
En un entretejido que combina relatos de hace veinte años con otros actuales, la escritora, dramaturga, cineasta y directora de teatro Romina Paula (1979) publicó Archivos de Word (Mansalva), un libro de cuentos que, desde la variedad y la polifonía, construye el sentido de una educación sentimental y rescata el valor de la oralidad en la literatura.
Creadora multifacética, autora de libros como ¿Vos me querés a mí?, Agosto y Acá todavía y autora y directora de la película De nuevo otra vez, la escritora plantea desde el prólogo un mapa de los doce cuentos para que el lector pueda espiar las condiciones de producción o de publicación de cada uno de los textos. “La convivencia de todos esos momentos traza un mapa posible de cómo tramitar el presente, en cada momento. Y al releerlos y agruparlos, decidir el orden, siento que hice como un recorrido por distintos modos de contar esa emocionalidad, de contar el presente o de revisitar el pasado y nombrarlo”, propone la escritora durante la entrevista.
La tapa de Archivos de Word también da cuenta de este diálogo temporal. “Busqué fotos en mis archivos pero nada nos satisfacía así que Francisco propuso sacarme la foto él y me gustó la idea de que fuera una imagen mía más actual imposible, quizás en contraste con muchos de los relatos del libro, que no lo son”, cuenta la autora sobre el proceso de selección de la foto de tapa, un retrato suyo reciente que tomó el editor y poeta Francisco Garamona, al frente de la editorial Mansalva desde 2005.
Y, desde el texto que escribió para la contratapa, la escritora Tamara Tenenbaum insiste y propone, en clave de lectura, una lógica detrás de esa aparente mezcla de registros. “La decisión de arrancar con dos textos tan distintos marca el tono del libro, su rango y su ambición: su decisión de no decidirse por una forma, de no hacer pie en ninguna parte. Aunque si hay algo que se fija en este libro es la forma de sus obsesiones. Son sus grandes hits, sus temas, que siempre aparecen atravesados por su manera informe e inacabada, siempre abierta para futuras investigaciones”, escribe.
En paralelo a la aparición de Archivos de Word, la escritora se prepara en estos días para volver a estar detrás de cámara con el film Gente de noche, que será protagonizado por Agustina Muñoz y Margarita Molfino y volverá a poner en el centro de la escena a personajes femeninos que se interpelan en torno a la relación con el espacio y la maternidad. “¿Quizás no haya tal cosa como lo habitual a la hora de maternar? ¿O sí? No sé”, sostiene. Y luego acota: “Ver a alguien vivir y tener cierta responsabilidad sobre eso es una interpelación constante, un volver a ver todo como si fuera la primera vez, un cuestionarse cosas que no había vuelto a mirar”.

—En el prólogo sostenés que como varios de los cuentos fueron escritos para ser leídos en voz alta, “el relato escrito contiene en sí su oralidad”. ¿Qué marcas de eso encontrás en los textos? ¿Cómo pensás un texto que nace para ser leído?
—A lo largo de estos años he participado de infinidad de lecturas. Creo que es algo muy de Buenos Aires por lo menos, acaso sea argentino, esto de juntarse a leer y a escuchar leer. Diría que disfruto en la misma medida leer en estas tertulias que ir a escuchar lecturas de otros. Entiendo que hace un poco menos solitario el oficio de escribir, que es lindo encontrarse, y que muchas veces se arma un clima mágico en esto de ir a escuchar leer. También es un muy buen espacio para autores inéditos que empiezan a circular su material. O para autores recién editados que lo promocionan así. En cuánto a qué marcas encuentro, siento que los textos que escribí para leerlos en una noche tienen un tono aún más coloquial, de anécdota que se comparte, es como si tuviera más en cuenta a “la audiencia”, o si supiera que estoy escribiendo para un público vivo y no para un lector silencioso. Lo pienso, por ejemplo, en el humor o en ser más explícita con ciertas cosas para que se pueda seguir el relato sin tener el texto delante.
—En esas líneas también arriesgás que la lógica interna de estos textos que pasaron de Word a Drive fue “algo así como una educación sentimental”. ¿De qué está hecha esta educación sentimental?
—A diferencia de otros libros que publiqué que contienen una unidad de tiempo, este contiene muchas. Tiene relatos que escribí hace casi veinte años y otros que escribí el año pasado. Algunos fueron publicados y otros solo leídos en voz alta. Uno es un blog. Entonces de algún modo siento que la convivencia de todos esos momentos traza un mapa posible de cómo tramitar el presente, en cada momento. Y al releerlos y agruparlos, al decidir el orden, siento que hice como un recorrido por distintos modos de contar esa emocionalidad, de contar el presente o de revisitar el pasado y nombrarlo, hay varios relatos que hacen eso también, revisitan algún hecho del pasado.

—“Gelatina” es un cuento que vinculás con la alegría que te generó que te pagaran por escribirlo, dinero con el que compraste una camisa que usaste mucho. A veces, la dimensión de la escritura como un trabajo queda invisibilizada. ¿Cómo transitás o te llevás con esto?
—Hacer el ejercicio de recordar en qué contexto había escrito cada relato también me hizo pensar en eso, en una línea general de lo que podría ser “publicar en Buenos Aires y que te paguen por eso”, por fuera del mundo del periodismo o de la crónica, sino publicar ficción. Entonces también me gustaba la idea de nombrar a ciertos editores porque siento que eso también hace una pequeña reconstrucción histórica de ciertos medios o suplementos que publican o publicaban ficción, en un momento dado. También, y eso por supuesto que me sigue pasando, para mí hay plata que vale más que otra y recuerdo por ejemplo que los primeros cincuenta pesos que gané por regalías de mi primera novela publicada en Entropía eran como una barra de oro para mí, valían un millón.
—Al cuento “Natalia (se) muere”, en el que relatás la muerte de tu hermana, le sumás un epílogo que cuenta un escenario que cruza literatura y realidad y que cambia en algún punto el sentido del texto. ¿Es así como pensás el diálogo entre ficción y realidad?
—No veo cómo cambia el sentido del texto, siento que la “broma póstuma” y ese epílogo de veinte años después están en el mismo universo que sería el del “después”. Como si fueran repercusiones o ecos de la muerte, algo así. Y cuando consideramos la posibilidad de reeditar este relato, que está publicado en el libro de Confesionario del Centro Cultural Rojas, que armó Cecilia Szperling, me pareció que estaba bueno reeditarlo y sumarle algo más, desde este presente. Y había tenido ese encuentro fantasmagórico en la plaza, entonces lo escribí.
—En ese texto aparece también Ramón, tu hijo. También en tu película De nuevo otra vez, y en varias de las columnas que escribís para El DiarioAr. Sin embargo, esas “apariciones” no se inscriben en lo que habitualmente se conoce como “literatura sobre maternidad” ¿Cómo te cambió como autora ser madre? ¿Qué cuestiones de ver crecer y de criar a un niño te interpelan al momento de escribir?
—¿Quizás no haya tal cosa como lo habitual a la hora de maternar? ¿O sí? No sé. Y en cuanto a qué me interpela de ver crecer e intentar criar a un niño, me interpela todo claro, es un ejercicio constante de algo, no sé de qué, de cosas distintas siempre. No sé si “ejercicio” sea la palabra más adecuada, bueno para mí es algo nuevo y probablemente no deje de serlo porque ver a alguien vivir y tener cierta responsabilidad sobre eso es una interpelación constante, un volver a ver todo como si fuera la primera vez, un cuestionarse cosas que no había vuelto a mirar. En ese sentido sí se parece bastante al ejercicio que habría que hacer para escribir, el de criar: estar receptiva, flexible, atenta, permeable, lidiar con la frustración, habitar la alegría, no ponerse ansiosa, escuchar de verdad, ser indulgente y firme al mismo tiempo, y siempre esto de intentar ver todo como si fuera la primera vez, para combatir la alienación.
Fuente: Télam.
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