Lo que comenzó como un amor de colegio entre John Ferney Gómez, que en ese entonces tenía 18 años, y Cindy Herrera, de 15, rápidamente escaló en una relación marcada por la carencia, lamentables decisiones y el maltrato físico y emocional hacia la joven.
John Ferney Gómez fue sentenciado a 57 años de prisión en la Cárcel del Barne, en Boyacá, por el femicidio de Cindy Herrera, su expareja y madre de sus dos hijos, así como por el homicidio agravado de Luis Alfonso Moreno, el padrastro de la mujer.
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Desde el encierro, contó los hechos que rodearon el doble homicidio a Rafael Poveda, que conduce el pódcast Más allá del Silencio, donde evidenció los alcances del transtorno de un celópata.

“Ya no podía vivir el uno sin el otro”, dijo Gómez al rememorar ese primer noviazgo, que luego avanzó al nacimiento de la primera hija de la pareja: Charol.
Cindy, aún menor de edad, se fue a vivir a la casa de John y su mamá, en la periferia áspera de Ciudad Bolívar, un sector de Bogotá marcado por la pobreza y carencia.
Desde un comienzo, los padres de la joven rechazaron al sujeto que, aunque no lo admitió del todo en la entrevista, según en relatos que entregó la familia de las víctimas, se caracterizaba por ser un hombre posesivo, violento, tomatrago y callejero.
Tiempo después, una segunda gestación convierte la casa en una zona de guerra, donde el escaso futuro se rompe con discusiones y, sobre todo, violencia.

“Tuvimos agarres y le pegué una que otra vez, se me fue la mano, la golpeé”, reconoció Gómez, que no admitió del todo que, al parecer, el hombre buscaba ejercer un control total de la joven y alejarla de sus familiares.
En esa frase resonó la normalización del daño, la aceptación brutal de la violencia doméstica como parte del paisaje privado.
Pese a que Cindy intentó alejarse del hombre, este mantenía acosándola y persiguiéndola, pese a que la mujer llamaba constantemente a la Policía.
“Fui varias veces (...) en mi sentir no está rendirme nunca. Sí, fui varias veces, miré a lo lejos porque, como le digo, no me podía acercar porque si no me iban a traer preso por esa situación. Intentaba ver mis hijos a la distancia, a verla a ella”, afirmó, y reconoció que también lo hacía para saber si Cindy, que ya no era su pareja, estaba en otra relación: “Sí, también uno se le mete en la cabeza que de pronto era que tenía otro, ya había otra relación o algo, entonces pues también quería comprobarlo”.
El espiral de la obsesión y los celos lo arrastró hacia el fondo. El alcohol, los ruegos, las serenatas y los ramos de flores se conviertieron en rituales para recuperar una relación sepultada por los gritos, los golpes y la desconfianza.
Cada frase, cada gesto, para él, se conviertía en prueba de traición que no existía, porque ni siquiera eran pareja. Su transtorno y obsesión tomó forma concreta el 20 de octubre de 2015.

Ese día, Gómez decidió buscar a Cindy, armado con un revólver prestado por un amigo. El arma — con solo tres tiros— fue suficiente para asesinarla junto al padrastro de la joven.
“Pasé por la casa de un amigo y le dije que si podía llevar su revólver. Me dijo: ‘Sí llévalo, pero solo tiene tres tiros’”, recordó Gómez, sin aparente titubeo.
El sujeto llegó a la vivienda de Cindy, que luego de negarse varias veces a salir, finalmente lo hizo, mientras sus hijos dormían.
En efecto, el criminal le reclamó por una supuesta relación que no existía, momentó en que se interpuso su padrastro, que le pidió que se fuera, pero la respuesta a esta petición fue disparar.
“En ese momento no sé qué pasó y yo pierdo la razón, pierdo los sentidos, pierdo todo lo que siento por ella y solo me dio fue dolor y le disparé en dos oportunidades, en el pecho, en el corazón”, dijo.
Gómez huyó envuelto en el pánico y la culpa, según dijo. Días después, el asesino regresó, vestido con prendas de mujer y peluca, ante la necesidad de asistir al entierro de Cindy y “verla por última vez”, mientras era buscado por las autoridades.
Una trampa tejida por sus propios amigos lo delata. La ley lo alcanza y la condena es implacable: 57 años en la cárcel del Barne, en Boyacá.
“Ella es el motor, la fuerza para salir de este lugar”, indicó Gómez al afirmar que quisiera ver a su hija una vez salga del centro penitenciario; la menor que hoy tiene 12 años y que quedó sin madre por las reprochables decisiones de su padre.
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