
Nacido en Buenos Aires el 9 de noviembre 1953, Marcos Mayer no llegó a cumplir los 68 años. El autor de libros como La tecla populista, El relato macrista y Partidos al medio falleció ayer; hoy fue su velorio al que asistieron distintos intelectuales, docentes, periodistas, escritores y compañeros de ruta. Publicó artículos aparecieron en medios gráficos como El Porteño, Revista Ñ, Clarín, Debate, fue editor de cultura y espectáculos en Tres Puntos y hasta el momento de su muerte se desempeñaba como editor de la Revista Socompa, en la que hacían “periodismo de frontera”, como solía decir.
Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, fue allí docente. Desarrolló durante tres años un periódico con los internos del penal de Devoto. También tradujo a escritores como James Joyce, Claude Lévi-Strauss, Balzac, James Joyce y Jane Austen. Dirigió la colección Postales de Paidós y Polémicas de Galerna. También editó libros: Historias del Under de Fernando Noy, Vivir afuera de Fogwill y Vagabundas de Fernanda García Lao, son algunos de ellos.

“Marcos era como alguien de la familia. Mi hija lo quería como a un tío”. Con la editora Gaby Comte se conocieron en la facultad. “Él era de los estudiantes más avanzados, más modernos, de los que habían leído todo”, recuerda. “Él había entrado en la facultad con la dictadura y tenía una inteligencia soberbia”. Marcos Mayer fue docente en la cátedra de David Viñas, “una cátedra innovadora donde también estaba Cristina Iglesia, por ejemplo”.
Luego se volvieron a cruzar cuando él, como gran amante del jazz y ella como productora de shows de bandas del género, y se hicieron amigos. “Con Marcos nos unían las cosas por las que vale la pena vivir: la buena comida, la risa, la música, los libros y la amistad por sobre todo”, cuenta. Tenían un brindis propio. “Que se dé lo que se tenga que dar y se consolide lo que se tenga q consolidar”, decían y luego chocaban las copas.
“Él decía que yo era su amiga favorita, pero también me decía rubia, lo cual eran unas hermosas mentiras con las que nos divertíamos mucho. Tenía ese humor judío divertido, era un gran cocinero. Su inteligencia, su sensibilidad... Marcos estaba siempre. Si yo necesitaba que viniera a cuidar a Luisa cuando era chiquita, lo llamaba y aparecía. Conmigo ha tenido una generosidad enorme. Además, tuve el lujo de ser su editora y de trabajar con él como editor cuando yo publicaba libros. Además, como editor, como traductor y como periodista era un capo”.

“Es una pérdida jodida. En una cultura tan vapuleada como la nuestra, un tipo como él, que era inteligente, cultísimo, sensible, de un gran humor y un buen tipo, ¡caray!, es una mezcla demasiado fuerte”. El que habla es el escritor e investigador Pablo Alabarces. “Con Marcos nos conocíamos desde hace cuarenta años porque fuimos compañeros en la carrera de Letras, en Filosofía y Letras, en los últimos años de la dictadura y el comienzo de la democracia. Hicimos algunos cosas juntos; me acuerdo muy puntualmente del primer curso que dio Beatriz Sarlo, Literatura Argentina II, en 1984, el primer año del regreso democrático. En ese momento teníamos también una relación política: los dos fuimos delegados de la carrera”, cuenta.
Luego, por las vueltas de la vida, se distanciaron; no por mucho tiempo. “Es bastante divertido cómo nos volvimos a encontrar: en La tecla populista, que es un muy buen libro, de los mejores libros de Marcos, hacía un comentario bastante crítico de algo que yo había dicho por ahí y entonces aproveché mi columna en el diario Crítica para maltratar ese comentario, aunque elogiaba el libro, una cosa ridícula. Y un amiga en común nos volvió a juntar haciendo de cuenta que era un accidente. Nos miramos y nos cagamos de risa. Eso era Marcos: un tipo de un humor, de una ironía, de un doble sentido, de una cultura espectacular. Marcos era un tipo cultísimo”.
“Nos encontramos profesionalmente dos veces más. Cuando él fue el editor de Héroes, machos y patriotas, el libro que publiqué con Aguilar en 2014, y luego en Socompa nos juntó Eduardo Blaustein y estuvimos entre los fundadores. En un momento yo aflojé un poco el ritmo mientras que Marcos siguió siendo un puntal hasta el último día”, concluye Alabarces. Marcos Mayer se definía como “un lector empedernido de policiales” y oyente de “cosas de otras eras” como Jethro Tull, Crimson, Mingus y Ellington. Decía de sí mismo que “de vez en cuando se asoma a algo nuevo, lo disfruta un rato y vuelve a los viejos tiempos”.
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