Cuando las hembras prescinden por completo de los machos.

Comencemos por dejar algo claro, en la fracción del frondoso árbol de la vida que compete a los organismos que se reproducen de manera sexual: el verdadero sexo débil, si es que estuviéramos forzados a señalar alguno, es el de los machos.

Ni siquiera hace falta defender el punto demasiado. Basta simplemente recordar que las hembras son quienes resguardan el secreto de la procreación. Es una cuestión anatómica. En su fisiología está configurado el azorante elixir que permite crear más individuos. El fastuoso poder de la duplicación del ser.

Al menos en lo que concierne a los animales (el humano incluido por supuesto) la selección natural ha determinado que sean ellas las que lleven las riendas del juego, responsables de perpetuar la especie —ya sea por medio de huevos o placenta— y que la vida prospere. Sin su participación en menesteres reproductivos sencillamente no hay descendencia; sin sus virtudes, la condena a la extinción es inevitable. No obstante, de la manera inversa sí es posible conseguir la valiosa procreación.

Dicho de otra forma: el género femenino puede prescindir por completo del masculino, pero es imposible que suceda al revés; o si se prefiere, es factible borrar a los machos de la ecuación y aún así seguir contando con una población viable para los siglos venideros. Y como suele acontecer en el mundo silvestre, ejemplos para probarlo sobran.

No olvidemos que desde tiempos inmemoriales la evolución se ha destacado por su inagotable inventiva y notable habilidad para soportar la frustración a la hora de experimentar con configuraciones orgánicas novedosas, probando pacientemente a lo largo de las eras geológicas todas las permutaciones posibles para solucionar el acertijo biológico de la existencia. Y sin duda, las lagartijas cola de látigo mexicanas son una de sus quimeras más intrigantes.

A diferencia de buena parte del resto de vertebrados, los híbridos entre distintos tipos de estos saurios (que pertenecen al género Aspidoscelis) conforman especies propias, especies compuestas solo por hembras que son capaces de engendrar a más de su clase y además hacerlo incorporando la clave fundamental para mantener una población sana y con buenas posibilidades de supervivencia a largo plazo: la consabida variabilidad genética.

Pero para revelar el enigma de cómo estas lagartas consiguen hacer esto y llegar al curioso ritual de sexo lésbico que practican, sería aconsejable antes desmenuzar algunos conceptos básicos, de otro modo se arriesga a no valorar a estos organismos con toda la admiración que merecen.

Se denomina como partenogénesis al mecanismo con tintes francamente milagrosos del alumbramiento virginal (con perdón de antemano por el vocabulario elegido para erigir esta frase, la verdad es que a mí también me resultan un tanto incómodas las referencias religiosas pero, ¿de qué otra manera hacer justicia al asombroso fenómeno de la autoduplicación zoológica?). De hecho, el término mismo encierra tal alusión, derivándose del griego "parteno" virgen y "génesis" engendrar, es decir, algo en el tono de "la reproducción de las vírgenes".

Insistamos por última vez: en este modo de reproducción no se requiere de la intervención de gametos masculinos. En su lugar, las madres en potencia son capaces de engendrar descendencia a partir únicamente de sus gametos femeninos (óvulos que no son fertilizados por espermatozoides), dando así paso a la gloriosa concepción uniparental.

"Madres que dan vida a otras madres que dan vida a otras madres que dan vida a otras más", diría el gran Mircea Cărtărescu. Y si por si comenzara a formarse la impresión de que estamos tramando con un evento inusual en la floresta, sería importante aclarar que este tipo de alumbramientos han sido registrados en una amplia gama de grupos de fauna, que incluyen, pero no se limitan, a: tardígrados, equinodermos (estrellas y erizos), nidarios (medusas y anemonas), artrópodos (insectos, arácnidos y crustáceos), moluscos y vertebrados (presentándose en peces, tiburones, anfibios, reptiles y menos frecuentemente en aves).

En mamíferos nunca se ha observado, a menos claro, que se consideren como reales los disparates bíblicos (en cuyo caso cualquier cosa sería posible y ya mejor nos podemos ir preparando para aterrizar derechito en el infierno). El punto es que bajo condiciones naturales los mamíferos no poseemos la gracia partenogenética; sin embrago, sí puede ser inducida de manera artificial en el laboratorio.

Antes de proseguir, habría que remarcar que existen distintas modalidades dentro de los eventos de reproducción autónoma: no es lo mismo que la partenogénesis se presente como un proceso aislado dentro de un conjunto de organismos que normalmente se multiplican bajo los esquemas convencionales de la reproducción sexual —por ejemplo, dragones de Komodo, tiburones martillo o pitones que en ciertas instancias conciben camadas de forma virginal—, a que esta se establezca como el medio principal de reproducción para la especie completa. Para lo cual hace falta poseer un par de artilugios al interior de los óvulos y entonces sí que es permisible desterrar a los machos al olvido eterno. Como ha sucedido no solo en el caso de las lagartas en cuestión, sino en algunas clases de serpientes, platelmintos, insectos y rotíferos que prevalecen como especies unisexuales de puras hembras.

A lo que voy es que dependiendo del origen molecular que catalice el evento partenogenético —ya sea por la fusión de un cuerpo polar con el óvulo, por la segmentación espontánea del gameto debido a factores ambientales o químicos, o gracias a procesos más herméticos y poco entendidos— se determinará la naturaleza de la descendencia. Es decir, si las crías en cuestión serán haploides o diploides y por consiguiente si tendrán, a su vez, la facultad de engendrar más generaciones sucesivamente. El viejo dilema de la fertilidad.

Aclaremos, la condición cromosómica de los animales es diploide: en el interior del núcleo celular contamos con dos pares de cromosomas homólogos. Configuración que opera para todas nuestras células menos las sexuales (que solo cargan consigo uno de tales pares). Gracias a este pequeño detalle es que cuando el espermatozoide y el óvulo se fusionan se mezclan los cromosomas homólogos provenientes de ambos padres y se da la recombinación, restableciéndose en consecuencia la condición diploide y cristalizándose un nuevo individuo con su propia identidad genética, distinto a todos los que le hayan precedido en su linaje evolutivo y para el caso, en la historia completa de la existencia.

Y es ahora que podemos volver a nuestras lagartas. Las cuales profesan quizás la estrategia partenogenética más sofisticada del reino animal. Las lagartijas cola de látigo, también conocidas como huicos, cuijis, ticuiliches, llaneras o corredoras (como comúnmente se les llama a las distintas especies del género Aspidoscelis), habitan en México, Centroamérica y el sudoeste de Estados Unidos en zonas cálidas y templadas. Se trata de criaturas gráciles y estéticas, con cuerpos esbeltos y alargados recubiertos por escamas tersas sobre las que se proyectan patrones rayados, usualmente en tonos cafés con líneas perfiladas en colores crema, gamas de amarillo o rojo. Algunas especies presentan también zonas iluminadas por espectaculares coloraciones azul cobalto o verde brillante y las patas y costados moteados.

La cola es más larga que el resto del cuerpo, las patas traseras más grandes y fuertes que las delanteras y la cabeza tiene una forma un tanto cónica. Son extremadamente veloces, ante cualquier indicio de amenaza se escabullen con tal ligereza que pareciera como si en lugar de correr flotaran por encima del sustrato. Su desplazamiento repentino invariablemente escapa al ojo humano, pudiendo adivinar la dirección de su fuga solo gracias a la estela de ruido que dejan entre la hojarasca.

Son insectívoras y de apetito demandante. No se muestran recelosas ante invertebrados diversos, al contrario, en lo que a su menú respecta son bastante generalistas. Grillos, escarabajos, gusanos o palomillas; arañas, cochinillas, alacranes o ciempiés; cualquier presa será acometida con devoción maniática siempre y cuando sus dimensiones sean manejables y pueda ser engullida de un solo bocado.

Ahora bien, no todas las lagartijas cola de látigo son estrictamente partenogenéticas. De hecho, la mayoría de especies cuentan con machos y hembras y se inclinan por una existencia común y corriente en lo que a sexo refiere. Sin embrago, a lo largo de la historia se han registrado entrecruzamientos entre distintas especies que han producido como resultado grupos de hembras híbridas. Lagartas que han conseguido prevalecer como especies propias gracias a la fantástica posibilidad de mezclar sus propios cromosomas antes de autorreplicarse. Es decir que recombinan los cromosomas hermanos de sus óvulos como si se tratara de homólogos (de la misma manera que sucede durante la reproducción sexual clásica), lo que da como resultado variabilidad en la población. Y como decíamos antes: en el mundo silvestre variabilidad es igual a viabilidad.

Y si bien estas lagartas no copulan en el sentido estricto del término, se ha observado que sí practican un curioso ritual de apareamiento lésbico que parece estimular la fertilidad. Se trata de un baile de conquista voluptuoso y sugestivo (al menos desde ojos reptileanos), seguido por un arranque pasional en el que no sobran las mordidas que fomenta la ovulación. ¿Quién dijo que las vírgenes eternas no sabían como divertirse?

Cerremos pues declarado que estamos ante el verdadero reinado de las hembras y citemos las palabras del biólogo Oscar Cusó: "Gracias a la duplicación cromosómica extra, las lagartijas híbridas pueden recombinar cromosomas hermanos y tener como mínimo el mismo juego de cromosomas que sus progenitores sexuales. A su vez, de estos, al ser especies diferentes, heredan un repertorio genético rico ya al inicio del nuevo linaje. Entre una cosa y la otra, la variedad de lagartas, en ningún caso, está en juego. Las lagartijas cola de látigo ejemplifican cuál es el sexo débil; las hembras tienen el poder de la perpetuación. Los machos no son necesarios ni para la reproducción ni para el sexo ni para la diversidad genética. Su matriarcado honra a las amazonas, sacude los cimientos de la sexualidad y tambalea la definición de especie".

Publicado originalmente en VICE.com