
I
El dibujo es invención y la proporción, orden. Los dos pilares del arte plástico. Inventar y componer, esta es la actividad del artista creador.
En esas palabras del propio Joaquín Torres García (1874-1949), extraídas de su libro Universalismo constructivo, podría sintetizarse la concepción que del oficio del artista tenía el pintor uruguayo-catalán. El volumen reúne 150 conferencias dictadas en Uruguay entre 1934 y 1943, y fue publicado por Editorial Poseidón en 1944. En su subtítulo declara “Contribución a la unificación del arte y la cultura de América” y a lo largo de sus más de mil páginas fundamenta su doctrina plástica y la ilustra con 253 dibujos.
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Torres García trabajaba en la búsqueda de una forma de expresar en conceptos, en formas simplificadas de la realidad, a esa realidad misma. Buscaba transmitir un mensaje a través de signos que admitieran lecturas libres de subjetividad: “O bien el nombre escrito de la cosa, o una imagen esquemática lo menos aparentemente real posible: tal como un signo”. Para ello extrae la esencia de los elementos, esquematizándolos, geometrizándolos. Luego los ordena en casilleros rectangulares y cuadrados. El propio artista lo explica así: “No puede existir, para mí, convicción mayor que esta: primero la estructura, después la geometría, luego el signo, finalmente el espíritu, y siempre la geometría”.
El universalismo constructivo es, según su creador, una teoría y corriente plástica que propone un modo revolucionario de ver y hacer arte, que concibe un mapa de América invertido, con el Sur como Norte (América invertida, de 1943). También es la búsqueda de un lenguaje universal desde una sensibilidad uruguaya y latinoamericana influida por grandes maestros de la vanguardia europea de principios del siglo pasado: Antonio Gaudí, Pablo Picasso, Joan Miró, Piet Mondrian, Theo van Doesburg, entre tantos.
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Esta corriente estética está fuertemente basada en los aspectos metafísicos del arte. Se trataría de expresar mediante el arte la comunión del hombre con el orden cósmico. Prueba de esto es que una de sus obras preferidas es el Monumento Cósmico, realizado entre 1938 y 1939, que dibuja en la piedra, con la simbología del universalismo constructivo, su concepción de la vida a través del arte. Este monumento se encuentra actualmente en los jardines del Museo Nacional de Artes Visuales, en el Parque Rodó de la ciudad de Montevideo, Uruguay.

Como es algo usual a partir de las vanguardias de comienzos del siglo XX, combina lo antiguo y lo moderno, lo clásico y lo revolucionario. Busca a través del lenguaje moderno expresar la tradición ancestral, americana y universal. Torres García definió su pintura como una superficie organizada en sección áurea, en la que todas las partes se relacionan entre sí y con el todo. El rechazo de la perspectiva y el uso de la bidimensionalidad, que evocan las formas del arte primitivo y egipcio, facilitan la comprensión de su mensaje. Un claro exponente de este estilo plástico es su obra Puerto constructivo con hombre de cara roja, óleo sobre cartón firmado el primer día del año 1946, donde se aprecia también la paleta característica compuesta fundamentalmente por colores primarios (rojo, azul, amarillo), blanco y negro. El cuadro, de 53 por 85 centímetros, está expuesto en el Museo Reina Sofía, en Madrid, desde 1999. Igualmente representativa de esta época es la pintura Arte constructivo, de 1943.
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En el arte constructivo, la línea es independiente, porque antes de servir al esquema geométrico (la representación esquemática de una cosa) sirve al conjunto de la composición. De ahí que la línea conserve su máxima expresión, y al mismo tiempo se conserve en el plano estético. Al contemplar una obra constructiva, ante todo nos daremos cuenta del ritmo de la composición y después de las figuras, que no son cosas ni representaciones de cosas; solo simbólicamente las representan, y siempre dentro del ritmo de la obra.

II
Joaquín Torres García nació en Montevideo de madre uruguaya y padre catalán. Manifestó una temprana vocación artística. Convencido de que su destino era ser pintor, a los 17 años convenció a su padre de volver a su tierra de origen, quien tomó la decisión motivado principalmente por una situación económica muy desfavorable. En Barcelona Joaquín inició sus estudios de arte, frecuentó los ambientes intelectuales de la ciudad y entró en contacto con otros creadores de la época.
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La mala fortuna acompañó a Torres García en sus primeros murales en iglesias catalanas, como los que pintó para el ábside de la capilla de la Divina Pastora en Sarrià y que sucumbieron ante el pincel de una monja que se atrevió a repasarlas, como refiere el investigador Joan Sureda Pons en su libro Torres García. Pasión clásica. Otra de sus decoraciones murales de aquella época, en este caso para la iglesia de Sant Agustí, se perdió en un incendio en 1936.
En 1913, Torres recibió el encargo de decorar con pinturas al fresco las paredes del Salón Sant Jordi, en el Palacio de la Generalitat de Catalunya, sede del gobierno autonómico. Estos murales, inspirados en la tradición grecolatina y que recibieron el nombre de La Catalunya eterna, fueron duramente criticados por la prensa de la época, hasta el punto de que las autoridades catalanas ordenaron a Torres que interrumpiera su trabajo y escondieron sus obras bajo nuevas pinturas. Hoy el Museo Thyssen-Bornemisza de la capital española alberga uno de los bocetos que Torres García realizó en 1912 para ese mural.
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Con el nacimiento de sus hijos, la obra de Torres García viró hacia un lenguaje infantil y el artista comenzó a fabricar juguetes de madera, para los que ya empleaba las formas geométricas y los colores primarios que caracterizaron después su pintura. Hacia 1920, Torres inició una línea pictórica más influida por la modernidad y, buscando un entorno más propicio para inspirarse se trasladó con su familia a Nueva York. Allí viviría casi dos años, hasta que se estableció en Italia, donde continuó con la fabricación de juguetes que trataba de vender en diversas ciudades del mundo.

En enero de 1925, sin embargo, un telegrama le anunció un nuevo infortunio: un incendio había destruido las instalaciones de su fábrica de juguetes en Nueva York. Hacia 1926, Torres García se trasladó a París, donde tuvo contacto con artistas como Mondrian, cuya composición basada en la cuadrícula, las figuras geométricas y los colores primarios tendrían una decisiva influencia en el pintor uruguayo.
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En 1934, después de más de cuarenta años fuera de su tierra, Torres García regresó a Montevideo, donde su concepción artística se nutrió de la tradición indígena y el arte precolombino, como antes en Europa había sido influido por la pintura grecolatina.
Los murales que pintó en conjunto con sus alumnos en el Hospital Saint Bois de la capital uruguaya comenzaron a deteriorarse, por lo que fueron desmontados y puestos en bastidores. Estas pinturas se enviaron a París en 1975 para participar en una exposición, pero nunca se regresaron por falta de financiamiento para su traslado. En 1978 el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro se ofreció para solventar los costos de envío a cambio de que las obras participaran de la muestra “Geometría sensible”, pero el 8 de julio de ese mismo año se produjo un incendio devastador en el museo, en el que se destruyeron obras de Kandinsky, de Picasso y del propio Torres García (como El pez, de 1928), entre muchísimas otras.
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Los barrios, los rincones montevideanos, las fábricas, los edificios, los barcos, están presentes en la obra de Joaquín Torres García, que se define como universal pero que también es netamente uruguaya. Fue un pintor de Montevideo. El Monumento Cósmico o los murales del Hospital Saint Bois dan cuenta de eso. También fue un maestro inolvidable, que narró, explicó y enseñó en su Taller Torres García. Contagió su entusiasmo a miles de jóvenes, fueran artistas plásticos o no. Como dijo Alfredo Testoni, alumno y fotógrafo del legendario TTG: “No solo enseñaba a pintar, también formaba a hombres integrales, austeros, con mística; yo diría, con actitud religiosa frente a la obra”.
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