
Una figura femenina yace sobre el mundo, casi derrotada. El peso de su cuerpo parece caer sobre una lira a la que le queda una sola cuerda. Y es ese instrumento musical, ajado, el que al mismo tiempo la sostiente: la venda que cubre los ojos de la mujer se une a uno de los soportes a través de un trenzado resistente. Es la Esperanza según George Frederick Watts (1817-1904).
Watts fue un destacado simbolista inglés, que durante su infancia vio morir a sus dos hermanos y a su madre, por lo que tuvo una obsesión por la muerte durante toda su vida. Educado en un cristianismo evangélico férreo por parte de su padre, a los 10 ya era un aprendiz de escultor, y seis años más tarde se ganaba la vida como retratista.
A los 18 fue admitio en la Royal Academy, aunque sus problemas de conducta lo convirtieron en un alumno irregular, que faltaba más de lo que asistía. Sus suerte cambió a los 20, cuando el magnate griego Alexander Constantine Ionides lo tomó como protegido -también lo hizo con Edward Calvert- tras enamorarse de una réplica de un retrato de su padre, Samuel Lane.
La Esperanza de Watts causó conmoción en su tiempo. No era la primera vez que se realizaba una obra sobre esta virtud teológica, pero sin dudas la mirada del artista rompió con los estereotipos, lo que le produjo admiración y crítica. Desde la antigüedad, las representaciones representaban a la esperanza como una mujer joven, pero que generalmente sostenía una flor o un ancla.
En esta obra se ingresa en un mundo influenciado por la revolución industrial y el pensamiento de Nietzsche, que ya cuestionaba la naturaleza de la esperanza en tanto virtud y se indagaba si en realidad no era algo negativo, estéril, alentar a las personas a pensar, idealizar, gastar energías, en algo que en sí era inútil.
La pieza, de 1886, se realiza en un momento de crisis existencial en la sociedad británica, en el que la mecanización victoriana y la importancia de lo material parecía destruir velozmente aquellos valores que los identificaban. Por otra parte, una tragedia personal volvía a contraer su espíritu pocos meses antes de empezar a pintarla.
A finales de 1885, su hija adoptiva, Blanche Clogstoun, perdía a su pequeña hija debido a una enfermedad y Watts le escribió a un amigo: “No veo nada más que incertidumbre, contención, conflicto, creencias sin resolver y nada establecido en su lugar”. Entonces, entendió que la esparanza ya no era aquello que su padre le había inculcado en las lecturas bíblica, sino otra cosa, mucho más lúgubre.
Obras como Esperanza le dieron fama y prestigio a Watts, que realizó en su obra una serie de trabajos alegóricos, que formaban una obra mayor, La Casa de la Vida (House of Life), donde representó las emociones y aspiraciones de la vida de una nueva manera simbólica.
A pesar de tener un espíritu de época, Esperanza fue muy popular entre el Movimiento Estético, la versión británica del simbolismo y decadentismo francés, que consideraba a la belleza como el objetivo principal del arte y no se interesaba por la moral y las temáticas sociales. La obra comenzó a venderse en reproducciones en platinotipo y luego copias baratas al carbón.
El artista recibió muchas ofertas para venderla y si bien al principio se resistió, terminó realizando una copia que donó a Museo de South Kensington (ahora el Museo de Victoria y Alberto), y vendió el original a un privado, que hoy se encuentra en las Galerías Tate. En los siguientes años, hizo dos versiones más también para privados.
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