
La sombrilla de jardín es una pieza muy representativa del estadounidense Frederick Carl Frieseke, ya que reúne dos de sus temas favoritos: el jardín y las mujeres. Está realizada con la técnica impresionista, a la que adhirió en gran parte de su obra.
Hijo de alemanes, Frieseke (1874 - 1939) perdió a su madre a los seis años y fue otra figura femenina, su abuela, también pintora, quien ocupó ese espacio y lo guió en sus inicios artísticos.
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Después de estudiar arte en Chicago y Nueva York, se mudo a París donde asistió a la Académie Julian. Allí, en 1899, un año después de su arribo, participó del prestigioso Salón Nacional. Al principio su trabajo tuvo una fuerte impronta de Whistler, pero su cruce con el impresionismo lo llevó a abandonar las tonalidades opacas, para darle lugar al estallido del color y la luz, aunque mantuvo la línea, la delimitación de la forma.
Fue un miembro influyente de la colonia de arte de Giverny, donde tenía su casa -cerca de la de Monet- y un profuso jardín que, en sus trabajos, aparece una y otra vez, de la misma manera que las mujeres suelen ser el centro de la escena: en muchos de ellos, como en La sombrilla de jardín, su esposa oficiaba de musa y modelo. Y esa es una pequeña -pero gran- diferencia con los impresionista. En su plenairismo la naturaleza no es el eje, sino el contorno.
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Sobre sus objetivos artísticos, dijo: “Sol, flores bajo el sol; mujeres al sol; el desnudo al sol”. El tema de la mujer elegante portando una sombrilla aparece con frecuencia en las obras de Monet y de Renoir, a quien admiraba. Los franceses realizaron una serie de obras con esta temática entre las décadas de 1870 y 1880, pero Frieseke la realizó sobre todo entre 1909 y 1915.
En esta obra, que se encuentra en el Museo de Arte de Carolina del Norte (EEUU), retrata a Sadie, su esposa, como una persona culta en un momento de ocio, que ve su lectura interrumpida por la llegada de una visitante. La mirada de la protagonista está dirigida hacia el observador, y en su rictus captura cierta molestia. Sin embargo, la vitalidad del jardín, en conjunto con la sombrilla japonesa, disipan el conflicto y generan una sensación de placidez.
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