
El anfiteatro estaba repleto. Los hombres y las mujeres que componían el público ya se habían saludado, la mayoría haciendo un simple ademán con la cabeza. Se trataba de una ocasión muy especial para la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) realizada 29 de abril de 1971, sin embargo no se trataba de la lectura de un nuevo libro o un recital de poesía, mucho menos un discurso de Fidel Castro dedicado al capítulo cultural de la revolución. No. Se trataba de la asistencia de los escritores a una autocrítica de uno de sus pares. La autocrítica de Heberto Padilla era el show. Un espectáculo de reminiscencias estalinistas.
Padilla había sido arrestado y recluido durante 38 días en la sede de la inteligencia del Estado por haber publicado un libro de poemas, y ganado el premio Casa de las Américas, llamado Fuera de juego. Los poemas críticos (y tal vez toda poesía sea crítica) habían causado revuelo en las esferas elevadas del Estado cubano, que en 1959 había hecho su revolución.

Luego de los 38 días de arresto, fue llevado al show. El 29 de abril de 1971, hace sesenta años, Padilla había aprendido la lección. Dijo: “Esa novela expresaba mis desafectos, mis máculas, expresaba mis problemas incluso psicológicos, problemas gravísimos además que yo he descubierto en mi soledad en Seguridad del Estado. (...) A mí me gustaría encontrar un montón de palabras agresivas que pudieran definir perfectamente mi conducta... A mí me gustaría poder agradecer infinitamente las veces que muchísimos de amigos revolucionarios se acercaron previniéndome de que misatitudes eran muy negativas y actitudes que dañaban a la revolución”. Y así. La autocrítica de Padilla luego de más de un mes de detención eran una manifestación del camino estalinista que había tomado la revolución cubana.
Una revista tomó el caso con pasión polémica. Libre, editada en Francia, reunía a un consejo editor de lujo que incluía a Italo Calvino, Julio Cortázar, José Donoso, Ariel Dorfman, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Juan Gelman, Juan Goytisolo, Noé Jitrik, Octavio Paz, Teodoro Petkoff, Severo Sarduy, Susan Sontag, Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa y más. Un equipo inmenso. La revista es financiada por la millonaria heredera Albina du Boisrouvray. Dato no menor, como se verá.

Plinio Apuleyo Mendoza, escritor colombiano, era el jefe de redacción de ese dream team de escritores del boom. Dice: “Libre se proponía luchar contra la injusticia fundamental del sistema capitalista, particularmente en su bárbara explotación del tercer mundo, así como la de luchar por la libertad de expresión y la auténtica democracia cada vez que aparecieran amenazas dentro de cualquiera de los países socialistas. Libre se proponía una labor revolucionaria en todos los planos fundamentalmente accesibles a la palabra: el ‘cambiar el mundo’, conforme al propósito de Marx, y el ‘cambiar la vida’, según el anhelo de Rimbaud”. El caso Padilla se convirtió en asunto central de la publicación.
Telegrama: “En Santiago de Chile declaración mía sobre grave error político cultural primera carta respecto Padilla Stop Te invito a suspender publicación revista Libre financiada por Patiño verdadera ofensa mortal a mineros bolivianos y a todos nuestro compañeros de lucha latinoamericana Stop Nueva carta publicada en Le monde 22 de mayo es un acto contrarrevolucionario contra Cuba revolucionaria socialista”. Y sigue. El telegrama había sido enviado por el genial músico contemporáneo Luigi Nono a Juan Goytisolo, que fungía durante el número 1 de la revista Libre como director. El asunto Patiño teñiría de oscuro el ya opaco caso Padilla.

Albina du Boisrouvray era nieta por vía materna del rey del estaño Simón Patiño, un empresario boliviano enriquecido a costa de la explotación de los pueblos originarios convertidos en obreros para extraer el estaño del Cerro Rico, elemento esencial para la industria toda y la industria militar en particular. Patiño, que se había integrado a un campamento minero en Llallagua se hizo rico, rico hasta lo impensable. La quinta fortuna del mundo se encontraba en sus manos. Viajó a Europa. Su nieta Albina se casaría con un conde. Sería la condesa Patiño. La condesa boliviana.
Dice Plinio Apuleyo: “El apellido Patiño fue invocado muchas veces para señalar un pecado original de la revista, se habló copiosamente de dineros obtenidos con ‘la sangre y el sudor de los mineros bolivianos”.
La revista, de características magníficas, duró cuatro números, antes que el proyecto se cerrara. Albina, que había sido la oveja negra de su familia, se casó, es condesa y prima del príncipe Raniero de Mónaco. Es la madrina de Charlotte Casiraghi, hija de la princesa Carolina. Un hijo suyo se mató en un accidente en el riesgoso rally Paris-Dakar. Actualmente se dedica a la beneficencia mientras vive entre Lisboa, Mónaco, París y Nueva York.
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