Roberto Arlt
Roberto Arlt

"Roberto Arlt quería ser feliz, y no pudo. Tuvo que conformarse con ser un genio"
(Abelardo Castillo en Las Palabras y los Días, 1988)
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Vaya lujo. A punto de escribir sobre Roberto Godofredo Christophersen Arlt –el Christophersen fue cambiado por "Emilio": acaso prejuicio municipal– y su novela Los Siete Locos, publicada hace casi 90 años (octubre de 1929, Ed. Latina) y para muchos críticos y escritores "la mejor novela de la literatura argentina", juicio al que adhiero, me topo con este hallazgo, que reproduzco de pe a pa. Porque…, ¿quién puede hablar mejor de Los Siete Locos que él? Nadie en el vasto mundo. Por lo tanto, hagamos silencio…

CORTESÍA DEL AUTOR

"Me escribe un lector:
Estimado señor: me he enterado de que ha salido una novela suya llamada Los siete locos. Como dispongo de poco dinero para invertir en libros, le agradecería me diera algunos datos respecto a ella, para saber si vale o no la pena de gastarse el tiempo y unos pesos en su lectura.

Dudé un momento. Luego me dije que, habiendo hablado de tantas obras ajenas, bien tenía el derecho de explicar cómo era lo mío. Además, si hay gente que se conforma con conocer el argumento de una novela, sin tomarse el trabajo de leerla, ni gastar unos centavos en adquirirla, les regalaré a mis lectores ese argumento, que va franco de porte.

El plazo de acción de mi novela es reducido. Abarca tres días con sus tres noches. Se mueven, aproximadamente, veinte personajes. De estos veinte personajes, siete son centrales, es decir, constituyen el eje del relato. Siete ejes, mejor dicho, que culminan en un protagonista.

Estos individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles soñadores simultáneamente, están atados o ligados entre sí, por la desesperación.
La desesperación en ellos está originada, más que por la pobreza material, por otro factor: la desorientación que, después de la gran guerra, ha revolucionado la conciencia de los hombres, dejándolos vacíos de ideales y esperanzas.

Hombres y mujeres, en la novela, rechazan el presente y la civilización, y tal cual está organizada. Odian esta civilización. Quisieran creer en algo, arrodillarse ante algo, amar algo; pero, para ellos, ese don de fe, "la gracia" como dicen los católicos, les está negada. Aunque quieren creer, no pueden. Como se ve, la angustia de estos hombres nace de su esterilidad interior. Son individuos y mujeres de esta ciudad, a quienes yo he conocido.

El argumento es simple. Uno de los personajes, llamado el Astrólogo, quiere organizar una sociedad secreta para revolucionar y quebrantar el presente estado de cosas. Para llevar a cabo su proyecto necesita dinero. En estas circunstancias, Erdosain le ofrece el medio para adquirirlo. Se trata de
secuestrar a un pariente que lo ha abofeteado.

Roberto Arlt
Roberto Arlt

Lo narrado abarca la primera jornada de la novela. En la segunda jornada se lleva a cabo el secuestro del personaje, y en la tercera parte, o la última noche y su día, abarcan la vida interior del personaje antes de cometer el crimen, o permitir que se cometa.

En sí, la novela ofrece tres aspectos. Uno psicológico, otro policial, y otro de fantasía.
La organización de la sociedad secreta, aunque parezca un absurdo, no lo es. Hace quince días, telegramas publicados en distintos diarios dieron noticia de la detención en Estados Unidos de los miembros de una sociedad secreta que se llamaba "La orden del gran sello". Los propósitos de los sujetos afiliados a esta sociedad eran idénticos a los que se atribuyen a los personajes de mi novela. Es decir, que no he hecho nada más que reproducir un estado de anarquismo misterioso latente en el seno de todo desorientado o locoide.

El aspecto policial y judicial de la novela, o sea el secuestro, después de estudiarlo, lo consulté con un profesional del delito. Este, luego de escuchar mis explicaciones, me preguntó, y observen aquí qué curiosa la pregunta del sujeto:
–Los autores del delito, ¿son profesionales o principiantes?
–Principiantes.
–Está muy bien. Si fueran profesionales estaría mal –y acto seguido entró en la explicación técnica de por qué siendo principiantes estaba bien, y no siéndolos, estaba mal.

Para mí no ofrecen absolutamente ningún interés las acciones de un delincuente, si estas acciones no van acompañadas de una vida interior dislocada, intensa, angustiosa. Creo que todo principiante en el mal, si tiene un poco de inteligencia, debe pasar momentos atroces.

Hombres y mujeres, en el curso de la historia citada, viven en horror de su situación. De allí la extensión de la novela: trescientas cincuenta páginas. Sacando cien páginas de acción, el resto del libro no hace más que detallar lo que piensan estos anormales, lo que sienten, lo que sufren, lo que sueñan.

Roberto Arlt
Roberto Arlt

Todos ellos saben perfectamente que la felicidad les está negada; pero, como bestias encadenadas, se revuelven contra esta fatalidad: quieren ser felices, y como el bien les ha cerrado las puertas, piensan monstruosidades que los llenan de remordimientos, de más necesidades de cometer delitos para ahogar el grito de sus conciencias malditas.

Decía un gran novelista ruso, Dostoyevski: "Cada hombre lleva en su interior un verdugo de sí mismo". He tratado de que esta realidad sea visible en la acción de los personajes del libro, pues lo es en la vida de los hombres de este siglo.

En síntesis: estos demonios no son locos ni cuerdos. Se mueven como fantasmas en un mundo de tinieblas y problemas morales y crueles. Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de carácter, serían santos. En verdad, buscan la luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan.

A mí, como autor, estos individuos no me son simpáticos. Pero los he tratado. Y todo autor es esclavo, durante un momento, de sus personajes, porque ellos llevaban en sí verdades atroces que merecían ser conocidas.
En definitiva: en esta obra no hay ningún casamiento, ni baile, ni declaración de amor. Al sexo femenino no le puede interesar.

Roberto Arlt.
Miércoles 27 de noviembre de 1929."

PALABRAS AL MARGEN

Tal vez por fetichismo literario, al tocar cada tecla para reproducir la carta, escrita seguramente en una desvencijada máquina de fierro de una no menos desvencijada redacción –Crítica o El Mundo–, sentí cierto estremecimiento. Nueve décadas después, en una laptop Mac de teclas suaves como terciopelo, repetí el ritual de –una por una– imprimir aquellas letras y palabras tocadas por sus dedos…

Y después, para los tantos que leyeron Los Siete Locos, y para los que todavía no…, creí tentador presentar a los locos. Que son más que siete…

Erdosain (Augusto Remo), el gran protagonista. Elsa, su mujer. Barsut: primo de Elsa, y traidor. El Astrólogo, ideólogo y jefe de una secta y un plan delirantes. Bromberg: fiel secretario del Astrólogo. Haffner, el Rufián Melancólico, asesor para montar una cadena de prostíbulos. El Buscador de Oro: un lugarteniente del Astrólogo. El Mayor: otro lugarteniente, encargado de sublevar al ejército. Ergueta, farmacéutico amigo de Erdosain. No hay lector que no recuerde estas líneas:
Erdosain: –Necesito plata. ¿Podés prestarme?
Ergueta: –¿Creés que porque leo la Biblia soy un otario? ¡Rajá, turrito, rajá!
Y por fin, Hipólita, la coja, esposa de Ergueta.

El sueño de los locos: una brutal revolución social financiada por una red de burdeles repartidos por todo el país, y administrada por el Rufián Melancólico.
La novela sigue –y termina– en Los Lanzallamas, que Arlt publicó dos años más tarde.

No en vano Arlt, en la carta, menciona a Fiódor Dostoyevski (1821-1881): Los Siete Locos tiene puntos de contacto con Demonios (traducida como Los Endemoniados), obra maestra que el ruso escribió en 1871.

Va de regalo un soliloquio de Erdosain que casi lo explica todo:
"Yo soy la nada para todos. Y sin embargo, si mañana tiro una bomba, o asesino a Barsut, me convierto en el todo, en el hombre que existe, el hombre para quien infinitas generaciones de jurisconsultos prepararon castigos, cárceles y teorías. Yo, que soy la nada, de pronto podré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes, secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardiacárceles, coches celulares, y nadie verá en mí un desdichado sino el hombre antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad. ¡Eso sí que es curioso! Y sin embargo, sólo el crimen puede afirmar mi existencia, como sólo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra".
Claro acento anarquista, ideología o contraideología muy virulenta y en boga en las décadas 20 y 30.
Y esta filosa joyita:
"Ustedes saben mejor que yo que para ser diputado hay que haber tenido una carrera de mentiras, comenzando como vago de comité, transando y haciendo vida común con perdularios de todas las calañas; en fin, una vida al margen del código y de la verdad".

Roberto Arlt fue un escritor incesante. Sus célebres Aguafuertes Porteñas, columnas de observación de la vida y los personajes de su tiempo, duplicaron el tiraje del matutino El Mundo.
Escribió cientos de notas policiales en Crítica, el diario de Natalio Botana, cuatro novelas, innumerables cuentos (Imprescindibles: El jorobadito, Noche terrible, Esther Primavera). Ocho piezas teatrales (Atención a Trescientos millones, Saverio el cruel, La fiesta del hierro).
Trece de sus títulos llegaron al cine y a la televisión, pero ninguna de esas versiones le hizo justicia a la pluma arltiana.
Por si poco fuera, el Arlt inventor patentó medias irrompibles para mujer, e intentó blindar de cobre una rosa para eternizarla.
Padeció a un padre sádico: el prusiano Karl Arlt, inmigrante pobre.
Estuvo casado con Carmen Antinucci, que murió en 1940, y después con Elisabeth Mary Shine.
Fue padre de Mirta Arlt y de Roberto Arlt: éste, con Elisabeth.
Murió el 26 de julio de 1942, apenas a los 42 años, de un ataque al corazón.
Cremado en la Chacarita, el río Paraná se llevó sus cenizas.

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