
El Retrato de la bailarina Anita Berber (en alemán: Porträt der Tänzerin Anita Berber) es una pintura realizada por el pintor alemán Otto Dix en 1925. La obra se realizó al óleo y temple sobre madera contrachapada y mide 120 por 65 cm. La protagonista es Anita Berber, una celebridad de la República de Weimar, conocida por sus actuaciones y su estilo de vida escandalosos para su tiempo y pertenece a la colección del Sammlung Landesbank Baden-Württemberg, en préstamo al Kunstmuseum de Stuttgart, Alemania.
Dix conocía personalmente a Berber ya que asistió a varias de sus actuaciones. El artista -uno de los grandes nombres del expresionismo alemán- tomó la decisión de representarla sobre un fondo rojo, luciendo un vestido largo rojo. El vestido cubre casi todo su cuerpo. Ella mira a su izquierda, mientras adopta una pose de vampiro, con la mano derecha frente a ella y la mano izquierda apoyada en la cadera. Su cabello también es rojo, mientras que usa un maquillaje blanco muy espeso, lo que le da a su rostro una apariencia de máscara. Su imagen enfatiza su sexualidad y su condición de ícono sexual de su tiempo.
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La pintura fue parte de la edición de dos sellos de Deutsche Post para conmemorar el centenario del nacimiento de Otto Dix en 1991.

Berber murió el 10 de noviembre de 1928 en Berlín, víctima de la tuberculosis. Tenía solo 29 años. La bailarina fue una de las personalidades más fascinantes de la Alemania “expresionista” y decadente de la República de Weimar en los años 20. Había nacido el 10 de junio de 1899 en Leipzig, en el seno de una familia de artistas, pues su padre (Felix Berber) era violinista, y su madre (Lucie Berber) era cantante de cabaret. Sus padres se separaron cuando ella era muy pequeña.
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Criada por una abuela en Dresde, huyó a Berlín a los 16 años. Al final de la Primera Guerra bailaba desnuda y actuaba en películas. Era una personalidad exhibicionista y siempre estaba en compañía de amantes de ambos sexos. A menudo se la podía ver desnuda en los vestíbulos de los hoteles, apenas envuelta por una piel, un mono como mascota y un broche de plata lleno de cocaína.

El tema de la ciudad, así como los horrores de la guerra, jugaron un papel central en la obra de Otto Dix (1891-1969). Por haber retratado las consecuencias de la Primera Guerra Mundial de forma tan despiadada, los círculos conservadores de la República de Weimar lo odiaban profundamente. Fue uno de los primeros en ser despedido del puesto de profesor en la Academia de Dresde por los nacionalsocialistas y se retiró a Hemmenhofen en el lago de Constanza.
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En 1925, Otto Dix, conocido por su estilo duro y realista y su interés por lo grotesco, pintó el famoso retrato de la bailarina. “Mostraba a una mujer peligrosa y malvada en lugar de atractiva, su rostro era una máscara mortal, con ojos inyectados en sangre por el uso excesivo de cocaína, morfina y absenta. La pintura refleja el hecho de que en 1925, Anita Berber había pasado de bailarina célebre y elegante a “sacerdotisa de la depravación”, infame por sus bailes desnudos, el uso de drogas y atuendos escandalosos para papeles como Salomé y otras mujeres ‘malvadas’”, según la historiadora del arte Anne K. Reimers. Según la académica, “Berber y Dix formaron una alianza táctica, en la que él usó su notoriedad para sus propios fines, al tiempo que cimentaba su estatus como un ícono de la época de Weimar”.
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