
La versión de Los amantes de Teruel, de Antonio Muñoz Degrain es una de las más bellas jamás realizadas y, sin dudas, merece sus largos minutos de apreciación para aquellos que puedan visitarla en el Museo del Prado.
La histora de estos amantes posee ya más de 800 años y todavía se discute su estatus de leyenda o de relato histórico, pero más allá de los debates ha sido retratada por distintos artistas como Juan García Martínez y reescrita por autores como Tirso de Molina, Juan Eugenio Hartzenbusch y Tomás Bretón, entre otros. Incluso tiene su propio mausoleo -realizado por Juan de Ávalos y Taborda- en la iglesia de San Pedro de Teruel, una ciudad que se destaca por su clásica arquitectura mudéjar en Aragón, al este de España.
“Esta famosísima obra es probablemente una de las más hermosas páginas de toda la pintura española de historia, envuelta además en la procedencia literaria de su legendario argumento, que Muñoz Degrain interpreta con la exaltación pictórica de su personal estilo, acorde con el romanticismo apasionado de un tema tan próximo al espíritu decimonónico, clave fundamental del enorme éxito que el cuadro obtuvo en su tiempo”, escriben en el sitio del Museo.

Cuenta la leyenda o la historia, que en el siglo XIII vivían allí los jóvenes Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura. El, un joven de familia noble, pero segundo hijo y por lo tanto no sería heredero; ella, descendiente de una familia adinerada. Por supuesto, se enamoraron y él le pidió matrimonio, pero ella -como marcaba la tradición- solo podía aceptar si así lo hacía su padre.
Por supuesto, su padre lo rechazó. El le pidió a ella un plazo de 5 años para conseguir dinero y partió hacia la guerra. Al cabo de ese tiempo, su padre intentó casarla, pero ella había hecho un voto de castidad hasta que tuviese veinte años y sostenía además que las mujeres no debían casarse hasta que pudiesen y supiesen regir su casa.
Finalmente, pasan los 5 años y el pobre de Juan Diego, que había hecho una pequeña fortuna, atravesó mil dificultades para llegar a tiempo. Ella se termina casando, y durante la noche de la boda él irrumpe en el dormitorio, la despierta y le pide que lo bese. “¡Besame, que me muero”!, le repetía y ella por respeto a su marido, se lo niega una y otra vez. Entonces él cae muerto a los pies de la cama.

El matromonio se las arregló para sacar el cuerpo, y ella le cuenta la historia. Entristecida, se sentía responsable por la muerte, por lo que asiste a su funeral, y allí lo besa a modo de despedida, para también morir al instante. Los asistentes interpretaron la muerte de los jóvenes como una prueba de amor verdadero y se decidió que fueran enterrados juntos para siempre.
Pintada en 1884, la obra fue premiada con una primera medalla en la Exposición Nacional de ese año, y es una de las pocas incursiones en el género histórico del pintor valenciano, quien se dedicó fundamentalmente a la pintura de paisaje.
“Esta bellísima pintura supuso, sin embargo, además de una de las más grandes cumbres del género, una importante novedad estética en la pintura de historia, interpretada por este artista con la exuberancia expresionista de la materia pictórica y la exaltada visión de su colorido, rebosante de la luz mediterránea, aunque contenido aquí en su dibujo por las exigencias descriptivas de este tipo de argumentos”, se describe en el museo.
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