
La española Consuelo Ciscar era respetada y temida por igual. Su palabra era de hierro, podía mandar al olvido o lanzar la carrera de un artista, tanto es así que para convertir a su hijo, Rafal Blasco Ciscar, conocido por el acrónimo Rablaci, en una estrella no dudó en utilizar fondos del Estado y hoy, por eso, acaba de ser sentenciada por corrupción en la Comunidad Valenciana.
Pero esta no es la única causa que atraviesa, ya que además se le celebrará un segundo juicio por la compra de unas obras del fallecido escultor y pintor abstracto Gerardo Rueda como si fueran originales. O sea, por pagar precios irreales por piezas que no eran otra cosa que una mala copia.
El ascenso de Consuelo Ciscar estuvo ligado al de su marido, Rafael Blasco, quien durante casi tres décadas desempeñó importantes puestos políticos en la Generalidad Valenciana (tanto dentro del PSOE, como en el PP) y que desde 2015 está en prisión cumpliendo una condena de cárcel de seis años y medio por el Caso de la Cooperación.
Sin formación en el mundo del arte, Ciscar tiene un título en gestión empresarial y fue funcionaria de carrera en el Museo de Bellas Artes de Valencia, para luego, gracias a las relaciones políticas dentro del Partido Popular, convertirse en la secretaria personal de Joan Lerma, cuando éste era presidente de la Generalitat en los ‘90.
Fue luego directora general de Museos y posteriormente responsable de Promoción Cultural e incluso llegó a manejar la dirección general de Promoción Cultural y Patrimonio. Así arribó en la dirección del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), entre 2004 y 2014, donde intentó convertir a Valencia en un faro del arte mundial, con grandes proyectos como la Bienal de las Artes Valencia, los Encuentros Mundiales de las Artes o la Ciudad de las Artes Escénicas de Sagunto. Ninguno de los millonarios proyectos sigue vivo.

Entre otros eventos llegaron a Valencia: el cineasta Mike Figgis, actuó Mstislav Rostropóvich, el fotógrafo Sebastião Salgado retrató la ciudad, Sydney Pollack y Peter Bogdanovich coincidieron en esta ciudad un fin de semana, David Byrne e incluso Yoko Ono, que expuso en Alicante. También se le pagó medio millón de euros por cinco días de trabajo en Roma a la actriz y cantante griega Irene Papas, u otro medio millón de euros en hacer viajar por el mundo una exposición de pintura de Vangelis.
Y fue desde el IVAM, que Consuelo Ciscar financió a su hijo, Rablaci, que no fue acusado de ningún delito. Ciscar reconoció los hechos y se comprometió a pagar su responsabilidad civil pendiente (50.000 euros de los fondos del museo y 25.000 euros de daño reputacional) ante la Audiencia de Valencia, por lo se le suspendió la pena de prisión, con la condición de que en el plazo de dos años no delinca y atendiendo a los atenuantes de “reparación del daño y la atenuante análogo de confesión”.
Sus colaboradores, Juan Carlos Lledó, exdirector económico del museo, y Enrique Bienvenido Martínez, empresario dedicado al transporte de obras de arte, también fueron condenados como “cooperadores necesarios” a un año de prisión y a año y medio de inhabilitación. Al segundo, se le añade dos meses y medio de prisión por falsedad documental, sustituida por una multa de 20 euros al día durante cinco meses.
“Consuelo Ciscar ha desarrollado toda su carrera profesional vinculada al mundo del arte, cosechando grandes amistades con artistas y profesionales del sector. Precisamente por ello, cuando accedió a la dirección del museo, tomó la decisión de gestionarlo como se si tratase de una empresa privada, anteponiendo sus intereses personales a los principios de eficacia, eficiencia y economía, que son los que deben presidir la gestión económica de cualquier ente público”, señala la sentencia.

Y agrega: “La acusada, consciente de las dificultades que existen para alcanzar el éxito en este sector de la cultura, aprovechando sus conocimientos, sus contactos y su posición al frente de una de los museos más importantes de la Comunitat Valenciana, se erigió en la coordinadora del proyecto profesional de su hijo, organizándole exposiciones por distintos países, haciéndolas coincidir con las exposiciones que ella misma proyectaba en el IVAM, a fin de costear, en algunos casos, su asistencia a las inauguraciones de las muestras de su hijo con fondos públicos del museo”. Todo dicho.
Y es que la influencia de Ciscar trascendió fronteras. En 2011, por ejemplo, tuvo un importante rol -y elogiado por los medios- en la organización de la Bienal del Fin del Mundo, que se hizo en Ushuaia.
En unos meses, Ciscar volverá a pasar por tribunales, donde enfrentará cargos por la compra de unas obras de Gerardo Rueda como si fueran originales: gastó 3,4 millones de euros de dinero público del IVAM en casi un centenar de piezas.
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