Por Patricia Suárez

Un año atrás o poco más, Herminia Jensezian me habló de que buscaba un monólogo para la actriz Susy Di Gerónimo. Yo ya había trabajado con las dos muy satisfactoriamente, y recordaba a Susy haciendo, una década atrás, unos textos que escribí donde ella era una italiana a la que habían rapado en escarmiento los suyos, por haber tenido amores con un soldado nazi. Ysolda muerta de hambre fue el título del monólogo aquel, dirigido por Corina Fiorillo en el Teatro Tadrón, y la verdad es que a mí me emocionó hasta la raíz.
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Pensé entonces en repetir esa emoción, para mí, para la directora y la actriz y, por supuesto, para el espectador. Muchas veces me gusta trabajar a pedido para actores a quienes conozco, que sé cómo hablan, cómo se mueven en el escenario, de qué son capaces, la clase de energía que los mueve, y, algo muy importante hoy por hoy: la capacidad de compromiso que tienen con el proyecto.
En general, estos procesos de escritura son para mí muy gozosos, porque uno vive un poco con el personaje todos esos días, y cuando llega al final del texto… voilá!, tiene un nuevo amigo, y una nueva pregunta para hacerle al mundo. Escribir así es tocar el cielo con las manos, y puede volverse una adicción, una especie de medicamento contra la locura en que se vive día a día. También, todo hay que decirlo, una se vuelve una especie de bomba de tiempo, que principalmente teme tu familia -marido e hija, padres y hermanos- porque sabe que tarde o temprano en tal o cual trazo se verá retratado. Decía Philip Roth que ser escritor es el oficio más indecoroso que existe y tiene razón.
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En La cajita de jaspe quise trabajar con una mujer sobreviviente de un holocausto personal y del Holocausto con mayúscula. Había leído los libros de Diana Wang, a quien admiro profundamente, sobre los sobrevivientes y las novelas de Eduardo Halfon, un autor guatemalteco, gran escritor, que escribió casi toda su obra hasta hoy sobre la judeidad y la genealogía familiar de aquellos que son descendientes de los sobrevivientes, y esos materiales me dieron fé para intentar algo propio.

A su vez -porque aunque las historias nacen de la galera de mago del escritor, están llenas de partículas biográficas que desmienten toda la magia-, en mi historia personal, yo soy hija de un matrimonio mixto: mi papá es cristiano y mi mamá es judía sefardí. Durante mucho tiempo me pregunté si yo misma era judía o era cristiana, y hasta quise convertirme al judaísmo a los 19 años. No lo hice, ante las palabras de mi querido tío Ricardo Cohen, hijo de un rabino primo de mi abuelo materno: "¿Cómo vas a convertirte en lo que ya sos?" Y entonces comprendí que las identidades son un plus, una sumatoria; no son binarias. Uno es una cosa y también es otra, por más que esta sumatoria sea ambivalente o contradictoria, y que nos guste o convenga. Yo soy judía y cristiana a la vez, porque mis padres lo son, y es como tener doble nacionalidad.
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Por eso mi personaje -de quien se van a prendar, se los aseguro-, la Señora de Federici, tiene dos identidades, la oculta y la manifiesta. Uno podría preguntarse: ¿y quién no? ¿quién vive ante el mundo entero como si fuera de vidrio? La Señora de Federici se presenta a sí misma como "Yo vengo a ser Elena", porque para muchos la identidad es algo embrionario, que nunca llega a completarse. Y porque en esa incompletud -"vengo a ser pero no soy"- puede leerse que hay otro más en mi alma, quien no digo que soy.
La señora de Federici tiene un solo vicio y cometió un solo error: se robó un frasquito de perfume para olvidar un mal olor. Está dispuesta a pagar por su desliz, y como no le aceptan el dinero, no le queda otro remedio que pagar, contando su historia. La historia de quién es de verdad, la historia encerrada en una cajita de jaspe, y que es la historia de todos los sobrevivientes judíos, sus hijos y sus nietos, y los millones de sobrevivientes de todas las hecatombes diarias con que los poderosos oprimen a los que vivimos en esta tierra.
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Isaac Bashevis Singer escribió en alguno de sus libros que en realidad, al Holocausto no lo sobrevivió nadie, que a todos se les murió el alma ahí dentro, pero yo quiero pensar que las personas somos capaces de levantarnos de nuestras cenizas y dejar testimonio, que es el deber fundamental, para que las atrocidades no vuelvan a ocurrir.
Que nadie más "venga a ser" una señora de Federici, que todos seamos quienes somos y con la frente bien alta.
* La Cajita de Jaspe, de Patricia Suárez
Con Susana Di Gerónimo
Puesta en Escena y Dirección Herminia Jensezian
Funciones: domingos 19.30 hs
Teatro Tadron – Niceto Vega 4802 – CABA
Entrada: $250. Estud y Jubilados $180
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