
Conocí a Enriqueta Muñiz una noche de hace 25 años en un aula del edificio que ocupa el Taller Escuela Agencia (TEA). La había invitado Sergio Morero, nuestro profesor de investigación, para que nos hablara de Operación Masacre, a nosotros, alumnos del tercer y último año de periodismo. Todos habíamos leído aquella obra maestra del periodismo y algunos no veíamos la hora de salir a la calle a encontrar al hombre que mordió al perro y a un fusilado que viviera.

No desconocíamos quién era Enriqueta pero no sabíamos mucho más que aquellas palabras incluidas en el prólogo a la tercera edición que le dedicó Walsh.
El audio de esa clase magistral lo grabé en un casete que guardé sin imaginar que mi futuro y el de Enriqueta se cruzarían; porque no soy vidente ni creo en el destino pero sí en las casualidades.
En febrero de 2011, Alejandro Rodríguez Diez, editor del sitio Diario sobre Diarios donde colaboraba con frecuencia, me pidió un perfil de Enriqueta. La rastreé, hablé con amigos e incluso fui hasta el departamento donde vivía, cuya dirección saqué de la guía telefónica. Sólo encontré silencio. También hallé poco background en los archivos, la mayoría en TEA.
Fue Nacho (José Ignacio) López y alguien que ahora no recuerdo –tal vez Carlos Ulanovsky- quienes me dijeron que me olvidara, que ella no accedería hablar porque siempre le preguntaban por Rodolfo Walsh y Operación Masacre. Entonces desistí de la nota.

En el verano de 2014, otro miembro de DsD -esta vez, Dardo Fernández, director y fundador- me volvió a pedir la nota y fue ahí que tras varios llamados me enteré de que Enriqueta había fallecido unos meses antes. Su muerte sólo mereció una línea perdida del último párrafo de una nota en el diario La Nación, donde ya habían aparecido tres avisos fúnebres. En el resto de los medios, nada, incluso en los que ella había trabajado. No me parece rara esa omisión que se explica por la dinámica patriarcal y misógina que mantienen los medios –en cualquiera de sus formatos-; y cierta costumbre de desconocer la historia, el pasado más reciente, en este caso, del periodismo que nos antecedió.
También hay que decir que Enriqueta eligió el bajo perfil y después de aquella clase en TEA (la segunda que daba, luego de una anterior en 1993) profundizó la decisión de despegarse de Walsh y lo que había sido su aporte a la investigación. También los separó el viraje ideológico y político que Walsh hizo desde Operación Masacre y cuestiones personales.
Los datos que de Muñiz se encuentran –en la web y en los archivos analógicos- son su intensa carrera profesional que abarcó diarios, revistas, radio, televisión, escuelas de periodismo y libros.
Algunos colegas y conocidos de Enriqueta se enteraron por mí de ese fallecimiento y entre las entrevistas que realicé para lo que ya no era un perfil sino una necrológica, supe de la existencia de “los cuadernos”.
Aquella nota en DsD se publicó a propósito del día del periodista de 2014 y allí fue que digitalicé partes de aquella clase y las subí a soundcloud. (Pueden escuchar su voz acá https://soundcloud.com/diego-igal y la nota acá https://issuu.com/diegoigal/docs/http---www_diariosobrediarios_com_a_3022aa8eb861f5 porque el sitio ya no existe).

Enriqueta murió soltera, sin hijos ni pareja. La familia se componía de un hermano que vivía en Salta con la esposa y una hija. Cuando los entrevisté –en aquel departamento de Once al que yo había ido a buscar a Enriqueta- les advertí de la importancia histórica de esos cuadernos y les sugerí que los hicieran públicos. Pero no pude verlos. Cuando volvieron a Salta, accedieron a mandarme una foto de la portada de uno de ellos y también de dos boletos de tren.
Cada tanto les preguntaba si habían decidido el destino del material con la inocente intención de hacer una nota. Hasta que se me ocurrió preguntarles si no querían que lo ofreciera en Editorial Planeta, donde también suelo colaborar.
La respuesta de la familia fue inmediata y de la editorial también. Solo hubo que definir detalles, contratos y autorizaciones. Porque había más material e incluso inéditos de Walsh así que hubo que recurrir a Patricia, hija de Rodolfo y a la sobrina, hija de Victoria. A los Muñiz; las Walsh; el editor Rodolfo González Arzac y el director Nacho Iraola, por Planeta, hay que agradecerles que lleguen a la librerías estos cuadernos y el resto del material que componen Historia de una Investigación, que tiene un prólogo de Daniel Link (uno de los críticos y periodistas culturales que más estudió a Walsh y Operación Masacre) y un retrato de Enriqueta a mi cargo.

Los cuadernos son literalmente cuadernos, de los escolares, de 50 y 48 páginas en los que Enriqueta escribió de puño y letra un diario de lo que fue la investigación de eso que nosotros conocimos como Operación Masacre. Una letra redonda, legible, hermosa, en un trazo que no denota apuro, pero que por momento sufre tachaduras.
Con todo este material se puede terminar de dimensionar el rol que tuvo Enriqueta en aquellos días calurosos, lo que ella pensaba, lo que discutían, la relación que compartían y aspectos humanos de ambos entrañables.

Lo que no encontrarán en este libro -porque están extraviados- son estos dos boletos de tren. Son de uno de los viajes que Enriqueta y Rodolfo hicieron a José León Suárez, allí donde un día de 1956 se produjeron fusilamientos que segaron vidas y sesgaron otras.
*Diego Igal es el autor de La noticia Rebelde. Una biografía (GES)
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