
Lima es “la ciudad más extraña y triste que puede verse”, según Herman Melville, “La bella sin lágrimas” para la gente o “Lima la Horrible” como bautizó el escritor peruano Sebastián Salazar Bondy a la periferia marginal de esta metrópoli. Aquella que por la noche es conquistada por la suciedad de las calles y por perros vagabundos que deambulan por las irregularidades de la calzada. Y tan alejada del Perú, que nadie peca de exceso de patriotismo.
Esa urbe caótica de vendedores ambulantes, edificios abandonados y esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina de la noche es la que fotografió Santiago Bustamante, artista de Galería Phuyu, escoltado hasta por dos guardaespaldas.
Desde el año 2000 se aventuró hacia los barrios marginales y así nació Nocturnos limeños, un recorrido fotográfico análogo que fue editado por el Fondo Editorial de la Universidad de Lima en un libro que invita a transitar el mismo desafío.
“Elegí estos lugares porque, como muchos limeños, sentía que vivía en una burbuja y me di cuenta de lo ignorante que era sobre la ciudad, lo grande que puede llegar a ser”. Con su cámara inmortalizó los parajes donde viven los migrantes de las sierras, de manera marginal.

—¿Qué fue lo que descubrió al conocer esos rincones prohibidos?
—Una urbe interminable que se extiende entre los cerros albergando millones de personas que, silenciosas, descansan en los albores de la madrugada. Las luces amarillas de los postes del alumbrado público se prolongan en todas las direcciones otorgándole un tono dorado a las de calles. Me llamó la atención la completa vacuidad y desolación. Encontrar belleza en estos lugares fue como buscar una aguja en un pajar. Lima es un monstruo de siete cabezas.
—¿Como la definición apocalíptica que hace la literatura peruana en referencia a la cantidad de personas que habitan la capital?
—Sí, sobre todo en la periferia, donde vive un 82% de la población. Y que sigue creciendo. Cada vez que se construye una casa se dejan los cimientos listos en el último piso para, en el futuro, darle un lugar a aquellos que llegan a los suburbios.
—¿Por qué eligió la noche para registrar la ausencia del tumulto de gente y el infinito comercio ambulante?
—Porque no quise fotografiar personas. Hubieran estropeado la sensación de vacío, abandono y soledad, que es el hilo conductor de todo el proyecto. La madrugada es el único instante en el que la marginalidad se vuelve arte en luces, caos y ruido. Además, las exposiciones toman tiempo, diez minutos o más. De hecho, una noche descubrí una figura religiosa alucinante en medio de un zaguán en el peligroso barrio La Victoria, del que me costó salir. Y no pude terminar de realizarla.

—Durante muchos años trabajó en blanco y negro, ¿por qué el leguaje cromático se apoderó de su atención?
—Me gusta otorgar más color a lo monocromático para evitar esa nube gris en la que vivimos. También por eso es que tomo las fotos durante la noche, cuando me escapo de la niebla y utilizo las luces urbanas que iluminan los escenarios y “pintan” las paredes y las casas. Lima nocturna es de color dorado.

—¿Cómo fue la experiencia de trabajar junto a Stephen Shore, quien formó parte de The Factory (el estudio de Andy Warhol) y fue su asesor de tesis en Nueva York?
—Fue una vivencia extraordinaria y aleccionadora. Recorrer Cusco y Nazca con Stephen fue revelador. Por un buen tiempo, el solo hecho de estar con él me hizo sentir parte de la historia viva de la fotografía.
—¿Cuál fue el mejor consejo que recibió de él, uno de los grandes artistas de la última década?
—Me lo dijo durante el viaje y fue el de trabajar como profesor de fotografía. Como decano de la Facultad del Bard College, Stephen Shore me recomendó enseñar, porque se aprende mucho haciéndolo.
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