
Hijo de un zapatero y una sirvienta, Kuzmá Petrov-Vodkin (1878-1939) estudió arte en su adolescencia, pero tras la muerte de su maestro comenzó a trabajar en varios oficios con poco éxito. Arregló barcos, quizo ser ferriovario, pero su falta de ductilidad lo dejaban desempleado una y otra vez. En el ’95, su madre le mostró dibujos del joven a su empleadora, la comerciante y mecenas del arte Yulia Ivanovna Kazarina, quien a su vez lo hizo con el famoso arquitecto de San Petersburgo Roman Fedorovich Meltser. A partir de allí, su vida cambió.
Pudo así estudiar en San Petesburgo y luego Moscú, donde comenzó a realizar trabajos para diferentes edificios. Viaja: Munich, Venecia, Milán, Florencia, Roma, Nápoles, Génova y París, donde se queda. Durante este periodo realiza sus primeros cuadros y busca su estilo, donde las íconos rusos poseen una notable influencia, como sucede en Bañar al caballo rojo.
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Petrov-Vodkin pintó tres versiones de esta obra. La primera y segunda versiones del cuadro fueron pintadas en una granja en Mishkina Pristan en el ‘12, a pocos kilómetros de su pueblo natal. La primera versión fue destruida por el autor, mientras que la segunda se conoce a partir de fotografías en blanco y negro. En ambos había una cuarta figura sosteniendo al caballo al frente.
Hay una polémica sobre quién inspirió la figura que monta el caballo, que -por su parte- era un semental real llamado Boy, que vivía en la granja. Para el adolescente, a juzgar por la correspondencia, el artista utilizó los rasgos de su prima Shura, aunque Sergei Kalmykov, uno de sus estudiantes, afirmó que él era el modelo: “Para la información de los futuros compiladores de mi monografía. Sobre un caballo rojo, nuestro querido Kuzma Sergeevich me retrató... En la imagen de un joven lánguido, este estandarte me representa en persona”.
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El lienzo se estrenó en la exposición “Mundo del arte” en 1912 y tuvo mucho éxito, aunque sucitó algunas críticas el color del animal por “irreal”. Entonces, el artista afirmó que adoptó el color de los antiguos pintores de iconos rusos, como Milagro del Arcángel Miguel. Como en los iconos, el pintor elige los colores fuertes para provocar contraste, en este caso con un lago azul frío y el cuerpo del joven.
La pieza viajó a suecia en 1914 para la “Exposición del Báltico” en Malmö, por la que el pintor recibió una medalla y un diploma del rey sueco. El estallido de la Gran Guerra produjo que la pintura permaneciera en Suecia durante muchos años. Recién en el ‘50, las obras de Petrov-Vodkin de aquella muestra volvieron a su país natal.
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La intermediación del militar Boris Okunev fue esencial para esa recuperación y de hecho, la viuda del artista le dio a elegir una obra a modo de agradecimiento. Luego, salió al mercado y fue adquirido por Kazimira Basevich en 1961, quien a su vez lo donó la Galería Tretyakov, donde hoy se encuentra.
Petrov-Vodkin fue un artista que no encajó en el espíritu del realismo socialista por lo que su obra no fue tenida en estima durante décadas. Fue recién en los ‘60 cuando su nombre comenzó a incluirse entre el de los grandes pintores del país.
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