
En 1917, la obra de la pintora Anita Malfatti (1889 – 1964) conmocionó al status quo del arte brasileño. Su estilo y temas rompían con los imaginarios imperantes y abría un nuevo camino, al introducir las vanguardias europeas y estadounidenses en el país. Cinco años después, su participó de la Semana de Arte Moderno de San Pablo, es considerada el acto inicial del Modernismo brasileño.
El camino de Malfatti como artista no fue sencillo. Ya por ser mujer las pendientes eran más inclinadas y a eso se le sumaba una historia de dificultades personales, económicas y físicas.
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La artista paulista nació con atrofia en brazo y mano derecha y a los 3 afrontó un tratamiento sin éxito en Lucca, Italia, por lo que tuvo que cargar con esta discapacidad por el resto de su vida. Así que debió aprender a hacer todo con la mano izquierda.
A los 7, su padre, un ingeniero italiano, falleció, por lo que la economía familiar se derrumbó y su madre, una estadounidense, comenzó a dar clases particulares de idiomas, de dibujo y pintura, y fue allí donde comenzó a realizar sus primeras obras. A los 11, llegó a Alemania con unas amigas, gracias a la ayuda de su padrino, quien tendría un rol vital en su formación artística.
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Estudió en Bellas Artes y tomó clases con Lovis Corinth, uno de los representantes del movimiento Secesión de Berlín, que ya había virado del impresionismo al expresionismo. Hacía algunos años, Corinth había sufrido un derrame cerebral que le había dejado dificultades motoras en la mano derecha, por lo que tuvo una relación empática con la brasileña.
Tras un regreso a Brasil, expuso por primera vez en 1914 a la espera de una beca, pero le llovieron críticas. El golpe fue duro y, otra vez financiada por su padrino, partió a EE.UU. para seguir formándose. Allí trabajó con Homer Boss, profesor de la Escuela Independiente de Arte de Nueva York, famoso por dar libertad creativa a sus estudiantes, por lo que a partir de esa experiencia pudo encontrar su propio estilo.
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Su segunda expo en Brasil, en 1917, en la que presentó, entre otras, a El estudiante -que hoy se encuentra en Museo de Arte de São Paulo- tuvo una cruel reseña del escritor Monteiro Lobato, que comparó el trabajo de Anita a “los dibujos de los internos de los manicomios”. En su defensa salió el poeta Oswald de Andrade, que estaba familiarizado con las ideas futuristas de Marinetti.
En 1922, Malfatti fue parte en la Semana de Arte Moderno de São Paulo, y formó parte del Grupo de los Cinco, junto con Tarsila do Amaral, Mário de Andrade, Oswald de Andrade y Menotti del Picchia. Un año después partió hacia París con una beca, donde coincidió con Tarsila y Oswald, así como con Victor Brecheret, Paulo Prado y Emiliano Di Cavalcanti.
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En 1928 regresó a San Pablo para participar en las actividades del grupo modernista, y abandona el expresionismo para volcarse al retrato, los paisajes y escenas populares, lo que le vuelve a generar críticas, ahora, por no ser vanguardista. En sus últimas décadas, como lo había hecho su madre, se dedica a la enseñanza.
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