
Es curioso -o revelador- registrar cómo se repite la palabra “austero” cuando se quiere describir, y elogiar como hoy hace la Academia Sueca, la poesía de Louise Glück. Es por supuesto un intento por atrapar en un concepto la siempre elusiva condición de la poesía. ¿Qué es lo que conmueve cuando leemos un poema? ¿Qué es lo que conmueve cuando leemos un poema de Louise Glück? Su “austeridad” en los disparadores aparentemente “simples” y cotidianos de mucha de su poesía (una foto de su madre, un jardín desde la ventana, sacar la basura a la noche, los regalos de Navidad) se desvanece en cuanto atravesamos la puerta de sus primeros versos y nos encontramos de frente con la sutileza y profundidad para captar emociones, las pequeñas iluminaciones que logran nombrar lo que hasta ese momento no habíamos podido. La poesía de Louise Glück es exuberante pero precisa.
El Premio Nobel a Glück reconoce una poesía que ha sido llamada “post-confesional”, una poesía sin intenciones políticas ni declaraciones en primer plano, una poesía íntima en la que la autobiografía nunca se pone por delante del poema. Glück habla de ella (de sus padres, de su anorexia, del paso de sus años, de su matrimonio, hasta de su poesía) como un instrumento para hablar de la experiencia humana. Ella misma ha dicho que sus poemas son autobiográficos pero despojados de cronología, anécdota y “convicción personal”. Su vida se vuelve un instrumento para buscar, otra vez en sus palabras, “el sonido de un ser auténtico”, “la inmediatez y volatilidad” que le dan al poema su “paradójica durabilidad”. El trauma, la pérdida, el duelo, el renacimiento son temas que se repiten en poemas donde siempre se adivina, por detrás de una angustia radical, la posibilidad de redención.
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Como sucede en general con la poesía, leerla a Glück es releerla. Hay que hacerlo con atención porque no es una poeta condescendiente con sus lectores: la voz poética cambia, a veces en el mismo poema, su “yo” narrador también puede volverse elusivo, su “música” puede ser errática, las alusiones a la naturaleza y el paisaje exterior pueden envolver los versos hasta oscurecerlos. Pero hay que ser paciente porque en algún momento el camino se despeja y aparecen también pequeñas epifanías:
bajo la tenue lluvia del jardín
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la joven pareja siembra
un surco de guisantes, como si
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nadie lo hubiese hecho nunca:
los grandes problemas todavía
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no han sido enfrentados ni resueltos.
(…)
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Aun aquí, aun en los comienzos del amor,
su mano al abandonar la cara
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da una impresión de despedida,
//
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y ellos se creen
capaces de ignorar
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esta tristeza.
O los versos finales de “Circe’s grief”, un poema breve en el que una mujer habla sobre la esposa del hombre que ama:
“Si estoy en su cabeza para siempre,
estoy en tu vida para siempre”.
O estos versos de “Nostos”, su poema tan poderoso y celebrado sobre la memoria:
“Vemos la vida una sola vez, en la infancia.
El resto es memoria”.

El reconocimiento más importante de la literatura este año sirve a la vez para iluminar una escena poética extraordinariamente activa e interesante en los Estados Unidos, en particular en cuanto a poetas mujeres. Se asienta en una rica tradición, sobre todo desde el movimiento de poesía moderna de comienzos del siglo XX, pero exhibe en las últimas décadas largas una vitalidad a la que prestarle atención: hablamos por ejemplo de Adrienne Rich, Anne Sexton, Elizabeth Bishop, Denise Levertov -ya fallecidas-, Sharon Olds, Erica Jong, Diane Wakoski, Tracy Smith.
En la búsqueda incesante y siempre incompleta de nombrar lo que no es posible decir -¿qué otra cosa es la poesía?-, Louise Glück mira su mundo y transforma la manera en que miramos el nuestro.
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