
Vivió apenas 31 años pero llenó de y color el mundo. Durante su corta vida la alemana Paula Modersohn-Becker pintó al menos 750 lienzos y dejó unos mil dibujos, el arte iba con ella siempre, desde pequeña. Fue una de las primeras mujeres que pintó desnudos y también autorretratos en los que se la ve desnuda y embarazada. Algunos de sus autorretratos son verdaderas anticipaciones de la selfie contemporánea.
Tercera hija de siete hermanos nacida en Dresde, el seno de una familia acomodada e ilustrada, su nombre de origen fue Minna Hermine Paula Becker (Dresde, 8 de febrero de 1876 – Worpswede, 21 de noviembre de 1907) y está considerada como una de las representantes más precoces del movimiento expresionista en su país y aunque en vida apenas llegó a vender dos obras, su nombre ya está inscripto en la historia del arte.
Siendo muy joven Becker inició estudios de pintura y se reunió con artistas independientes en el pueblo de Worpswede, no lejos de Bremen, un grupo que buscaba un retorno a la naturaleza y a los valores simples. Allí conoció al paisajista Otto Modersohn, once años mayor que ella y con quien se casaría años más tarde. Sin embargo, ella no estaba conforme con la propuesta de sus colegas, en lo que por otra parte parecía un verdadero club de hombres.
La falta de audacia y riesgo de los pintores de Worpswede la llevaron una y otra vez a París, en donde encontraba inspiración y también la libertad para pintar sin sujeciones y en búsqueda de una simplificación cada vez mayor en formas y colores. Pintó durante catorce años. Nuestra belleza del día es un óleo sobre cartón titulado Joven con flores amarillas en una copa y se encuentra en la Kunsthalle Bremen (Galería de arte de Bremen). Muchas de las obras de Becker tienen como protagonistas a niñas, jóvenes o mujeres grandes con flores o en escenarios domésticos.

Becker fue amiga de varias personalidades de la cultura, entre ellos el poeta Rainer Maria Rilke, a quien en una carta le confió hasta qué punto un accidente fatal ocurrido durante su infancia la había marcado. Ocurrió cuando ella tenía diez años y jugaba con dos de sus primas en una cantera de arena que se derrumbó mientras estaban ahí. Una de sus primas no logró salir y murió asfixiada bajo los escombros. En 1888 su padre debió trasladarse a Bremen por su trabajo y allí Becker entabló relaciones que serían de gran estímulo ya que había un importante círculo de artistas e intelectuales.
Muy joven viajó a Londres para aprender la lengua y estando en esa capital inició sus estudios de Bellas Artes, que continuó más tarde en Worpswede y en Berlín. Sus padres querían que ella fuera maestra y les dio el gusto de estudiar para ese oficio, aunque la docencia no era su pasión. En 1897, Becker fue admitida por primera vez en la clase de la artista Jeanna Bauck en Berlín, quien tuvo una profunda influencia sobre su joven alumna, y la persuadió más tarde a que fuera a vivir por algún tiempo a París.
Su matrimonio no era feliz y sus viajes a Francia eran para ella también un descanso de ese infortunio. En 1907, luego de un embarazo en el que fue su propia modelo y se pintó una y otra vez, Paula Modersohn-Becker dio a luz a su hija Matilde y quedó en reposo por indicación médica. Días después, en la primera ocasión en la que se levantaba de la cama, sufrió una embolia pulmonar y murió, sin el reconocimiento a su arte que llegaría mucho después.
Su estilo, único y original, es el fruto de múltiples influencias y un verdadero cruce entre la tradición y la modernidad. Su pintura mezcla el impresionismo de Cézanne o Gauguin, el cubismo de Picasso, el fauvismo, el arte japonés y el renacimiento alemán. La fuerza expresiva de su obra resume los principales aspectos del arte a principios del siglo XX. Su obra encarna la entrada al arte moderno y si no fue en vida una celebridad es porque, por entonces, ese estatus no le estaba reservado a su género.
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