
I
Una mujer desnuda sobre una roca tomando sol. Bajo sus pies, el agua de un arroyo le da movimiento a la escena. Hay paz, mucha paz, y también sensualidad. Es una escena íntima, privada, como si el espectador la estuviera espiando. Pero, ¿qué dice su rostro? No parece estar tan tranquila. Sus ojos están estáticos y el ceño se ve algo fruncido. ¿Estará pensando en algún problema no resuelto, en algo que taladra el porvenir, en que alguien la está espiando?
La pintura es de Herbert James Draper, lleva por título El Kelpie y está en una colección privada, como la mayoría de las obras de Herbert James Draper. La pintó en 1903 y es fiel al estilo que prima en todos sus cuadros. No sólo por los colores suaves y luminosos y los trazos delicados, también por la potencia de la escena, la belleza del paisaje y el cuerpo desnudo, como si fuera una postal de la Tierra, una imagen detenida en el tiempo para siempre.
Pero el título ya cambia las cosas y devela algo del misterio. Kelpie es el nombre escocés otorgado a un espíritu del agua capaz de cambiar de forma, el cual habita en los lagos y estanques del país europeo, donde priman las leyendas sobre los seres qacuáticos, como el monstruo del Lago Ness. El kelpie es un equivalente al nixe germánico, al bäckahäst escandinavo, al wihwin del Caribe y al bunyip australiano. Muchos lo asocian con el demonio.
II
A Draper le interesaban estas historias como le ocurría a toda persona curiosa que vivió la era victoriana. Nació en Londres en 1863, estudió arte en la Real Academia y se formó también en Roma y París a partir de viajes educativos que hizo entre 1888 y 1892. Antes de cumplir treinta ya era un ilustrador profesional, estaba casado y tenía una hija. Después de los treinta empezó a pintar más enfocándose en temas mitológicos.
Su obra más importante, que permanece en el Tate Modern de Londres, es El lamento por Ícaro, de 1898, con la que ganó la medalla de oro en la Exposición Universal de París en 1900. Desde entonces, el drama será el clima esencial de sus obras: paisajes épicos, mares tumultuosos, barcos a punto de volcar y ángeles trágicos. Pero también trabajará mucho en escenas naturistas de gran sensualidad con paisajes preciosos.
El Kelpie es el mejor ejemplo de este tipo de trabajos que encontramos en su enorme y fructífera obra. Un arroyo de aguas cálidas, un sol brillante alumbrando todo, rocas, árboles y una mujer descansando en el medio del cuadro. El secreto en Draper es la tensión que esconden esas pinturas en apariencia naif. Esa mujer no es una mujer (he aquí la mitología, el misterio), es un espíritu del agua, un demonio, un kelpie.
III
Se dice que los kelpies son un invento para que los niños le tengan respeto al agua, que jueguen en la orilla siempre con cuidado y que, al ver algún cuerpo extraño dentro, huyan. Pero también muchas personas aseguran haber visto un kelpie. La forma más común es la de caballo. Pero mutan y se transforman en una mujer para atraer a los hombres y devorarlos. Se dice que lo que distingue a un kelpie de una mujer de verdad es que en los pies tiene los cascos del equino, sus pezuñas.
En 1895, antes de la obra de Draper, Thomas Millie Dow lo representó de forma femenina. Es un dibujo en blanco y negro bellísimo: la mujer, sentada sobre una roca en el agua, sostiene sus cabellos y observa al espectador con una mirada entre tierna, sensual y maléfica. Por su parte, Draper elige que los ojos de su kelpie no apunten a quien mira el cuadro sino a un punto vago en el aire, como si estuviera distraída, como dejando al espectador observar un poco más.
Hay un poema de 1786 de Robert Burns, el poeta más importante de Escocia, que dice más o menos así: “Cuando se disuelve la frontera nevada / y flota el borde helado, / entonces los kelpies de agua rondan el manantial / y los viajeros nocturnos están perdidos”.
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