
“Se dice que la ciudad le da la espalda al río. Lo bien que hace”. Así se lee en Confesión (Anagrama, 2020), la última novela del escritor argentino Martín Kohan. A partir de tres espacios — Mercedes, el Aeroparque Jorge Newbery y Plaza Mayor — accedemos a una cifra de la dictadura militar en Argentina desde tres tiempos.
Una abuela, de doce años, confiesa a un cura su pecado: mirar a un muchacho, Jorge Rafael Videla; un grupo de jóvenes, en la “Operación Gaviota” de 1977, estalla la pista del aeropuerto donde partirá el genocida argentino; una abuela —la misma— en una partida de truco con su nieto, hará la confesión que importa.
Sin embargo, hay algo más debajo de esas tres historias. La novela vuelve a la pregunta que la literatura argentina nunca ha dejado de pronunciar: ¿desde qué lugar escribimos?
En el libro fundacional del género ensayo en Argentina, el Facundo, Domingo F. Sarmiento sostiene que la geografía determina nuestra identidad. Somos el lugar donde nacemos. En una “llanura sin límites”, que dominaba y domina aún hoy la mayor parte del territorio, donde no hay escondite posible, “la naturaleza salvaje dará la ley por mucho tiempo, y la acción de la civilización permanecerá débil e ineficaz”.
Es así que pareciera que la literatura argentina hubiese buscado responder a Sarmiento una y otra vez. Si la geografía determina quiénes somos, ¿cuál es nuestro espacio de origen? Si nacimos en la ciudad de Buenos Aires, ¿cómo definir ese río al que geográficamente le damos la espalda?
Para Eduardo Mallea, el río es inmóvil. Para Juan José Saer, es un río sin orillas, donde no hay límite entre barro, agua y tierra. Para Juan L. Ortiz, el río es la forma de su poesía. Para Borges, el río es el del filósofo griego Heráclito, “que es el mismo y es otro, como el río interminable”. Es un río que fluye pero es siempre el mismo. Río del color del león.

Martín Kohan se inscribe en esta tradición. Pero su río no es bello. Pronuncia en Confesión: “El río es horrible. Es espeso y es turbio, es monótono y es chato. No transcurre ni ofrece nada [...]. Es peor que un río inmóvil: es un río que no sabe moverse”. Es un error desde su nacimiento. El Río de la Plata no es río —es estuario— y no es fuente de riqueza. Es falsa promesa, ficción.
En ese espacio, donde no hay límite entre orilla y tierra, es donde se construye la novela de Kohan. Pero él no dará, como la ciudad, la espalda a ese río. “La muerte —escribe— impera de la manera más concluyente de todas: haciendo inviable la vida. Como para ratificar ese signo de muerte, o bien reconociéndolo, los criminales arrojarían al Río de la Plata los cuerpos indefensos de sus asesinados”. El río es todo menos agua: es barro, desechos, muerte y olvido.
De ese modo, el río y sus arroyos serán el hilo conductor de las tres historias. En la “Operación Gaviota”, porque el arroyo Maldonado —que corre debajo de Floresta, Villa Crespo, Palermo y, finalmente, Aeroparque— será el medio para transportar los explosivos con el objetivo de matar al dictador Videla.
En la historia desdoblada de la abuela, Mirta López, el río es ese subsuelo que recordamos que está cada vez que llueve y se inunda. En ella, el río es metáfora de lo inadvertido, de lo olvidado allá abajo. Es por eso que Kohan va a ese espacio olvidado porque, como sostiene en una entrevista con Ñ, “lo que se olvida no es menos significativo que lo que se recuerda, y hasta puede serlo más”.
En ese mundo subterráneo de arroyos, entre memoria y olvido, se crea la literatura de Kohan. Lo central, la dictadura militar, se narra desde el subsuelo. Lo mismo sucede en su libro Me acuerdo (Ediciones Godot), una reescritura del Je me souviens de Georges Perec, publicado también en 2020. A partir de recuerdos, de detalles, entramos en la historia de la superficie. Lo mismo, en su libro de ensayos 1917 (Ediciones Godot), donde entendemos la revolución rusa por medio de anécdotas de sus líderes, al parecer periféricas. En Kohan, a lo central —la dictadura, la revolución rusa, su vida— se llega a través de lo periférico. Desde un fuera de lugar.
En aquella misma entrevista, Kohan sostiene: “Me interesa una literatura que le da a las palabras y a las formas otro lugar, por fuera de esa dicotomía [...]: suponer que una literatura es social o es de forma, literatura política o literatura del lenguaje. Me interesa pensar que una novela política sea también, y sobre todo, una novela del lenguaje”. Confesión, de Martín Kohan, vuelve a un río que esconde cuerpos porque es ahí donde la literatura, entre política y lenguaje, puede mover agua inmóvil.
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