
Pasaron poco más de 65 años desde el primer sacudón para los gobiernos y la industria de posguerra, cuando la Crisis del canal de Suez puso en alerta a los países europeos por la dependencia que tenían de petróleo proviniente de Medio Oriente. Algo más de diez años después la Guerra de los seis días lo volvió a cerrar ese paso, pero por mucho más tiempo. Y fue con otro conflicto bélico, la Guerra del Yom Kipur de 1973, que el transporte del crudo, entre muchas otras mercancías que provenían de oriente, pudo volver a atravesar ese paso en 1975.
Ambas crisis tuvieron un fuerte impacto en la industria automotriz mundial. Cuando ocurrió la Crisis de Suez, el racionamiento del petróleo motivó que en Gran Bretaña, por ejemplo, naciera un auto que haría historia como Mini Cooper. Era la respuesta a una necesidad de utilizar automóviles que consumieran poco combustible. El proyecto se llamó inicialmente ADO15, pero un año más tarde, sería develado como Austin Seven, el primer nombre del pequeño auto inglés que debía entrar en una caja de madera de 3 metros de largo, por 1,2 metros de ancho, por 1,2 metros de altura.
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Cuando ocurrió la segunda gran crisis, en 1967, su impacto fue mucho mayor y más duradero, porque pasaron ocho años hasta que el Canal de Suez se volvió a abrir. El precio del petróleo se fue por las nubes, y su escasez fue tal, que en muchas estaciones de servicio en EE.UU. se colocaban carteles indicando que no había combustible. En tiempos de grandes y potentes motores de exagerada cilindrada, la señal de alerta fue tal, que el gobierno norteamericano se embarcó en un programa de estudio de posibles alternativas al petróleo como combustible. Lo llevó adelante con la NASA, se llamó Programa ERDA (Electric and Hybrid Highway Vehicle Systems Program), y si bien comenzó cuando la crisis de abastecimiento estaba culminando, fue un intento por encontrar soluciones para el futuro. Entre los autos que convirtieron a eléctricos para testear su efectividad, estaba el Renault 12 que llamaron EVA Metro, modelo del cual sobrevivieron apenas dos unidades.
En Europa, mientras tanto, la situación generaba tal desabastecimiento, que en los Países Bajos se prohibía circular con automóviles los días domingo, como un modo de ahorro, lo que generaba situaciones tan extrañas de ver como de vivir, con personas que utilizaban las calles o rutas asfaltadas para trasladarse en caballos o carretas tiradas por caballos.
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Con el nuevo conflicto que mantiene en vilo a todo el mundo a partir del comienzo de los ataques producidos este jueves por parte de Rusia contra el territorio ucraniano, la industria podría volver a verse envuelta en una crisis similar en cuanto a sus consecuencias, no por desabastecimiento sino por el encarecimiento del precio del petróleo y la falta de otro combustible clave, del cual Rusia es proveedor de grandes potencias, como es el gas natural. Rusia es el segundo mayor productor de gas natural a nivel mundial y el mayor proveedor de Europa, representando el 16,6 % del suministro mundial total. En 2020 exportó el 37 % de su producción nacional de gas natural, y la mayor parte de ese volumen exportado fue a países europeos. Alemania, una de las potencias de la industria automotriz, acaba de iniciar con el comienzo de 2022, el cierre de sus plantas nucleares, con lo que la dependencia del gas, es ahora mayor que el año pasado.
Hay casos puntuales como las fábricas que posee el Grupo Renault, dueños de la marca Lada que es emblema de la industria rusa en sociedad con el gobierno de Vladimir Putin, o la fábrica de motores que tiene Volkswagen en Rusia, donde el mayor perjudicado sería el mercado local que abastecen ambas marcas. Seguramente el impacto en la economía de esas marcas se sentirá si el conflicto se extiende en el tiempo.
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Pero el resto del mundo del automóvil podría verse menos afectado respecto a situaciones similares vividas en el pasado, gracias al cambio completo de escenario que tiene la industria al haber incorporado la movilidad eléctrica.
El aumento del combustible derivado del petróleo no es nuevo, sino una constante desde que la pandemia azotó al mundo en 2020, aunque ahora está tocando picos que hacía casi diez años no alcanzaba. El mundo no está desprevenido, sino en vías de un cambio que quizás podría acelerarse en algunos mercados. El auto eléctrico podría tener una demanda mayor si el precio del combustible sigue subiendo como consecuencia del conflicto bélico.
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Pero nada puede subir muy rápidamente en procesos de cambio de paradigma como es el de la movilidad hacia vehículos sustentables, y justamente una de las razones es que para producir más electricidad como la que se demandaría, no hay suficiente cantidad de fuentes renovables. Es un círculo vicioso, en el que hay que encontrar un punto de equilibrio que permita resolver esta transición.
El mundo integrado, globalizado, tiene sus partes buenas y sus contras. Que se produzcan autos o partes en distintos países, puede resultar beneficioso porque habrá alternativas. Las pérdidas serán seguras para todos, pero a diferencia de otros momentos complejos en las relaciones internacionales, esta vez podría ser menos traumática gracias a los famosos autos eléctricos.
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