
Mary Beale (1633-1699) fue la primera pintora profesional de Inglaterra, una retratista barroca de fina estampa, y además la pionera en escribir un tratado sobre pintura en su idioma.
Hija de un clérigo y pintor aficionado, perdió a su madre a los 10 años y se casó a los 18 con Charles Beale, un comerciante de telas londinense que también pintaba. Juntos armaron un estudio familiar en Londres, donde ella realizaba retratos, en general de familia y amigos, algo inisual para su tiempo, donde el arte era materia de los hombres.
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Tuvo acceso al taller de Sir Peter Lely, pintor de origen alemán, formado en los Países Bajos, que entonces era pintor de la corte del Rey Carlos II, donde copiaba sus trabajos y pudo asi mejorar su técnica. Juntos llegaron a realizar una pintura del rey.
En 1663 registró sus pensamientos en Observaciones de MB, el primer texto conocido en inglés sobre el acto de pintar escrito por una artista. La obra es toda una rareza ya que fue realizada en una época en que la convención esperaba que las mujeres casadas fueran respetuosas, modestas y virtualmente silenciosas. El libro desafía esas convenciones, ya que busca que otras artistas sigan su ejemplo.
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En 1665 su marido perdió su trabajo y la gran epidemia de peste arrrasaba Londres. Los problemas económicos de la familia los obligaron a abandonar la ciudad y trasladarse a Allbrook, Hampshire, para asentarse en una granja con un aserradero de madera, que se convirtió tanto en hogar como en estudio.
Aunque era una artista en ejercicio en la década de 1650, no fue hasta 1670 que se convirtió en una retratista profesional y principal sostén de la familia. Es interesante como ella se transformó en una persona pública, que para aplacar las críticas por ser mujer y artista se rodeó de personalidades de la época, encantándolos a partir de una gran oratoria sobre arte y literatura, como el poeta Thomas Flatman, Samuel Woodford, el Arzobispo de Canterbury John Tillotson y los obispos Edward Stillingfleet y Gilbert Burnet.
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Ya en 1670, con 38 años, regresó a Londres y estableció su estudio, donde su marido trabajó como asistente mezclando pinturas y llevando sus cuentas. En el pico de su carrera llegaron a encargarle más de 80 obras al año. Además, tuvo estudiantes que luego se convertirían en destacadas pintoras como Keaty Trioche y Sarah Curtis.

Pero, aún en el éxito, matener a su familia, comprar los materiales y realizar los banquetes para atender a sus numerosos invitados y patrocinadores costaba más de lo que generaba. Por lo que cuando el retrato de corte comenzó a perder popularidad y su clientela bajó drásticamente, para 1680 tenía un promedio de 39 anuales, debió ingeniárselas para sobrevivir.
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Aquí suceden dos cosas muy interesantes como artista. La primera es que debe buscar una manera de realizar retratos de manera más rápida, en una sola sesión en vez de cuatro o cinco, lo que implicaba menos materiales. Así también empieza a experimentar con la pose, rompe con el estilo clasista puro, y realiza obras con modelos de costado, que para algunos críticos se encuentran entres sus mejores trabajos, ya que demostraba que cuando no dependía de las restricciones relucía su individualidad como artista.
Además, en los últimos años de su carrera experimentó con soportes más económicos, que incluían bolsas de cebollas, por ejemplo, como también ingresó a otras técnicas, como la acuarela y los pasteles. Su marido realizó un detallado registro de estos experimentos y del resultado obtenido con los nuevos soportes e imprimaciones.
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