
El acoso sexual es un comportamiento que puede llegar a incluir conductas cotidianas como comentarios sexuales inapropiados, insinuaciones no deseadas, miradas invasivas o cualquier contacto físico sin consentimiento, tanto en el espacio público como en entornos privados.
Según Mayra Gómez-Lugo, directora del laboratorio SexLab KL de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, estas situaciones se encuentran frecuentemente normalizadas en los entornos laborales, lo que dificulta su identificación temprana y favorece su persistencia.
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Las cifras del Instituto Colombiano de Medicina Legal y Ciencias Forenses reportaron 233.352 exámenes medicolegales por presunto delito sexual en Colombia durante la última década, equivalentes a un promedio anual de 23.335 casos. El 82% de las víctimas eran mujeres menores de edad.
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De acuerdo con detalles revelados por Irene Salas-Menotti, directora de la Especialización en Psicología Forense y Criminal de la misma fundación universitaria, la información oficial podría subestimar la magnitud real del problema. Factores como el vínculo cercano entre víctima y agresor, el miedo a no ser creídas, el estigma social y el riesgo de revictimización institucional contribuyen a la demora de las denuncias y a la falta de evidencia más allá del propio testimonio.

De acuerdo con el reporte de la institución, la violencia sexual no se restringe a episodios ampliamente reconocidos como delitos graves. También abarca prácticas habituales en la interacción social que comprometen el consentimiento, como el acoso en el transporte público o la intimidación mediada por algún tipo de poder y jerarquía. La validación social de estas actitudes, así como la indiferencia o pasividad de los testigos, refuerza su reproducción cotidiana y la invisibilidad del daño que generan.
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La violencia sexual provoca consecuencias en la salud mental y física
Las secuelas de estas brutales prácticas suelen afectar profundamente la salud mental de las víctimas. Entre las consecuencias frecuentes se encuentran culpa y vergüenza persistentes, miedo recurrente, aislamiento social, pérdida de control, dificultades de concentración, pesadillas y recuerdos intrusivos del hecho traumático. El espectro de impacto incluye trastornos de ansiedad, depresión, estrés postraumático y, en algunos casos, consumo problemático de alcohol o drogas, además de alteraciones en el sueño, la alimentación y la autoestima.
En el plano físico, la violencia de tipo sexual eleva el riesgo de consecuencias como embarazos no deseados o infecciones de transmisión sexual, que pueden requerir atención médica específica y a largo plazo.
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La normalización social dificulta la identificación y denuncia
Cabe mencionar que muchas de las conductas asociadas con el acoso sexual no son percibidas como violencia debido a que se encuentran naturalizadas en diferentes ámbitos. La ausencia de reacción por parte de aquellos que presencian estas situaciones contribuye, según Gómez-Lugo, a consolidar su presencia en la vida cotidiana.
Por su parte, Salas-Menotti puntualizó que el testimonio de la víctima adquiere especial relevancia en los procesos judiciales, dada la habitual escasez de evidencia física y las demoras en la denuncia motivadas por el contexto de poder e intimidación que los victimarios ejercen sobre ellas.
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Las estrategias de prevención y atención deben contemplar respuestas integrales
Las expertas de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz coinciden en la importancia de reforzar la articulación entre entidades públicas y privadas para ofrecer protección y atención integral no solo a las víctimas, sino también a sus familias que se ven afectadas por la presión de este tipo de casos.
De acuerdo con la conclusión de los expertos, el enfoque de prevención primaria y secundaria está orientado tanto a potenciales víctimas como a posibles perpetradores, se presenta como una herramienta necesaria para disminuir la incidencia y promover entornos seguros y respetuosos no solo a nivel laboral, sino académico, deportivo y en cualquier espacio.
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