Tranquilo, tranquilo, se dice a la vez que respira hondo. Vamos bien, vamos bien, ya pasó lo peor. Prueba encender de nuevo y no tiene inconvenientes. Conduce despacio por el costado del paso a nivel, cruza las vías sintiendo los saltos de las ruedas sobre los rieles, endereza el vehículo al llegar al otro lado y marcha libre a la par de las vías. Trescientos metros y llega al siguiente paso a nivel. Debe pasar por el costado, lo logra con facilidad. Prosigue hasta el próximo y encuentra una camioneta interrumpiendo el paso. Se detiene, camina hasta un Corsa, enciende el motor y lo mueve hasta dejar un espacio.

En el próximo paso a nivel no tiene contratiempos. Faltan siete cuadras que parecen libres.

Un reflejo rosado en el horizonte anuncia la mañana. Gonza no quiere distraerse observando la claridad del fondo, se mantiene atento al terreno y va pensando alternativas. En la esquina de General Paz debería dejar el auto orientado como para volver. Desde ahí mejor continuar caminando hasta el edificio.

Se agita al pensar que falta poco. No quiere acelerar más de la cuenta. Demasiada suerte hasta el momento como para arriesgar apurándose. Dos cuadras, una, media, llega y se detiene. Mira el foco encendido sobre las vías y deduce que pertenece a otra línea, de otra manera también estaría apagado. Observa la vereda, varios pájaros en el piso y dos mujeres acostadas. Se marea al descender y se afirma en la puerta por unos segundos.

Camina apoyando la mano izquierda en el auto, con la otra carga el tubo. Se agita más al querer abrir el baúl. Respira hondo, se esfuerza y logra abrirlo, pero le gira todo, los árboles de la vereda se mezclan con el techo de la primera casa, el foco del paso a nivel va de un lado a otro, el tubo cae al piso y se le suelta la manguera. Gonza la recoge enseguida y la conecta directamente al tubo grande, se coloca la mascarilla y abre la válvula. Siente el chorro fresco en la cara y respira varias veces hasta que el foco blanco se detiene, los árboles se ubican otra vez en sus puestos y la mañana le muestra las siluetas nítidas de los edificios más altos. Otra vez la imagen de sus hijos en el piso, boca arriba.

De inmediato baja el carro, lo ubica junto al vehículo y hace maniobras para descargar el tubo grande hasta que logra colocarlo en el soporte. Le pone el portátil al lado, cierra el baúl, gira hacia la calle, inclina el carro hacia atrás y camina.

A los diez metros se detiene. No lleva el oxímetro. Le parece que no hace falta. Con quitarse la máscara puede darse cuenta enseguida. Unos pasos más y duda. No lo piensa mucho, cambia la manguera al tubo chico y vuelve para recoger el aparato que quedó en el asiento.

Lo mira mientras camina otra vez hacia el carro: 8.4

Ya va a subir, ya va a subir, se dice en voz baja.

A pensar, a pensar en cómo subir que en media cuadra estamos. Hay que jugársela con el ascensor. ¿Y si no anda? Si no anda, habrá que subir caminando. ¡Pero son quince pisos! Y bueno, peor si fueran veinte, mucho peor si fueran veinte.

Se detiene frente a la entrada del edificio y levanta la vista hacia los balcones. Nada que le llame la atención. Se aproxima a la puerta y tantea. Cerrada. Debería romper el ventanal.

No hay nadie en el hall, la luz de emergencia parpadea en el pasillo, la puerta del ascensor abierta. Levanta el tubo chico y golpea el vidrio. Insiste con más fuerza hasta que hace un boquete como para pasar. Camina por el hall hasta la puerta y abre desde adentro. Pone el portátil otra vez en el carro y se dirige al ascensor. La luz de emergencia sigue titilando. Prueba una tecla, no hay corriente. Tenía esperanzas de que alguna fase todavía funcionara, pero parece que no.

Prueba la luz del ascensor, tampoco. Otra vez se agita, de nuevo sus hijos en el piso de la cocina, uno al lado del otro, estirados. Y, a la vez que se agita más y piensa que debería haber venido antes, otro presentimiento.

Uno que lo estremece, uno en el que no quiere ni pensar. Entonces se habla en voz alta, se dice que no importa, debe subir igual, los chicos seguro aguantan mejor que los grandes.

Debería probar por el portero eléctrico antes de subir, avisar que está llegando con un tubo lleno, que en un minuto sube. Pero descarta la idea.

Entonces aprieta el botón del quince y espera. El ascensor permanece estático y oscuro, aunque acusa un crujido cuando Gonza se inclina, adelanta un pie y aprieta otra vez el botón del quince. Prueba con otros hasta que inclina el carro hacia afuera, lo saca caminando para atrás y se dirige a la puerta de la escalera. Mientras se acerca al primer escalón estima que así debería subir, caminando hacia atrás, de espalda, primero él, después el carro. No será fácil, debe ir de a poco y tener aguante, lo principal.

Primer escalón y prueba levantar el carro. No puede. Debería subir otro para que le resulte más sencillo. Intenta desde el segundo. Tampoco. Desde el tercero le parece que podrá. Apenas levanta las ruedas del suelo se da cuenta: debe inclinarlo más hacia la escalera, de otra manera se le puede caer el tubo para adelante. Prueba y lo logra. Un escalón más y repite el movimiento. Necesita mantener distancia, tres escalones entre las ruedas y él, así funciona.

Prosigue hasta el descanso y se apoya agitado en la pared, el oxímetro marca 8.6

¡Al fin una buena!, exclama levantando la vista. Se toma el pulso por diez segundos. Veinticuatro pulsaciones. Lo multiplica por seis. Le cuesta sacar la cuenta. Prueba veinticinco por seis, le resulta más fácil. Le resta seis al resultado y se habla:

Ciento cuarenta y cinco pulsaciones en ocho escalones. Demasiado. Va a ser difícil lograrlo, a no ser que vaya parando o que abra más el oxígeno. Dieciséis escalones por piso, ¿por quince? ¿Dieciséis por quince, dieciséis por quince?

¡Qué lo parió! ¡Tan difícil una cuenta de mierda!

Si fueran veinte escalones por piso serían trescientos, ¿menos setenta y cinco?, que serían cinco pisos, más de doscientos escalones. Es demasiado, habría que ir parando cada ocho escalones. Un minuto cada ocho, son dos minutos por piso, más lo que tarde en subir, como una hora. Demasiado también. Bueno vamos, mejor vamos que si me apuro tardo menos.

De nuevo hacia atrás. Un pie, luego el otro, repite hasta el tercer escalón y comienza a tironear del carro. Por la mitad ya le falta el aire. Intenta seguir hasta el primer piso. Se esfuerza, respira profundo, levanta el carro utilizando también la fuerza de las piernas y llega.

Se toma el pulso. Dieciséis en seis segundos, ciento sesenta por minuto. Demasiado para un solo piso. Debería abrir más, pero con más oxígeno me puede hacer mal. No importa, el asunto es llegar. En cuando baje a doce, sigo. Hay que encontrar el ritmo, nada más. Un cachito más y estamos en doce. Con doce cada seis segundos tenemos que andar bien.

Otra vez camina hacia atrás, se esfuerza, se agita y llega al descanso.

Dieciséis otra vez. Vamos bien. Un minutito y seguimos.

Cuarto tramo. Segundo piso. Descansa.

Intenta de nuevo. Se agita más que las veces anteriores. Diecisiete pulsaciones en seis segundos. Se repone en el rincón hasta que bajan.

Próximo descanso, un mareo intenso. Se apoya enseguida para tomarse el pulso. Ciento ochenta. Demasiado, muchísimo si todavía le falta tanto.

Hay que ir más despacio. Ya pasé tres descansos. No, seis ya. Seis descansos, tres pisos. El veinte por ciento. Bastante. Para cualquier cosa el veinte por ciento es mucho. ¡Para algunas! ¿Cómo que para algunas? Veinte por ciento del sueldo es bastante. Veinte por ciento de la vida, también. Ya tengo una parte importante adentro, si voy abriendo el oxígeno una vueltita por piso, en treinta, treinta y cinco minutos estoy en casa.

Quince pulsaciones en seis segundos. Debe esperar antes de probar el siguiente tramo. No quiere sentir lo del último descanso. Tampoco abrir mucho el oxígeno. Se puede desmayar, le puede ocasionar un infarto o un edema. ¿Para qué apurarse tanto? Toda la vida llegó tarde, ya saben, unos minutos más, unos minutos menos… Lo importante es llegar.

Bueno, vamos, se dice y sube otra vez. Le pesa más el carro. Se ayuda con las piernas, inclinando el tronco hacia atrás, hasta sentir que las ruedas suben y el carro choca con el siguiente escalón. Llega, se apoya contra la pared y abre más la válvula.

Siguiente tramo.

Demora unos segundos más que en el anterior, pero no pasa las dieciséis pulsaciones. Abre apenas la válvula. Se recupera rápido con más oxígeno.

Otra vez sube. Le pesa el carro, pero con el movimiento del cuerpo hacia atrás, levantándolo con los brazos estirados, le parece cada vez más fácil.

Diecisiete pulsaciones en el siguiente.

Otro más, ¡vamos todavía! Con catorce subo igual. Ocho escalones más. Bien, bien, vamos bien, cuestión de agarrarle la mano nomás. Y tener paciencia, todo es cuestión de paciencia.

¡A mí me van a hablar de paciencia! El rey, el rey de la paciencia soy yo. ¿Quién? ¿A ver? ¿Quién? Ni el loro. Escuchame, para aguantar lo que aguanté hay que tener paciencia, o estar muuuy enamorado. O ser muy, pero muy pelotudo. También, sí. No descartemos la posibilidad. La próxima no me pasa. Hay que hacerse respetar desde un principio, aunque uno esté muy enganchado, hay que hacerse respetar. Bue, cómo si fuera tan fácil. Una cosa es decirlo, pero hay que estar en cada situación. Mirá Vicky, lo mismo. Pero es distinto. ¿El qué distinto? Es lo mismo, y si no es lo mismo es parecido. Bueno, vamos, mejor sigamos que falta poco.

Sube tres escalones y empieza a tirar del carro hasta que llega al nueve.

¡¿Qué tal el boludo?! Unos pisos más y en casa. ¡Ojo al piojo, eh! Nadie le tenía fe al tipo, pero el único, ¡el único!

¡Papito!, van a gritar los dos. Seguro se me vienen al humo, los dos encima, como siempre. ¿Te imaginás? Abran, abran que llegó papá.

El tipo cumple. A su ritmo, pero cumple. Prometió que iba a venir y acá está. ¡Mirá vos el idiota! Acá lo tenés. Media ciudad para llegar, quince pisos tironeando de un carro pesado. ¿Para qué? Para cumplir. Si las cosas importantes las hice siempre, ¿o no?

Gonza ya no se percata de controlar las pulsaciones. La parece que está listo para el siguiente tramo. Y lo encara. Demora más en cada escalón, pero llega, se recuesta y abre un poco más.

Incapaz. ¡Mirá que no voy a ser capaz! ¡No voy a poder! ¿Te creés que cualquiera se va a animar? Cuándo quiero, puedo cualquier cosa. Y claro que cuando quiero. Cuando no quiero, no quiero. ¡Mirá ahora!, cuatro pisos me faltan. ¿Te parece poco?

¿Once subí ya? O sea que me faltan cuatro apenas.

¡Cuatro!, dice y se da cuenta de que está llegando, no debería abusar tanto del oxígeno. La mano al cuello, espera. Quince pulsaciones. Decide quedarse hasta que baje a trece. Respira hondo y levanta la mirada hacia la ventana del siguiente tramo.

Un presentimiento al advertir la claridad del cielo en el vidrio. Inmediatamente el presentimiento se transforma en una imagen. Sus hijos otra vez.

Lo llaman. Escucha las voces y le surge una sonrisa. Se distrae mirándolos. A los pocos segundos se distancia de la pared y empieza. Dos escalones y el presentimiento de nuevo. Tal vez el esfuerzo sea demasiado.

Inmediatamente vuelve a agitarse. No puede quitárselo de la cabeza. Tiene miedo de que suceda en unos minutos, que sea de los presentimientos que se cumplen, pero no quiere detenerse. Y dice vamos, vamos que falta un toque.

No logra dejar de pensar en los presentimientos, le parece que pueden concretarse, sobre todo los últimos: Los chicos le gritarán papá cuando llegue, correrán para abrazarlo y él no aguantará el esfuerzo, se está exigiendo demasiado, le puede dar un ataque o pasar algo en los pulmones. Ya le tiemblan las piernas y los brazos, sin embargo vuelve a impulsarse y a la vez se dice que no queda otra, hay que meterle hasta el último minuto, nunca aflojarle, como Independiente en la final del 77.

Sube cada vez más lento. Piensa poco en el siguiente descanso o no retiene lo que piensa, tampoco quiere demorarse ni detenerse, está llegando.

Un piso nada más. No sabe si gritar o no. Los labios le tiemblan, los brazos se le duermen, no siente las piernas. De todas maneras comienza el anteúltimo tramo, un pie, después el otro, se inclina hacia atrás, repite en cada escalón y llega al descanso.

No se toma el pulso. Ocho escalones. Ocho esfuerzos y en casa.

No debería haberse ido. Los chicos estaban contentos con él, siempre contentos esperándolo para jugar o para comer. No debería, aunque ella no lo quisiera más.

Último escalón, la puerta del palier abierta, el hall en penumbra.

Entra, les abre la válvula del tubo y, cuando llegue a veinte el oxígeno, los despierta. ¡La alegría que van a tener! Ella deberá reconocerle.

Tantea la puerta con la mano libre. Cerrada.

Golpea.

—Hola —dice. Un hola apagado, débil, casi agónico. Lo repite y le agrega—: Soy yo.

—¿Gonza?

—Sí, soy yo.

—Ya te abro, ya te abro —repite Lucrecia.

Una mano en la manija de la puerta, con la otra sostiene el carro. Se acuerda del oxímetro, lo mira: 9.8 La puerta se abre, Lucrecia frente a él.

—Llegué.

Nueve punto ocho, está subiendo —dice en voz baja.

—¿Cómo estás? —pregunta Lucrecia.

—¿Y los chicos?

—Se durmieron, pensé que no venías. Menos mal que llegaste, Gonza —dice ella llorando.

Él avanza dos pasos, se quita la máscara. Lucrecia cierra.

—¿Hace mucho que duermen? —pregunta mirando a sus hijos.

—Hará media hora, más o menos.

Gonza abre media vuelta la válvula del tubo que trajo, le desconecta la manguera, observa el aparato hasta que se estabiliza en 20,5 y se acerca a los chicos para sentarse también en el piso. Se recuesta junto a la nena. Estira el brazo y le acaricia la cara a Joaquín, le pasa varias veces el dorso de los dedos por la mejilla, después hace lo mismo con Sofía. Lucrecia mira desde la mesa.

—A cada rato preguntan por vos.

Gonza sonríe.

—¿Querés agua, jugo?, hace tanto calor. ¿Cómo está afuera, sabés algo más?

—Un jugo frío tráeme, bien grande.

—Ahí va.

—Está mejorando, para la tarde va a estar mucho mejor, yo tenía el presentimiento de que iba a terminar pronto… —dice Gonza en voz baja, mirando el techo de la cocina sin dejar de acariciar a su hija.

—Menos mal que viniste, hasta hace un rato estábamos bastante mal, pero parece que está empezando a mejorar, a no ser que estemos acostumbrándonos, pero no creo, incluso a los chicos los noto mejor, el pulso les fue bajando.

Gonza cierra los ojos.

—¿Cómo hiciste para llegar?

Ya no siente las piernas pesadas ni los brazos dormidos, se nota liviano, sin dolores, como hundiéndose en un sueño. Percibe una voz, una voz familiar que insiste:

—Gonza, Gonza, el jugo, tomá un poco.

Se siente aliviado, en paz, contento. Entonces sucede, como siempre, cuando nadie lo espera, le vuelve a pasar, sonríe. Y, a la vez que sonríe, abre la mano y le asoma el celular. Lucrecia se sienta también en el piso y deja el vaso para leer el mensaje:

Parece que va mejorando, tenías razón, llamame cuando puedas, cuídate, beso, V.


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