Fermin Eguia (Gustavo Gavotti)
Fermin Eguia (Gustavo Gavotti)

Fermín Eguía, el pintor porteño que creó una mitología a partir de sus acuarelas de narratividades que no tienen nada que competir con las artes de un novelista, es conocido en el Delta como el artista que le dio una identidad pictórica propia al Tigre. Una mitología que surgió, también, de su propia experiencia en la isla, donde se había podido comprar una casilla y en el silencio único de la noche del Tigre, pensarle una historia.

"Yo me había comprado una casilla, chiquita, en la isla, en la época de la dictadura. Tenía un vecino que era un milico, tenía un chalet. Yo vivía en la sección primera, había mucho lote vacío. Lo mío era una cosa más solitaria. Nadaba, andaba con el bote, me cocinaba y pintaba. Hasta que no terminaba una acuarela no volvía para Buenos Aires".

¿Y antes de crear su mitología tigrense?

–Yo era auxiliar técnico, dibujaba mapas de suelos. Era cartógrafo, usaba la cartografía del Instituto Militar. Yo trabaja sobre los límites que ellos trazaban, sobre las fotografías. Después se editaron esos mapas de Buenos Aires.

Usted había estudiado artes.

–Claro. Este era un trabajo técnico. Yo me había especializado en dibujar las ondulaciones de los mapas y dibujaba lo que se llamaba un bloc perspectivo. Para dar una imagen de un terreno, hacía un paisaje, tomaba el mapa que me daban los técnicos, y lo iluminaba y le daba volumen y era muy pintoresco, ahora no se hace más, se usan computadoras.

Las cartografías de aquellos viajes fundacionales tiene mucho de narrativo, ¿no?

–Aparecen dragones, monstruos. Sí, sí, pero yo era de tierra firme (ríe).

¿Dónde estudió artes?

–Hice un año en la Prilidiano Pueyrredón y abandoné, porque ya había empezado a vender la obra mía. Fabulaba, hacía historias. Me copaban las vidrieras de las tiendas de ortopedia. Había leído un Tratado sobre maniquíes y entonces dibujaba. Dibujaba a una mujer coja. En un dibujo está ella con su novio en un café. Después está en la cama, con la pierna colgada en la pared. Boluduces, pequeños relatos.

Esa narratividad forma parte de su trabajo.

–Sí. A veces un dibujo convoca a otro. Otras veces me aburrió. En un momento dejé de pintar porque me puse a militar, caí en cana, etcétera.

¿Dónde militaba?

–En el MLN, el Movimiento de Liberación Nacional.

El Malena. ¿Con Ismael Viñas militaba?

–Sí. Era la época de Onganía.

Y Malena era medio un ovni. ¡Hizo su congreso para autodisolverse!

–Claro, empezaba a plantearse la cuestión de la lucha armada o insurreccional… Me encantaba escuchar a David e Ismael, y eso que eran pequeñoburgueses como yo. El padre había sido juez, David había hecho el liceo. David era un personaje, cómo hablaba, cómo sabía todo del teatro argentino, los chismes que sabía. ¡Una de sus mujeres era mi prima! Beba Eguía (ríe). Cuando él se tiene que exiliar, los dos se van a El Escorial en Madrid. En ese tiempo me invitan a la Bienal de París, y cómo no entendía una mierda, me iba a visitarlos a El Escorial y charlábamos horas y horas sobre el ambiente cultural en el que se había movido.

En ese aspecto, Ismael era lo contrario porque había decidido de lleno dedicarse a la militancia revolucionaria…

–Sí. Terminó primero exiliándose en Israel y después en Miami. Para mí era un poco demasiado gorila, antiperonista… Pero el peronismo ya no me interesa nada, no me interesa nada, nada, nada. (Dice como un mantra). Es como dice Marx, la historia se repite primero como tragedia, luego como farsa.

Hablando de farsa, las narraciones sus acuarelas tienen mucho humor, a veces muy punzante. Ya que empezó a pintar de muy chico, ¿lo influyó en algo la viñeta, la historieta?

–Leía mucho historieta extranjera. Después en la escuela en la parte de dibujo publicitario teníamos como profesores a Ángel Borizoff, que era ilustrador El Tony, un dibujante excelente. O Pablo Pereyra, que hacía la tapa de El Tony con témpera. Trajo a Hugo Pratt, por ejemplo. Contaba historias raras. Pablo Pereyra jugaba al rugby con Pratt y lo jodía al viejo, porque era mucho más joven. Hasta que Pratt se calentó y lo sentó de un tortazo debajo de la mesa, porque el viejo era un hombre grande.

Y eran sus lecturas de infancia. ¿Por qué?

–Eso es lo que llegaba, también Intervalo, que era un folletín más romanticón. La radio era la institución. Yo vivía en el culo del mundo en la Patagonia, en Comodoro Rivadavia, Chubut. Mi papá trabajaba en un campamento en YPF. Yo era un niño precoz, dibujaba en los pizarrones para las fiestas, esas cosas. Había un cine, el único cine de la zona, que estaba en el edificio de los salesianos. Nosotros vivíamos justo en el Golfo de San Jorge, en una meseta, estaba todo asfaltado.

Un campamento iguala, ¿no?

–Yo estaba con los hijos de los obreros, de los técnicos, de los oficiales. Además gobernaba Perón, cuando murió Eva teníamos que poner una rayita negra en el cuaderno por día desde su fallecimiento. Los más alcahuetes se ponían un ribón negro. Mi padre era nacionalista, pero conservador, entonces algunas cosas de Perón las veías con simpatía: "¡Este hijo de puta me convence!", decía tomándose la cabeza.

¿Cómo adquirió una obra de características propias suyas, sabe?

–Hay mucho de imitar el gesto de maestros que a uno le gustan. O emulás maestros que sabés que no vasa poder emular y hacés de tus defectos un destino. En muchos está metido el trabajo y la vida. Yo en una época me maté con el laburo. Trabajaba en el INTA 9 horas y volvía a casa y veía el amanecer y seguía pintando. Fue la mejor época. Ahora no trabajo más de cuatro horas por día.

Al ver sus cuadros del Tigre se crea una mitología de la isla.

–Claro, puede ser, porque hice esas serpientes… Además porque recuerdo los relatos de mi abuelo que hablaba en guaraní y en español. Mis abuelos las cosas que los chicos no podíamos escuchar ni ellos decir en voz alta, que supongo serían cosas porno, lo decían en guaraní. Lo que me llamaba la atención es que no decían malas palabras salvo: añamembuí, que quiere decir "hijo del diablo": Seguramente eso influyó en la experiencia de pintar al Tigre.

Entren
Entren

O estos cuadros colgados en la galería de arte Sara García Uriburu donde está Simbad, esos viajeros míticos.

–Hay un Klee que hace un Simbad el marino, y claro que no tiene nada que ver conmigo Klee. Es una maravilla. A mí me divierte mucho leer Simbad: ¡se leen al pichón del Ave Roc! Y también los cuadros de estos personajes porteños. Para mí son un suburbio, son cuadros relativamente recientes. El pibe tiene puesta la gorrita con la visera hacia atrás. En uno hay una mano fantástica que le dice a un grupito que está en la calle: Entren, para que sigan chupando. Hay un kiosco, que estaba en la calle La Pampa, le puse revistas de todo tipo: El arquero empedernido, revistas sionistas, trotskistas, nacionalistas, la democracia del kiosco.

Acaba de ganar el premio del Fondo Nacional de las Artes. ¿Qué le produjo?

–Alegría, claro. Siempre tengo respeto por el Fondo Nacional de las Artes. Conozco a burócratas, a artistas que se hicieron burócratas, ¡yo mismo fui burócrata! Es una forma de ganarse la vida. Así que sólo puedo agradecer haber ganado el premio del Fondo.

¿Se divierte dibujando?

–¡Y qué te parece!

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