Antes de querer ser escritora, cuando todavía era una niña que estudiaba en el Liceo Benalcázar, de Cali, Pilar Quintana leyó, como correspondía, a Gabriel García Márquez —su libro favorito fue Crónica de una muerte anunciada—, y a clásicos extranjeros como Fiódor Dostoyevski o Jane Austen. En esas lecturas durante los años del colegio, comenzó a imaginarse como quien es hoy, la autora de La perra, Violación y Caperucita se come al lobo y reciente ganadora del premio Alfaguara por su novela Los abismos.
Hasta que de pronto su universo literario se resquebrajó, una sola tarde. Sucedió cuando un amigo le recomendó que leyera ¡Que viva la música!, la novela póstuma de Andrés Caicedo.
Llegó al final fascinada, arrebatada por historias que hablaban de los lugares donde ella había crecido, no de algún escenario europeo del pasado o de algún pueblo increíble de la costa colombiana. Más aún: la línea final del texto hablaba de su mundo más cercano:
Y así es como una ex alumna del Liceo Benalcázar se convierte en puta.

“Esto no puede ser”, pensó entonces. “La literatura no solamente pasa en un pueblo perdido de la costa sino que pasa en mi colegio. Y la literatura puede hablar de las cosas que me interesan a mí. Es rebelde la literatura yendo en contra de las convenciones sociales”. En ese momento —contó recientemente a Infobae— Caicedo se convirtió en su padre creativo. Haberse topado con esa literatura gótica fue “absolutamente iluminador”, agregó.
De su mano conoció y reconoció la realidad de una ciudad, Cali, desde una mirada que para ella sigue vigente, aun a 44 años de que Caicedo se quitara la vida. En su última novela, Los abismos, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021, brilla feliz la influencia del género que creó Caicedo, el gótico tropical.
Quintana no es la única colombiana que destaca la actualidad del artista caleño: también el cineasta Jorge Navas hizo un documental, Balada para niños muertos, que aborda los modos en que el legado de Caicedo sigue vivo.
Navas, guionista y productor además de director, basó su película en la vida de Caicedo, quien desde su adolescencia comenzó a interesarse en la escritura y en la invención de otras realidades. Y no solo realidades literarias: el cineasta recordó a Infobae que Caicedo creó el primer cine club popular luego de haber trabajado como gestor cultural en Cali, y lanzó la primera revista de crítica sobre cine, Ojo al cine.

El cineasta Luis Ospina explicó en Balada para niños muertos que la crítica de Caicedo tenía una firma editorial auténtica, con un tono narrativo al que se agregaba su subjetividad mediante un buen argumento para sustentar su opinión. “Además, escribía en primera persona, lo que generaba que se sintiera mucho más cercana”, completó.
Su valor particular fue desmitificar el cine de actor, cuando se pensaba que la creación audiovisual estaba limitada a los grandes nombres. En cambio, Caicedo logró llevar el cine de serie B a la misma altura, abriendo debates serios sobre películas con parásitos asesinos y zombies.
No apto para niñas decentes
El colombiano Caicedo nació en Cali, Valle del Cauca, el 29 de septiembre de 1951, y se suicidó antes de cumplir 26 años, el 4 de marzo de 1977. Tenía 15 cuando debutó como dramaturgo con Las curiosas conciencias, ya que el arte dramático le interesó desde pequeño. En el colegio participó en obras de teatro y llegó a ganar el Primer Festival de Teatro Estudiantil de Cali; años después trabajó en el Teatro Experimental de su ciudad.
Por otro lado, con sus amigos cineastas Ospina y Carlos Mayolo, comenzó a crear la primera generación del cine colombiano.
Quizá su mayor apuesta en la literatura fue a los cuentos, algunos publicados con posterioridad a su muerte, por decisión de su familia: Los dientes de Caperucita (1969); Calicalabozo (1984); El silencio (1964); Destinitos fatales (1971), Calibanismo (1971); Patricialinda (1971); Antígona (1970), entre otros.
El sello del escritor caleño fue el terror y lo gótico, con sus seres oscuros y extraños. Su literatura, aunque era juvenil, incomodó a muchos: de hecho, aún hay bibliotecas que ponen sus novelas en el área de títulos restringidos. Allí estaba ¡Que viva la música! cuando Quintana la pidió en su colegio: “Para la bibliotecaria, una niña decente del Liceo Benalcázar no debía leer a Andrés Caicedo, sino seguir con los clásicos de la literatura”, dijo. No obstante —recordó— le prestó el libro.
Sus letras cargaban —y cargarán— el peso de la violencia que aumentaba cada vez más en aquella época en Colombia. Con su escritura Caicedo demostró que, por medio del arte, y en especial con este género, se podía trazar un perfil de la sociedad colombiana.

Otra razón por la que Caicedo resultó incómodo en Cali fue que se robó el cine, la filosofía y el arte para llevarlo a los escenarios más populares de su ciudad, más acostumbrada a que la cultura fuera solo de la clase alta. En los bares, los cafés, los prostíbulos y las calles comenzaron a nutrirse de la palabra y la oralidad del autor de ¡Qué viva la música!
Caicedo en el siglo XXI
Mucho de eso se ve en el documental de Navas, que entrelaza material de archivo, fragmentos de sus textos y de las cartas que le enviaba a su hermana Rosario con entrevistas a familiares y amigos, lo que permite que se conozca más de su vida personal. Balada para niños muertos recorre además las calles y los lugares que habitó Caicedo, en los cuales aún susurra de su obra.
Caicedo también influyó en la construcción de la línea de cine de Mayolo y de Ospina, ya que escribió los guiones de algunas de sus películas, entre ellas Pura sangre (1982) y Carne de tu carne (1983). Navas las describió como “historias que vienen de la semilla literaria de Caicedo, porque todo este cine inicial caleño tuvo de alguna manera una relación muy directa con él y con la formación que él dio”. Y destacó: “Todo lo que se llama Caliwood está centrado en su figura”.

Esos nombres de ‘Caliwood’ permearon la generación actual de cineastas caleños. El cineasta Óscar Ruiz Navia contó a Infobae que él y Navas, entre otros compañeros, crecieron con esta tradición. “En el colegio veíamos las películas de Mayolo, Ospina y Óscar Campo, y leíamos la literatura de Caicedo”, agregó.
Para Ruiz Navia, también productor y guionista, el legado de Caicedo se advierte en el impulso que comenzó a tener el cine caleño, que llegó a convertirse en un referente a nivel nacional, aunque eso se fue diluyendo por la falta de apoyo económico gubernamental para la producción.
Tanto para Navas como para Quintana, Caicedo permanece vigente por la forma en que narraba sus textos, la impronta juvenil que los identificaba, ya que murió muy joven. Además, quizá los rostros y la arquitectura han cambiado, como las formas de la violencia, pero aquello que Caicedo vivió y narró hace más de 50 años sigue apelando al presente, como un perfil de la sociedad colombiana.
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