
El arranque de 2026 volvió a poner en evidencia una realidad que muchos hogares ya sienten sin necesidad de mirar estadísticas y es que vivir cuesta más, y buena parte de esa presión sigue viniendo de la vivienda. Aunque algunos precios comenzaron a mostrar señales de alivio, el arriendo continúa siendo uno de los factores más difíciles de esquivar dentro del presupuesto mensual.
Las cifras más recientes del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) confirmaron esa percepción. En enero, la inflación anual se ubicó en 5,35%, por encima del 5,10% con el que cerró 2025 y también superior al dato de enero del año pasado, cuando el Índice de Precios al Consumidor (IPC) marcaba 5,22%. El inicio del año, tradicionalmente cargado de ajustes por indexación, trajo consigo nuevas presiones sobre el costo de vida.
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Ese repunte no se explica por un solo rubro, pero sí ayuda a entender por qué ciertos gastos siguen teniendo un peso tan determinante. Entre ellos, los asociados a la vivienda ocupan un lugar central. No necesariamente porque registren las mayores alzas, sino porque representan una porción considerable de la canasta de consumo y porque sus incrementos tienden a quedarse.
El comportamiento del arriendo es un buen ejemplo de esa dinámica. De acuerdo con el Dane, el arriendo efectivo, el que pagan los hogares que viven en alquiler, presentó en enero una variación anual de 5,27%. En el caso del arriendo imputado, que estima el costo de habitar vivienda propia, el aumento fue de 5,03% frente al mismo mes de 2025. Ambos crecimientos se movieron cerca del promedio nacional.
A primera vista, estos porcentajes no parecen desbordados. Sin embargo, su impacto va más allá del dato puntual. En conjunto, el arriendo efectivo y el imputado aportaron más de un punto porcentual a la inflación anual, una contribución superior a la de varios rubros que, aunque registran incrementos más altos, pesan menos en la canasta del IPC.
Ese es el rasgo que mantiene al arriendo en el centro de la discusión. Mientras categorías como prendas de vestir y calzado, recreación y cultura o información y comunicación mostraron variaciones anuales bastante inferiores al promedio, los gastos de vivienda se mantuvieron entre los principales responsables del encarecimiento del costo de vida. Incluso frente a sectores como transporte o educación, el arriendo destaca por su persistencia y por la forma en que sus ajustes se trasladan, casi sin pausa, al presupuesto de los hogares.

La fotografía mensual refuerza esa lectura. Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, el IPC total subió 1,18%, mientras que el arriendo efectivo aumentó 0,41%. Es decir, en el arranque del año el canon creció menos que el promedio de precios. Aun así, su incidencia sobre la inflación no se diluye.
La razón está en la naturaleza del gasto. A diferencia de otros bienes y servicios cuyos precios pueden bajar o corregirse con relativa rapidez, el arriendo funciona como un escalón, una vez sube, rara vez retrocede. Los ajustes se acumulan y permanecen, marcando el nivel del gasto durante meses.
En los contratos vigentes, la ley establece un límite claro. El aumento del canon solo puede hacerse cuando se cumple un año de contrato y no puede superar la inflación del año anterior, que en este caso fue de 5,10%. Ese tope actúa como un freno para una parte del mercado y evita incrementos abruptos para quienes ya están arrendando.

Pero esa protección no es uniforme. Para quienes buscan vivienda por primera vez, cambian de inmueble o firman un contrato nuevo, el valor del arriendo no está atado al IPC. En esos casos, el precio se define por las condiciones de oferta y demanda, un escenario en el que influyen factores como la escasez de vivienda en ciertas zonas, la ubicación, el tamaño del inmueble y la presión de otros costos asociados.
Ahí aparece la brecha entre las cifras oficiales y la experiencia cotidiana de muchos hogares. Mientras el promedio muestra incrementos moderados, el cambio de vivienda puede implicar saltos mucho más altos en el gasto mensual, difíciles de absorber en un contexto de ingresos que no siempre crecen al mismo ritmo.
Por eso, aunque el arriendo no lidera el ranking de mayores aumentos, sigue siendo uno de los rubros más determinantes en la inflación y en la percepción de encarecimiento del costo de vida. Su peso estructural, sumado a la rigidez de sus ajustes, hace que cualquier variación, por pequeña que parezca, tenga efectos duraderos en la economía de los hogares.
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