
Rubia y despampanante, con un cuerpo increíble, cuando Pipe pasó la puerta de su consultorio en el barrio porteño de Devoto, Darío contuvo el aliento. Era una derivación, un caso de depresión severo, un nuevo desafío profesional. Una chica joven con altibajos de ánimo pronunciados. Él, un joven psiquiatra en sus treinta y tantos, la había citado sin demoras, el martes siguiente por la tarde, en el último turno.
De esto hace ya más de doce años y, disculpen que voy a spoilear, esta ficha de paciente/médico se transformó en una bellísima historia de amor que vale la pena contar aunque haya transgredido todas las normas del Código de Ética Profesional. Por ello, claro, el total anonimato.
Una vieja historia acecha
Pipe tenía 23 años y parecía tenerlo todo servido para su felicidad. Amigas, familia, una buena posición económica, estaba terminando su carrera de Derecho y tenía un excelente trabajo part time. Pero resulta que un día, Pipe no puede precisar el momento exacto en que se percató de ello, comenzó a sentir las cosas de una manera diferente. Empezaron los miedos al fracaso, a la muerte, a la pérdida. Los temores se apilaban sin sentido en su almohada. Luego, aparecieron el pánico nocturno, la sensación de ahogo, un tremendo pavor a lo inexplicable y la taquicardia. Al principio, lo llevaba como podía, pero las cosas empezaron a complicarse cuando su novio de entonces fue trasladado por trabajo al exterior y la relación se diluyó en la distancia. Sin la contención emocional de quien había sido por un año su pareja se hizo evidente que Pipe estaba más triste de lo normal para alguien en su situación. La angustia la mantenía acorralada. Lloraba a escondidas y batallaba con su desánimo.
Sus amigas, mientras tanto, rompían con novios y lloraban a gritos, pero después todo pasaba y seguían con sus vidas como si nada. Para ella, no era igual. Aunque en realidad no sabía bien a qué se debía todo y cuánto tenía su ex que ver con su estado: “no sabía por qué cuernos, pero yo quería desaparecer. Era como que me había apagado, apocado, no era más la misma”.
Pipe era una entre seis hermanos y en su casa había suficiente ruido para que sus vicisitudes pasaran un tanto desapercibidas. Sus padres decían, o pensaban más bien, despreocupados: “Ya se le va a pasar, es por el novio, puede ser que no le cierre su carrera, tiene que madurar…”
“Yo estaba cada vez peor, explica, pero todo seguía girando a mi alrededor. Me sentía un ratón en su jaula caminando por esa ruedita que da vueltas sin parar… ¡Un mareo existencial! Pasaron los meses y cada vez me sentía más hundida. No entendía lo que me ocurría. No tenía ganas de seguir adelante con nada, me costaba salir de la cama, armar programas, estudiar, disfrutar del sol o de la joda. Empecé a pensar que me daba lo mismo vivir como no vivir. Ni siquiera esa idea me asustaba. No lo hablaba con nadie. Ni con mis amigas. Todas estaban tan llenas de cosas para hacer, trabajos, novios, salidas, posgrados, que mis pensamientos oscuros no cabían en ningún lado ni en ninguna conversación. No había encuentros profundos y a solas como para poder decirles que yo estaba mal, pésimo. Y con mis viejos, no me daba para hablar. No quería alarmarlos ni que me empezaran a estar encima mío o que me reprocharan con qué me pasaba si lo tenía todo. Sabía que ese iba a ser su discurso.”

En su casa no se había hablado nunca de la importancia de la salud mental. Un poco por desconocimiento y quizá, también, por no haber tenido nunca que enfrentar esa problemática. No había depresivos declarados en la familia ni otros padecimientos mentales. Así que estar triste o angustiado o deprimido, directamente no estaba en el menú de la cotidianidad de su casa.
“La única que vez que se tocó el tema fue en la mesa una noche cuando mamá contó una antigua historia de una amiga del colegio que se había suicidado de joven. Se había tirado por el balcón. No recuerdo por qué surgió la conversación, pero enseguida giró sobre qué horrible era lo que esa joven le había hecho a su familia. ¿Cómo no había pensado en sus padres, en sus hermanos, en sus abuelos? ¿Por qué lo había hecho si nada le faltaba y la querían tanto? Era inexplicable. Alguno de mis hermanos mencionó la palabra loca. Nunca olvidé esa charla. Esa noche, mientras comíamos de postre duraznos en almíbar y se hablaba del tema, yo sentía que ese líquido pegajoso y dulce no me terminaba de atravesar la garganta. Me acuerdo que me pregunté en silencio sin animarme a cuestionar lo que decían: ¡¿Cómo lo que le hizo a su familia?! ¡Algo muy fuerte le pasaba! No podía pensar, estaba muy mal pobre chica y nadie estuvo ahí para ayudarla, para escucharla. Cuando un tiempo después empecé a sentirme angustiada recordé muchas veces esa noche y esa sobremesa. Era yo la que ahora no tenía ganas de enfrentarme con la vida cada mañana. Solo sentía deseos de borrarme, de desaparecer bajo las sábanas. La amiga de mamá no había llegado a los treinta, ¿yo llegaría? La entendía demasiado bien. No me daba cuenta de la gravedad de dónde estaba metiendo mi cabeza, pero así era”.
Cita con la ilusión
Fue una compañera de la facultad la que la pescó. La que se dio cuenta de que la cosa era más seria de lo que parecía. Mary, sensible y querendona, era de esas amigas que no se callan nada. Un día le dijo que la veía distinta, desganada, deprimida. La bombardeó con preguntas y la conminó a hablar, le advirtió entre risas que tragarse las penas ahoga y le dijo que no era normal andar así y menos por un ex novio. Ese día Pipe estaba con la guardia baja y sus ojos se llenaron con lágrimas gordas que rebalsaron sin que pudiera evitarlo: “No quería llorar, quise dominarme, pero no pude. Le dije que no sabía qué mierda me pasaba, pero que estaba así desde hacía muchos meses”.
Mary la vio tan desencajada que le recomendó una terapeuta con muchos años de experiencia, a la que había recurrido otra amiga. Pipe necesitaba ayuda y lo bueno es que la aceptó. Tomó coraje y llamó a la psicóloga. La profesional, después de un par de citas, la terminó derivando a un psiquiatra.

El psiquiatra al que le recomendó ir era joven, un poco más grande que ella, serio y comprometido.
“En la primera entrevista no te podría decir que me impactó. Me causó buena impresión, pero no mucho más. Linda mirada, unos ojos verde oscuro chispeantes, una sonrisa tímida y lo mejor es que me escuchaba con atención. Eso fue lo que más me atrajo. ¡¡Escuchaba!!
Claro, yo pagaba. Pero igual me sorprendió la capacidad de atención que se desprendía de sus gestos. Hasta ese día creo que nunca me había sentido escuchada de verdad”.
Pipe estaba intrigada por cómo era la vida de él. Si era soltero, si tenía novia, si vivía cerca, si tenía hijos. Cada vez que preguntó algo le arrancaba muy poco. Darío era impecable profesionalmente y muy reservado.
“No sé si me gustaba, pero me obsesioné con saber quién era. Pero a él no podías preguntarle nada porque era parco cuando yo preguntaba y cambiaba de tema. Solo me enteré en esos primeros meses que era soltero y que tampoco tenía hijos. No me acuerdo en qué circunstancia yo le pregunté directamente y de sus dichos pude deducirlo”. Pipe se sintió aliviada al saber que él era un hombre libre. Le gustaba, pero no pensaba mucho más que eso.
Por su lado, Darío era consciente que esta joven le provocaba cosas que antes no había sentido nunca ni con su ex novia ni, por supuesto, con una paciente.
Ese año en el que se vieron una vez por semana, Darío se enamoró profundamente de Pipe en silencio. Y Pipe no lo sabía, pero estaba en un proceso muy parecido. Ella mejoró, fue dejando la medicación, recuperó las ganas de vivir y la ilusión. Se fue de vacaciones con amigas y se dio cuenta de que ya no la embargaban pensamientos oscuros. Concurría feliz a las consultas porque le encantaba estar con Darío: “Lo veía inteligente, culto, calmo, contenedor, serio. Cuando transcurría un tiempo sin verlo, por vacaciones o cualquier otra cosa, sentía que me faltaba”.
Lo que Pipe no sabía todavía es que gran parte de sus nuevas ilusiones tenían mucho que ver con Darío.
Hasta ahí, nada fuera del Código de Ética.
Un encuentro casual y detonante
Fue como trece meses después de la primera cita, en un casamiento de un amigo de una amiga al que había ido casi de casualidad después de la comida formal, que Pipe se chocó, en medio de la pista de baile, con Darío. Un Darío con la corbata desanudada, la camisa salida y bailando desatado. A él le costó darse cuenta de que la que le bailaba enfrente era su paciente Pipe. Sensual con un vestido de raso fucsia y un escote de vértigo estaba más impactante que nunca.

“Ufff ese día sí que me latió el corazón. Estaba hecho un bombón. Después de bailar y reírnos como locos al reconocernos, salimos al jardín y nos quedamos charlando horas sentados en unos pufs. Cada vez que me rozaba con sus manos, se me erizaba la piel. En un momento me tomó del cuello para decirme algo al oído… Creí que me desmayaba de amor. Nadie sabía ahí que él era mi psiquiatra y no pensaba confesarlo a ninguna amiga. Inevitable, cuando la música estalló otra vez fuimos a bailar pegados. Los dos estábamos felices, pero él creo yo que en parte aterrado con lo que ocurría. Esa noche al salir de la fiesta me llevó a mi casa. En el auto me dio el primer beso. Amaneció con los dos abrazados en el asiento. Me bajé tambaleando y no pude dormir de la felicidad”.
Después se enteró que él tampoco durmió. No solo por la felicidad sino también por el miedo por los códigos que había infringido.
A partir de ahí la cosa se complicó un poco. En las sesiones que siguieron ya el tema no era Pipe y su desaparecida depresión, era lo que ellos dos sentían uno por el otro. Charlaron sin tapujos. Pipe estaba dispuesta a todo, pero Darío le explicó que no podían tener una relación, que podían suspender su matrícula, que si alguien se enteraba quedaría expuesto profesionalmente. Debían dejar de verse en el consultorio y la tenía que derivar a otro profesional hasta su alta. Pipe se enojó y le dijo que era ridículo, que nadie tenía porqué saberlo. Después de varios encuentros apasionados y sexuales en el consultorio, Darío logró convencerla de que tenían que intentar un camino normal en el que pudieran llevar un noviazgo sin mentiras y a la luz del día. Le recomendó una profesional para que la siguiera y la derivó.
“Obvio que no podíamos decirle a nadie lo que nos pasaba. Pero yo estaba tan feliz que las preocupaciones de Darío no me parecían importantes. Una vez que cortamos la relación médico paciente, empezamos a vernos a la luz del día. Yo di las dos últimas materias de Derecho, me recibí y pasé a trabajar jornada completa en el mismo estudio. A nadie le contamos la verdad de cómo lo había conocido. Como jamás había dicho como se llamaba mi psiquiatra nadie vinculó nada. Lo presenté en casa como el tipo que había conocido en un casamiento de amigos de amigos, meses después me mudé a vivir con él y todo se fue dando a la perfección. Mis padres estaban más que felices de verme de nuevo entusiasmada”.
La vida vuelve a ser una sonrisa
Pipe y Darío de ahí en más fueron una pareja absolutamente normal. Su secreto se mantiene a resguardo hasta el día de hoy. Ni amigos, ni familiares, ni conocidos lo saben. Nadie jamás asoció la terapia salvadora con la pareja feliz. Tuvieron dos hijas que hoy tienen 7 y 9 años.
Unos años después Darío dejó de ejercer como psiquiatra en el consultorio y entró a trabajar como jefe de un equipo de recursos humanos de una multinacional. Pipe es abogada y atiende casos de familia.

“Soy feliz, me recuperé totalmente de mi etapa depresiva y no me arrepiento de nada de lo que hicimos. Sé que por normas morales las cosas deberían haber comenzado de otra manera, que no se puede mezclar lo profesional y lo personal porque se presta a abusos y se pierde la objetividad. Lo entiendo perfectamente, pero bueno, a nosotros se nos fue de las manos y se dio así. Quizá si no hubiésemos ido al casamiento aquel, nunca se hubiera dado una situación para que diéramos ese primer paso. ¡Esa noche teníamos varias copas de alcohol encima y quizá eso relajó sus convicciones! ¿Por qué cuento la historia? Porque nos fue muy bien. Creo que vivimos llenos de prejuicios. Si no nos hubiésemos animado a romper esa regla ética nos hubiéramos perdido la felicidad. Somos el uno para el otro y, a veces, pienso que le tengo que agradecer mucho a mi depresión el haberlo conocido. Si no me hubiese pasado lo que me pasó, si no hubiese atravesado esos meses tan duros o negativos, no estaría hoy acá con él y con nuestras adoradas hijas”.
De más está decir que las chicas, por lo menos hasta hoy, tampoco saben del comienzo de la relación de sus padres. Pipe se ríe: “No pensamos contarles porque sabemos que no está bueno alentar este tipo de cosas. Darío piensa lo mismo, es el más reservado. ¡Pero quién te dice! Quizá, cuando seamos abuelos y estemos viejitos, les revelemos la verdadera historia que no le hizo mal a nadie: papá era el psiquiatra de mamá y se enamoraron y fueron felices”.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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