
“¿Cómo podrían ocurrir milagros si simplemente marchamos mecánicamente por la vida, sin pensar ni estar conscientes? Las coincidencias son señalamientos en el camino que atraen nuestra atención hacia algo importante de nuestras vidas, atisbos de lo que ocurre más allá de las distracciones cotidianas. Podemos ignorar esas señales y seguir adelante o podemos prestarles atención y vivir el milagro que nos está esperando”.
Quique cerró el libro y ató cabos. A Lucía la había conocido en la casa de un amigo cuando tenían 14 años y desde entonces toda su historia había estado llena de señales como las que describía Chopra: tal vez cada encuentro aparentemente casual tenía un significado más grande aunque ninguno lo hubiera comprendido en su momento. Tal vez sus destinos estaban sincronizados como decía el libro. Era sólo cuestión de registrar las coincidencias: tal vez Lucía era realmente la mujer de su vida, sólo había que trazar otra vez los puntos que los habían puesto tantas veces en el mismo camino.
La primera vez fue en abril de 1999. Era el cumpleaños de uno de los mejores amigos de Quique y una prima de Tandil había viajado a Buenos Aires especialmente para el festejo. El dice que se quedó atontado desde el minuto uno, “sabiendo que era ella” aunque todavía no pudiera ponerle palabras a lo que sentía. Tímido como era y todo, se animó a invitarse solo a la fiesta de quince de ella, que sería en su ciudad unos meses después. Era un juego, pero ella aceptó, y más tarde llegó la confirmación formal. Quique y sus amigos viajaron en tren a Tandil para la fiesta.
En la foto bailan el vals abrazados: algo en el aire decía que lo que les pasaba era especial, pero ninguno se atrevió a dar el paso. Ese fin de semana, antes de que Quique volviera a la capital, ella le anotó su teléfono en una caja de cigarrillos. Él guardó por años el cartoncito gastado junto con la foto de los dos. Su timidez le impidió llamarla, así que sólo quedaba esperar el próximo signo del destino.
Fue cuatro años más tarde y por la calle. Quique iba a la facultad y Lucía también, se había mudado a Buenos Aires para estudiar así que la distancia ya no era un problema. Se cruzaron de frente en la esquina de Santa Fe y Junín. Otra vez el entusiasmo, las ganas, el rumor latente de que ahí había otra cosa. Un viernes no mucho después de ese encuentro, Quique llamó a la casa de su amigo, pero en vez lo atendió la madre: “Pará que te paso con alguien”, le dijo. Al otro lado, Lucía lo saludaba desenvuelta. Le dijo que había una fiesta en un club de rugby y ella iba. Arreglaron para ir con sus amigos.
De nuevo a Quique le costó dar el paso. Los amigos le decían que la sacara a bailar, pero él estaba como paralizado. “Tirate a la pileta. O vas vos o voy yo”, lo apuró por fin uno de los chicos del grupo. Sólo así, casi acorralado, Quique se decidió. Entonces bailaron hasta que en un momento, sin pensarlo demasiado, se encontró dándole un beso a un costado de la pista. Quique se acuerda de la fecha: 21 de junio de 2003. Tenían 19 años y ahora vivían cerca. Comenzaron a verse: él pasaba a tomar mate y a jugar a las cartas por su casa de estudiante. A veces le grababa discos con canciones de un amor que no se animaba a declararle. Lucía esperaba, paciente, que él le dijera algo más. Pero apenas llegó un compromiso, medio en juego, medio en serio, para un futuro que entonces parecía lejano: “Antes de cumplir cuarenta nos casamos”. El juego tomó una fecha concreta: si para el 21 de diciembre de 2021 los dos estaban solteros, cumplirían la promesa.
Otra fecha que él nunca olvidaba: Lucía cumplía años el 17 de julio. Aunque con el tiempo la distancia volvió a interponerse, ser el primero en saludarla cada vez se convirtió en otro compromiso tácito. Pasaban los años y volvía a imponerse la distancia, pero ahí estaba él: cada 17 de julio a las doce en punto, Quique le escribía por Messenger para felicitarla. Era una manera sutil de seguir en su vida, un recordatorio de que aunque no se atreviera a decirle nada, no había dejado de pensar en ella.

Después de que Lucía volvió a Tandil siguieron escribiéndose. Ella le decía que por Messenger él parecía otra persona, más suelto y decidido que cuando estaban cara a cara. El no podía confesarle que cada vez que la veía se bloqueaba por completo, como si una fuerza extraña estuviera reservando su historia para otro momento.
Fue en otra esquina cercana, la de Larrea y Santa Fe: en cuanto se vieron sintieron la conexión de siempre. Era 2009 y ese fin de semana se encontraron en una fiesta. Se pusieron de novios. Pero ahora vivían en distintas ciudades y sostener una relación a distancia a los 25 años era más difícil de lo que imaginaban. El viajó a verla a Tandil y ella vino de visita a Buenos Aires, pero no duraron mucho.
“Cuando rompimos, yo estaba muy dolido”, le dice ahora Quique a Infobae. Durante los doce años que siguieron se perdieron el rastro. Ella siguió viviendo en Tandil y Quique, después de viajar por el mundo, se instaló en Ushuaia. “Nunca dejé de pensarla”, confía ahora.
Ya estaba viviendo en Ushuaia y en pareja cuando se enteró de que Lucía había tenido un hijo. “Sentí que tenía que soltar por completo, que ya estaba. Así que la llamé para felicitarla”, dice Quique y se ríe de la contradicción. Es que la cabeza mandaba una cosa, pero el corazón hacía lo que podía. Él también tuvo un hijo varón al año siguiente. Y durante varios años sus vidas volvieron a transcurrir en paralelo, sin tocarse ni despegarse del todo. Cerca a pesar de ellos.
Para 2020, Quique se separó de la madre de su hijo. Ella era de una ciudad del Norte y ya no quería vivir en Ushuaia. Estaba hablando con un amigo cuando tuvo la señal que había esperado por años. Había leído en Sincrodestino, de Deepak Chopra, que el Universo conspira a través de pequeñas coincidencias para abrazar el destino que soñamos. “Tu próxima novia tiene que vivir un poco más cerca, por lo menos que sea de Tandil”, le dijo. “Me voló la cabeza, ¿cuántas probabilidades había de que alguien que no la conocía me nombrara como ejemplo a Tandil? ¡Hay 23 provincias y Buenos Aires tiene 135 municipios y él justo me hablaba de la ciudad de Lucía!”, dice ahora Quique.

Faltaban pocas semanas para el 17 de julio y Quique recuperó la tradición de escribirle. A las 12 en punto le mandó un mensaje y “fue como si no hubieran pasado doce años”. Hablaron mucho y se pusieron al día, ella le contó que estaba separada y que no había sido fácil. Se rieron como cuando tenían 14. Faltaba un año para la fecha en la que se habían prometido casarse y esta vez Quique no evitó el tema. No sabe de dónde sacó el coraje, pero esa noche le aseguró que iban a casarse. Al día siguiente le mandó de regalo el libro de Chopra. Estaba claro que seguir el camino de las improbabilidades la había devuelto hasta ella.
Cuando la ex de Quique tomó la decisión de mudarse a Buenos Aires con su hijo, él comenzó a organizar su propio regreso. Era también una manera de acortar la distancia con Lucía. Consiguió trabajo y casa en la Capital, vendió su auto y se despidió del sur. Ese fin de semana apenas pasó por Buenos Aires: fue directo a verla a ella a Tandil. “Tuve que parar a respirar en una estación de servicio porque sentía que se me salía el corazón del cuerpo”, dice. Ya no dudó: lo primero que hizo al verla ese 11 de noviembre fue darle un beso largo. No volvieron a separarse.

En plena luna de miel de un reencuentro que los dos sentían definitivo, se acercaba la fecha de casamiento que habían puesto hacía más de una década. Quique tenía que trabajar ese día, pero dejó todo preparado. Un mensaje con papelitos en el libro Sincrodestino, partiendo de la página 21, el número que los había mantenido unidos en el tiempo. Cuando lo abrió, supo que estaba ante otro signo: el nombre del capítulo que comenzaba en esa página era “La promesa”.

“Es muy pronto y no quiero que me des la respuesta ahora, pero, si seguimos eligiéndonos, ¿te casarías conmigo?”, decía el mensaje que escribió de puño y letra y que Lucía encontró esa noche a las doce, guiada por las indicaciones de él. Y su respuesta llegó dos meses después: un enorme “Sí, quiero” en la arena de la playa a la que fueron con sus hijos de vacaciones.
Los chicos también estuvieron ahí hace exactamente un año, cuando se casaron. Hoy festejan en Tandil el primer aniversario de su nueva vida, la vida que los estuvo esperando desde el principio. Un milagro a la medida de su amor, ese que les da peso a las señales: el milagro de creer. Después de todo, ¿acaso el amor no es un acto de fe?

*Escribinos y contanos brevemente tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos serán ilustrativas
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