La noche final, novela por entregas/13

Día a día, Infobae Cultura reproducirá esta ficción inédita que se desarrolla en el marco de una misteriosa disminución de oxígeno que avanza desde la Patagonia. La obra, que transcurre dentro de un hospital, es una reflexión sobre los conflictos humanos y cómo las personas enfrentan las grandes tragedias

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Él explica que se hirvió el agua, que por ponerse a pensar en su padre se le hirvió.

Inmediatamente mira a Victoria. Ella está por decirle algo. Gonza lo ve venir, imagina las recriminaciones. Pero se equivoca, hay un error en sus pronósticos.

Entonces Gonza explica que se distrajo porque habló con su hija y después se puso a pensar en su padre, y como la pava no corta sola…

—Está bien, Gonza.

—Por eso me descuidé y no me di cuenta.

—No hay drama, ¿mirá que nos vamos a hacer problema porque se hirvió el agua.

Entonces él utiliza la oportunidad para hacer un comentario que no puede evitar.

—Si fueras mi esposa seguro que aprovechabas para pasarme alguna factura.

Victoria contesta sin bajar la vista.

—¿Yo?, por supuesto, a los maridos hay que tenerlos cortitos, si no se hacen los idiotas y dejan que una haga todo.

Gonza no sabe si Victoria habla en serio o no. Quiere deducirlo mirándola, pero como Victoria gira, se queda con la intriga.

Y mientras vuelca el agua sobre las mamaderas, le habla a Victoria:

—Decime la verdad, Vicki, ¿vos le recriminabas todos los errores a tu marido?

Ella lo mira para responder.

—Al principio no, pero cuando la relación empezó a ir mal…

—¡Te das cuenta!, mientras les dura el amor, todo bien, pero…

Silvina interrumpe desde el centro de la sala.

—Me parece que bajó—dice mirando el oxímetro.

—Ahí voy —contesta Victoria acercándose.

Gonza deja de mover las mamaderas con la cuchara, vuelve a encender la pava y mira a Victoria.

Le gusta. Todo lo de ella le gusta, hasta que sea directa y frontal. Y también algo fundamental: nunca tuvo un presentimiento negativo sobre ella.

Le gustaría protegerla, acompañarla, estar más con ella. Como si por un lado le pareciera una mujer fuerte y por otro fuera muy muy frágil. O vulnerable. Por eso la acompañó cada vez que pudo. Como cuando fueron a hablar con el sacerdote Morales. Viajaron juntos a Zapala para preguntarle al hombre si tenía algún dato de los padres de Victoria o sabía quiénes podrían saber algo sobre ella.

El hombre reaccionó al principio como la enfermera de Cipolletti; aunque después de un rato de hablar, dijo algo que sirvió: les habló de una chica que podría llegar a ser la persona que estaban buscando. En aquel tiempo él colaboraba en acción social de Cipolletti y creía recordar que visitaron a una chica embarazada en las afueras de Fernández Oro, que él después, relacionando, al enterarse de la noticia de la beba abandonada en el hospital, supuso que podía ser la madre. Vivía en una chacra frente al canal principal de riego, casi llegando al puente, si es que la memoria no le fallaba.

—En serio bajó, vamos a tener que controlar más seguido —dice Victoria.

—¿Cuánto marca? —pregunta Gonza desde el office.

—Diecisiete —dice Victoria y abre el oxígeno.

Gonza agita las mamaderas con la cuchara, atento al sonido de la pava, tratando también de oír a las mujeres.

—¿Canceriano? —pregunta Silvina. Victoria afirma con la cabeza—. Ponele la firma, olvidate, la familia les tira demasiado. Les cuesta cortar y despegarse de cualquier situación, y vos de qué signo sos? —pregunta Silvina.

—No sé —dice Victoria.

—¿Cómo no sabés?

—No me registraron cuando nací, soy adoptada.

—¡Ah! —exclama Silvina.

—Estoy anotada el ocho de noviembre, pero en realidad nunca supimos bien, así que tendré que ir probando, por lo menos ya sé que con Escorpio no me funcionó —dice y sonríe, apenas, pero sonríe.

—Si es por eso, no te preocupes, yo me hago hasta la carta astral todos los años y también me fue mal; no mal del todo, pero nunca la historia que una quisiera… ¿Te das cuenta? —pregunta Silvina levantando la mirada.

—¿De qué?

—De que la vida es una mierda…

—Para mí no, bah, o no la veo así al menos, y eso que las pasé ¡eh!, sin embargo tengo fe.

—¿Fe, tenés?

—Sí, en la vida tengo fe, como que siempre voy a tener una posibilidad más, y debe ser, porque desde que nací tuve suerte —Silvina gira para mirarla—. Ya sé lo que estarás pensando, pero me criaron bien mis padres adoptivos, son buena gente, quiero decir, andá a saber cómo hubiera terminado si no me adoptaban…

—Ahora sí, a punto —anuncia Gonza desde el office.

—Dale, vamos, tomemos unos mates —le dice Victoria a Silvina.

Gonza prueba llamar al Pelado. Va al baño para hablar y cierra la puerta. Se marea mientras espera y abre. Se detiene a dos o tres pasos del baño. Respira hondo varias veces. Dos pasos más y les habla a las mujeres.

—Cuando vayan al baño dejen la puerta abierta —Ellas lo miran—. Así puedo espiar —agrega sonriendo.

Victoria le hace un gesto de reproche, como pidiéndole que no hable más estupideces.

Gonza se disculpa, les pide que no se enojen y explica que no le sale otra cosa que hacerse el chistoso, le pareció que podía servirles escuchar pavadas, pero si molesta mucho, no jode más.

Ninguna responde, de manera que Gonza vuelve a hablar.

—¿Saben qué?, voy a controlar mi espontaneidad. Una psicóloga me lo dijo, insistía en que yo tenía que aceptarme como soy, un hombre espontáneo. Yo pensaba que espontáneo era lo mismo que impulsivo, pero no, me paró en seco cuando se lo dije, ella me explicó que la gente confunde espontáneo con impulsivo, y nada que ver…

—Depende de lo que tengas adentro o de lo que saques a la luz —dice Silvina.

—Y claro, algo así le dije yo, pero ella me aclaró que con más razón todavía. No sé qué habrá querido decirme porque ya ni me acuerdo de lo que hablamos…, era cuando andaba con quilombos de pareja, pero al final fui al pedo.

—Y bueno, a veces, por más que uno vaya al mejor psicólogo… —acota Silvina.

—Sí, porque igual terminé separándome.

—¿Pero a qué ibas entonces?

—Y, para ver si podía mejorar la relación, qué sé yo, como la pareja no andaba, a veces pensaba que todo era culpa mía. Uno por los chicos le busca por todos lados, se hace el boludo, no ve lo que pasa. Igual no voy a renegar del matrimonio, tuvimos nuestros años divertidos también, pero ya fue, qué se le va a hacer, aunque viéndolo a la distancia, la psicóloga me ayudó; a tomar la decisión, digo, tampoco puede hacer milagros, si en la pareja uno no quiere, no se puede.

—A mí me sacaron plata nomás — comenta Silvina.

—Ah, ¿fuiste entonces? —pregunta Gonza.

—Estuve yendo bastante; y nada, si uno tiene una manera de ser, no pueden hacer nada.

—Y claro, te dicen que uno debe ser el que es, pero vas descubriendo particularidades que no te gustan de vos mismo, y esa es la cagada, pero bueno, por lo menos ahora estoy seguro de lo que no quiero.

—¿Y te parece poco? —pregunta Silvina.

—Qué sé yo, tampoco es un gran descubrimiento —contesta Gonza a la vez que le entrega un mate y le pregunta si tiene pareja.

—Prefiero no hablar de eso —responde ella.

—Yo preguntaba, para saber no más, como estábamos charlando...

Gonza cambia canales en la televisión, Victoria cuenta que ella también fue a terapia. Ahí descubrió que no fue por casualidad que eligió trabajar en neo, que tiene relación con lo que le pasó de chica.

En terapia que tomó la decisión de buscar a sus padres biológicos. O juntó el coraje para hacerlo, mejor dicho. Y justo ahora estaba por hablarle a su madre. Si se atrevía, aclara, porque también pasa que por un lado una quiere saber, pero por otro tiene miedo de escuchar la verdad. Es contradictorio, pero es así. Uno busca y busca, pero cuando encuentra se paraliza. Ya le pasó que fue hasta la casa donde vive su madre biológica y no se atrevió a golpear la puerta. Se pasó la tarde entera sentada en el auto para ver tomaba si coraje para hablarle, pero no, dice Victoria con un tenue temblor en la voz y la mirada hacia la puerta de salida.

—No sabía que habías ido, ¿no quedamos en que te acompañaba? —dice Gonza sorprendido.

—Dos veces ya fui. La primera vez fue muy fuerte y de inmediato supe. Supe que era ella, quiero decir. Pero me quedé paralizada. Ella pasó de largo como si no me hubiera ni registrado. O tal vez me vio de lejos al bajar del colectivo y no quiso mirarme cuando nos cruzamos, no sé. A veces pienso que quizá ella sabe quién soy y de vez en cuando me pasa a ver o me observa desde lejos —dice y hace una pausa de varios segundos— Y la segunda vez que fui, bueno, lo que les conté, no me animé a golpear la puerta —termina diciendo y otra vez vuelve la mirada hacia la puerta.

Silvina vuelve a mirar a Gonza y, como para cortar el silencio, habla:

—Una vez estuve en pareja, una sola vez. Y bastante mal me fue, después nunca más; nunca más volví a convivir, quiero decir. Al poco tiempo de quedarme sola, se enfermó mi vieja, se fue complicando cada vez más, y así pasamos cinco años con mi viejo ocupándonos exclusivamente de ella, hasta que falleció. Después me quedé a vivir con papá en casa y acá estoy. Tal vez me pasé mucho tiempo ocupándome de ellos y me descuidé demasiado, no sé, es que el tiempo pasa demasiado rápido, cuando querés acordar… Muchas veces me angustio y me siento frustrada por no tener hijos, pero bueno, cuando cumplí los cuarenta me dije ya está, si no se dio, por algo será, y me dediqué a viajar.

—A mí me encantaría viajar —dice Gonza.

—Tampoco recorrí tanto, imagínense, con el sueldo del juzgado, una vez al año y punto.

—Y bueno, por lo menos conociste lugares, yo, en cambio… —dice Victoria.

—Igual me hubiera gustado tener un hijo, pero no se dio, qué se le va a hacer, tampoco se puede todo en la vida.

—Bueno pero por ahí, quién te dice —corta Gonza, que recibe otro mensaje y lo lee en voz alta:

—El Pelado, dice que no vuelve el último que salió, pregunta si cambió algo. ¿Qué le contesto? —pregunta mirando a las mujeres.

—Ponele la verdad, ¿para qué lo vas a engañar?, pobre hombre, va a estar pensando que se puede salvar —dice Silvina.

—Es que nos vamos a salvar— replica Gonza y escribe callado: Vos no salgas por nada del mundo, haceme caso, aguantá que mañana termina, posta. Abrazo.

A Lucrecia también le envía un mensaje: ¿Cómo están?, acá bien, en cuanto pueda, voy, besos.



Victoria sugiere que deberían descansar por turnos, intentar dormir un rato cada uno para no descuidar la sala ni el aparato. Gonza opina que le parece buena idea, lee el mensaje que le acaba de entrar al celular, lo comenta en voz alta y mira a Victoria.

— Joaquín vomita, Lucre no sabe qué hacer —dice como interrogándola con la mirada.

—Preguntale si les duele la cabeza —dice Victoria.

Gonza lo hace, espera la respuesta mirando el celular.

—Dice que les falta el aire y a ella y a Sofía les duele bastante.

Victoria se acerca a los tubos que Gonza acarreó a la mañana y pregunta cuánto medirá el ambiente donde están.

—Tres por dos más o menos, más el pasillo de un metro y medio y el baño que es chico.

—Debe estar muy saturado el aire. ¿Los tubos que tienen son de diez mil? —pregunta Victoria

—Sí, supongo, siempre había dos de diez mil en el departamento del viejo.

—Bueno, habría que pedirle que abra la válvula al máximo por un minuto, después disminuya el caudal otra vez, y también que abra la ventana unos segundos para renovar un poco.

Gonza escribe y envía.

—Y que tomen ibuprofeno.

—Okey —dice Gonza.

Victoria le pide a Silvina que la ayude preparando las mamaderas, primero el agua, después la leche en polvo, con las medidas de la planilla. Ella hará el control porque ya pasaron las doce.

—¿La doce? —pregunta Gonza.

—Una menos cuarto ya, ¿qué, no te diste cuenta? —dice Victoria.

—No, ni cuenta me di. Dame que te ayudo —dice Gonza acercándose a la primera incubadora. Deja el celular a la vista y levanta al bebé.

—¿No les vas a hacer kinesio antes? —pregunta Victoria.

—Ya no hace falta, está bastante mejor, a los otros los atiendo después, así los nebulizo también, pero primero alimentemos —dice Gonza.

Segunda incubadora. Antes de levantar al bebé, mira el teléfono, apenas una línea de señal y ningún indicio de respuesta. Termina y vuelve al celular. El siguiente le lleva más tiempo, ya pesa dos kilos trescientos, le agarra el pulgar con fuerza mientras toma.

Cuarta incubadora, no llega respuesta, Gonza piensa en llamar otra vez.

—Mirá —le dice Victoria a Silvina—. Este chiquito es para vos, si nadie lo reclama, es tuyo; yo me quedo con aquellos dos, el resto, vemos. ¿Vos que decís Gonza?

—Y, habrá que repartir parejo —dice justo cuando le suena el celular. Lo mira y cuenta que parece que dio resultado lo que hizo Lucre.

Escribe una respuesta, pero el mensaje no sale. Intenta desde otros lugares hasta que logra enviarlo. Entonces se aproxima a Victoria y le pide que le alcance otra mamadera para seguir con el siguiente. Silvina camina hasta el oxímetro.

—Veintidós coma ocho —dice en voz alta desde allá.

—Esperen, no toquen ninguna válvula —dice Gonza caminando hacia la salida. Abre la hoja izquierda de la puerta, la mantiene abierta y pide que le avisen cuando baje. Unos segundos después Victoria comenta que está bajando.

Gonza busca el oxímetro portátil, sale sin ponerse la mascarilla, lo deja a cerca de la puerta y regresa.

—Capaz que afuera está subiendo —dice al entrar.

Las mujeres continúan en sus tareas. Gonza sale, vuelve enseguida y les cuenta desde la puerta.

—Igual que la última vez: ocho-cuatro

—Entonces sigue bajando, ¿no había más hoy, no dijiste que de nueve no había bajado? —pregunta Silvina.

—Puede ser, ni me acuerdo cuánto había la última vez, pero igual no bajó tanto por las horas que pasaron.

Victoria vuelve del fondo y habla:

—Hagamos una cosa, vamos a dividir las tareas y a organizarnos, vos Silvina, lavás las mamaderas y fijate si encontrás algo nuevo en internet, Gonza, vos ocupate de vigilar el aparatito, de controlar las válvulas y de ver si —está diciendo Victoria cuando un estampido violento interrumpe.

—¿Y eso qué mierda fue? —pregunta Gonza.

Un bebé llora.

—Yo me ocupo —dice Victoria caminando hacia la incubadora. Gonza cruza la sala diciendo que va a mirar por la ventana.

Aproxima una silla a la pared, se sube y observa.

—Me parece que explotó un departamento en un edificio, debe ser el gas abierto.

Otra explosión más intensa que la primera.

—¡Mierda! —exclama aterrada Silvina, que busca otra silla para mirar también. El bebé sigue llorando. Victoria lo acaricia. Otro bebé empieza. Un llanto apagado, casi imperceptible, como el de un gatito.

—El mismo edificio, se prendió fuego —dice Gonza.

—¿No tendría que haber oxígeno para que haya fuego? —pregunta Victoria.

—Sí, pero se está quemando, yo veo llamas.

—Es verdad —dice Silvina mirando también.

Otra explosión los sacude, una mucho más potente que las anteriores.

—El departamento de al lado —dice Gonza—. El gas debe ser, seguro que a muchos les quedó el gas abierto y con cualquier chispa o cortocircuito…

—Cada vez peor esta porquería —exclama Silvina.

—Ahora se está apagando, puro humo.

—¡Viste, te dije! sin aire no hay fuego —exclama Victoria.

El edificio se va perdiendo, el humo cubre la mitad superior y vuelve la oscuridad cerrada, muda, intensa.

—Ya está —comenta Gonza al bajarse de la silla. Le ayuda a Silvina y se ubica en el piso para escribir un mensaje. Se lo envía a Lucrecia primero y al Pelado después.

Ok, Vení pronto, por favor!! responde Lucrecia. Entonces Gonza cierra los ojos, apoya la cabeza en el panel y piensa.


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Novela por entregas: Todos los capítulos de “Lo que resta de la vida”, de Federico Jeanmaire

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