
Benjamin West (1738-1820) fue el primer gran pintor estadounidense. En una época en que no existían academias ni escuelas de arte, la llegada a la pintura se producía por el feliz encuentro con alguna reproducción en un libro y no mucho más. Aunque en su caso, como hijo de cuáquero, fue por puro instinto.
De hecho, sus primeras experiencias sobre el uso del color las recibió de gracias a los pueblos originarios itinerantes, que lo instruyeron en el uso de algunas tintas naturales. A pesar de que su familia desestimaba sus inquietudes, su tenacidad logró que lo enviaran a Roma, donde por su vestimenta lo miraban con cierto desdén.
Pero es en Londres donde encuentra su lugar en el mundo. Allí descubre que la pintura histórica tiene una gran recepción y se dedica a trabajar por pedidos, como es el caso de La muerte del general Wolfe, una obra de 1770 en la que representa el fallecimiento de este general británico durante la Batalla de Quebec en 1759 durante la Guerra franco-india (1754-1763).
La pintura histórica de West fue muy original para la época, no solo por el formato, sino porque colocaba características compositivas de siglos anteriores. En ese sentido, fue precursor de maestros franceses como Jacques-Louis David e Ingres.
West pintó cinco versiones grandes de esta obra, siendo ésta la última. Permaneció en la West’s Gallery de Londres hasta 1829, cuando fue comprada por un descendiente del general de brigada Monckton, el segundo al mando de Wolfe en Quebec. La pintura permaneció en la familia hasta 1921 cuando fue adquirida por Sigmund Samuel, un apasionado por la historia colonial de Canadá, y hoy se encuentra en el Museo Real de Ontario, en Toronto.
Bajo la protección del rey Jorge III realizó algunas de sus obras más emblemáticas, como Partida de Régulo de Roma, Cristo curando a los enfermos, Muerte en el caballo pálido, y La Batalla de La Hogue, considerado como la mejor pintura histórica de la escuela británica.
Pedida por Jorge III, La muerte del general Wolfe no estuvo exenta de polémicas. De hecho, el propio rey desistió de adquirirla. De los 14 personajes representados, sólo cuatro estuvieron realmente en el campo de batalla y no habían presenciado la muerte del militar. La representación del guerrero perteneciente a los pueblos originarios, en un gesto pensativo, se considera hoy una idealización del buen salvaje propia de los filósofos de la Ilustración, pero entonces molestaba que se lo equiparara con el resto.
La pintura fue realizada apenas once años después del combate, por lo que West fue respetuoso con las vestimentas de la época. Durante su realización, incluso a Sir Joshua Reynolds, aconsejó a West que “optara por representar las vestiduras propias de la Antigüedad clásica, pensadas para mostrar la grandeza inherente al... sujeto y no los ropajes utilizados en la guerra moderna”.
“El tema que debo representar es la conquista por parte de las tropas británicas de una gran provincia de América. Si en vez de reflejar los hechos que tuvieron lugar represento ficciones clásicas, ¡cómo seré entendido por la posteridad!”, respondió West. Este detalle fue el que terminó de enojar a Jorge III, que consideró a la obra como avergonzante.
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