Guida (Leila), Dmitry Korchak o Sang-Jun Lee (Nadir), Gustavo Feulien o Germán Alcántara (Zurga), Fernando Radó o Emiliano Bulacios (Nourabad).
El jueves pasado, a las ocho en punto de la noche, se apagaron las luces del teatro y una grabación con la voz de Martín Wullich dio las indicaciones clásicas: silenciar los teléfonos, no sacar fotos, etc. Un momento después entró el director valenciano Ramón Tebar, que agradeció el aplauso cerrado del público, y con una breve indicación de su parte empezaron a sonar los primeros acordes de la obertura. Hacía más de cien años que el Colón no presentaba Los pescadores de perlas.
Por eso fue tan llamativo que media hora más tarde, justo cuando Nadir y Zurga hablaban de la belleza de Leila y recordaban cómo ella había huido la primera vez que la vieron, unas treinta personas del Paraíso abandonaran la función sin siquiera volver la vista.

Preferiría no hacerlo
En 1936 —lo cuenta Julian Barnes en la bellísima novela El ruido del tiempo—, Dmitri Shostakóvich presentaba Lady Macbeth de Mtsensk en el Bolshoi de Moscú. La sala llena tenía, sin embargo, un único asistente que importaba más que el resto: José Stalin estaba en palco destinado al gobierno. Para Shostakóvich la moneda estaba en el aire. Podía ser la gloria o la condena. Finalmente sería el infierno: Stalin se iba en el entreacto y el director caía en desgracia.
Qué habrán pensado ayer los que se quedaban. Qué habrán pensado los acomodadores, los músicos. ¡Qué habrá pensado Tebar! En el teatro más importante del país, en una obra tan esperada, justo en el momento en que comenzaba a desatarse el drama, treinta personas dejaban la función.

La deserción masiva era, en realidad, una experiencia —casi una performance conjunta— incluida en el programa del Festival Nueva Ópera. La propuesta del director escénico Guillermo Cacace y los compositores Matías Giuliani y Silvina Zicolillo era una suerte de adición por la negativa, una intromisión al revés, un “preferiría no hacerlo” en grupo.
La invitación, entonces, era a participar de “Desertar” —tal el nombre de la actividad— y vivir la sensación de abandonar una ópera. “¿Pensaste alguna vez por qué me quedo acá?”, decía la convocatoria, “¿Pensaste alguna vez qué te retiene en algunos sitios? Si las convenciones son también una forma de los sitios, ¿pensaste alguna vez ‘por qué permanezco en estas convenciones’?”.

Should I stay or should I go
La actividad tenía una duración de tres horas. A las siete de la tarde, un ómnibus en Finochietto y Bolívar, la esquina del Espacio Apacheta que dirige Cacace, esperaba a los futuros desertores. Los asistentes debían llevar celular y auriculares para recibir las indicaciones: un juego que hacía eco en la voz de Wullich, pero mientras en el Colón se planteaba como un mensaje general, aquí se le hablaba a cada uno en forma personal. En un clima distendido y mirando la ciudad con ojos de extranjero —lo que podría considerarse como otra forma de desertar—, la voz de Pochi Ducasse invitaba a poner la alarma a las 20.30 y pensar, casi en clave de The Clash, en todas las veces en que uno se queda cuando querría irse. “¿Qué otras veces ha desertado? ¿Ha desertado alguna vez? ¿De qué?”.
La experiencia de “Desertar” puede verse como un gesto vanguardista provocador. El resultado es paradójico. La vanguardia siempre es efectiva en la idea; no siempre en la ejecución. ¿Cómo pensar la decisión de desertar cuando estaba pautado el horario de salida? ¿Por qué se eligió esa obra? ¿Cómo dialoga la deserción con Bizet?

Otra vez en el ómnibus, los desertores recibían un nuevo mensaje: ahora era el link a un video —quizá demasiado largo: casi veintisiete minutos— en el que Cacace, Giuliani y Zicolillo indagaban respuestas en torno a su propuesta. “La ópera en tanto lugar institucionalizado sería el límite de cualquier idea experimental”, decía Cacace, y seguía: “cuál sería la acción posible en relación a una nueva ópera: ¿generar una ópera estableciendo unos parámetros completamente singulares para diferenciarla de la ópera canónica o directamente irse de la ópera?”.
El encuentro incluía un debate final en Apacheta, pero no puedo contar de qué se habló: no me quedé. Siento que no hubiera sentido la experiencia de deserción en toda su magnitud si no abandonaba la actividad en un momento fuera de lo pautado.
* Desertar vuelve a suceder hoy, sábado 29 de octubre, a las 19
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