Tacones, sombreros, hedonismo: mi sexy fin de semana de verano como divorciada

Reportajes Especiales - Lifestyle

The view, offering a sliver of beach, from the balcony of the writer Mya GuarnieriÕs room at the Faena Miami Beach hotel in Miami Beach, Fla., on Aug. 14, 2026. Women of a certain age and marital status are embracing a social media trend of indulgence, big hats, long dresses and, maybe, empowerment. (Mary Beth Koeth/The New York Times)
The view, offering a sliver of beach, from the balcony of the writer Mya GuarnieriÕs room at the Faena Miami Beach hotel in Miami Beach, Fla., on Aug. 14, 2026. Women of a certain age and marital status are embracing a social media trend of indulgence, big hats, long dresses and, maybe, empowerment. (Mary Beth Koeth/The New York Times)
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Las mujeres de cierta edad y estado civil están adoptando una tendencia de las redes sociales que gira en torno al deleite, grandes sombreros, vestidos largos y quizás empoderamiento.

La idea de un verano sexy de divorciada se me metió en la cabeza durante una llamada de trabajo en julio, cuando una colega que vive en el área de Nueva York apareció en una reunión en línea con el cabello planchado y las uñas pintadas de rojo brillante. Como acababa de dejar a mis hijos en el campamento de verano, yo estaba en mi estado desaliñado de siempre y admiré su apariencia impecable.

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"Estoy viviendo un verano sexy de divorciada", comentó.

"Ah, ¿tienes una cita?", pregunté.

Mi colega se rio. No.

No había entendido el punto. Un verano sexy de divorciada no se trata de encontrar a un hombre que reemplace al que tenías; se trata de ti.

El término lo introdujo en 2021 Samantha Leach, entonces editora de la revista femenina Bustle, que estaba impactada con el éxito que algunas mujeres divorciadas --entre ellas, Megan Fox, Zoë Kravitz, Melinda French Gates, entre otras-- estaban teniendo.

La versión de este año se debe principalmente a la escritora y comediante franco-británica Tatty Macleod, quien anunció en un "reel" de Instagram hace varios meses que ya había dejado atrás el "verano malcriado" de Charli XCX y que le atraía mucho más un "verano de divorciada".

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Con un vestido blanco largo hasta el suelo y un sombrero rosa de ala ancha, Macleod explicó el atuendo y la vibra que buscaba: "Quiero que parezca que estoy en un yate, que tengo un par de casas y varios maridos fallecidos…".

Mientras hacía un pequeño paso de baile discreto frente a la cámara, agregó: "Solo viajo y gasto".

Medios como The Guardian hicieron eco del video de Macleod, las mujeres de "The View" lo debatieron y una avalancha de videos de TikTok y Reels de Instagram impulsaron la tendencia, a la que se le fue sumando el adjetivo "sexy" en el camino.

El concepto ha generado cierta controversia. Los críticos señalan con razón que la idea maquilla lo que, para muchas mujeres, es una transición angustiante que las deja en una situación financiera crítica, a veces por el resto de sus vidas. Ponerse un sombrero de ala ancha con un vestido bonito y beber una copa de prosecco no resuelve problemas como tarjetas de crédito al límite, múltiples trabajos o dificultades con el cuidado de los hijos.

Ahora, como mujer con dos divorcios en su haber (matrimonio n.º 1: hombre correcto, momento equivocado; el segundo: muy complicado para resumir), pensé que un fin de semana sexy de divorciada podría ofrecerme un escape, por fugaz que fuera, de las abrumadoras preocupaciones cotidianas (y de esas llamadas tan molestas de las tarjetas de crédito).

Así que unos cuantos viernes después, me escapo temprano del trabajo y preparo una maleta para pasar la noche fuera. En lugar de alaciarme el cabello, me aseguro de que mis rizos estén lo más rizados posible. Dejo en casa mis jeans habituales y mis Birkenstocks; en su lugar, me llevo un vestido rojo y negro sexy sin tirantes que compré hace años en Kenia y que nunca había tenido la oportunidad de ponérmelo. Añado un vestido largo y ceñido de rayón con un escote pronunciado que compré en Guadalupe y que ha estado abandonado en mi clóset mientras llevo a mis hijos a clases de baile y de vela; también meto un vestido de un solo hombro de la marca brasileña Farm Rio que sorprendió a mi exmarido porque era demasiado caro y muy ajustado para mi abdomen después de la cesárea.

Dejo a mis hijos con él, me subo al auto y me dirijo al sur hacia Miami, la ciudad perfecta para cumplir mi fantasía de verano sexy de divorciada.

Doble problema

Voy a pasar el fin de semana en el hotel Faena Miami Beach, parte de una cadena sudamericana conocida por su decoración extravagante. Al entrar al vestíbulo --conocido como "la catedral"-- me reciben columnas recubiertas de pan de oro, mosaicos en el piso que me recuerdan a una iglesia bizantina y murales que llegan hasta el techo, obra del reconocido artista argentino Juan Gatti.

Mientras espero mi habitación, salgo a dar un paseo por la parte trasera y me encuentro con el mamut dorado de Damien Hirst. La estatua surrealista erosiona aún más mi sentido del tiempo y espacio, dejándome con una sensación embriagadora que crece a medida que saboreo la copa de prosecco de bienvenida. Después de registrarme bajo la mirada de un pavo real disecado, subo a mi habitación. Un balcón enclavado entre las copas de las palmeras en movimiento ofrece una vista parcial del océano. La tina más profunda que he visto en mi vida me invita a sumergirme por completo en un baño con sales del Himalaya que proporciona el hotel.

Pero sentarme sola en una habitación de hotel, incluso en una tina llena de lujosas sales de baño, no es la razón por la que vine a Miami, así que decido ir a la terraza de un bar cercano: Watr, en el 1 Hotel South Beach. Ubicado en el piso 18, Watr tiene pisos de tablones de madera, sofás blancos y árboles en macetas envueltos en cálidas luces de hadas. Más allá del restaurante y el bar hay una piscina rodeada de cabañas. Con vista al mar panorámica, se siente como un patio que casualmente está en la cima del mundo.

Al recorrer con la mirada el bar lleno de gente y a los comensales sentados, diviso a dos mujeres que parecen estar viviendo un verano sexy de divorciadas. Cuando una de ellas me ve, la saludo por instinto con la mano y le sonrío. Ella me devuelve el saludo y me acerco a su mesa; me siento y empiezo a charlar, alzando la voz para que me puedan escuchar por encima de la música electrónica que suena a todo volumen. Resulta que tenía razón: Jo Teeuw de 57 años y Jo Mikarna de 55, ambas divorciadas, están disfrutando de un "verano sexy de divorciadas" de la manera más literal: escaparon del invierno de su Australia natal y vinieron a Miami en busca de calor.

Al unísono, me cuentan que se hacen llamar "Doble problema" y que están en medio de un viaje de varias semanas por distintos continentes.

Un verano sexy de divorciadas, tal como ellas lo definen, es "la libertad de hacer lo que quieras sin tener que pensar en nadie más", dijo Teeuw.

En su mano derecha, lleva un anillo de perlas y diamantes que compró en Bali en uno de esos viajes. "Estoy casada conmigo misma", expresó.

Cuando me preguntan por las circunstancias de mi divorcio más reciente, que tuvo lugar en diciembre de 2022, se enternecen y me llaman, a mí, una mujer de 46 años, "una divorciada bebé". "Toma tiempo volverte a sentir cómoda sola y en tu propia piel", dice Teeuw, con tono maternal.

Al diablo con la mirada masculina

El tiempo es precisamente de lo que se trata mi fin de semana sexy de divorciada. A las 9 de la mañana siguiente, mi agenda se encuentra lujosamente vacía.

Sentada en la terraza junto a la alberca, reviso el menú de desayuno del Faena y me pregunto: ¿Debería pedir un Bellini?

Después de considerar que es un poco temprano para empezar a beber alcohol --habrá tragos, por supuesto, pero vendrán más tarde--, pido en su lugar la tostada de langosta. Aparece un plato frente a mí con una cola de langosta de Maine, coronada con microverdes, erguida sobre una pila de aguacate y rodeada de tomates cherry muy jugosos. Me debería saltar el pan, que hará que me sienta hinchada, pero no lo hago. Al diablo con la mirada masculina.

Saciada, deambulo por el paseo marítimo hasta South Beach, donde compro un sombrero amarillo brillante con un ala aún más ancha que la de Macleod.

De regreso al Faena, me pongo el traje de baño sudamericano: un diminuto traje de baño negro de una pieza con pequeños triángulos que apenas sostienen mi pecho y una tanga que no deja ver nada más que mi trasero. Todas las tumbonas junto a la piscina están ocupadas, así que dejo mi nombre y me dirijo a la playa, donde me acomodo bajo una sombrilla.

A mi lado, dos mujeres más jóvenes analizan a fondo los problemas de comunicación que afectan sus relaciones. A mí me suenan como los típicos problemas de Venus y Marte: la retroalimentación de una de las mujeres la toman como crítica y ponen a su pareja a la defensiva; el hombre de la otra se bloquea cada vez que hay un conflicto.

Recuerdo esos días. Me hacen sentir feliz de estar divorciada.

Por fin salgo de la lista de espera para un lugar junto a la piscina, donde me recuesto bajo una sombrilla en una tumbona acolchada mientras un DJ toca ritmos relajantes. Sobre la mesa a mi lado hay una margarita helada de maracuyá del mismo color que mi sombrero.

Entablo conversación con la gente que está a mi lado: dos hombres y una mujer que resulta ser divorciada y que, según dice, no se arrepiente de nada. Contenta de encontrarme, mueve las piernas y me hace espacio en su tumbona; pasamos una hora platicando de todo menos de nuestros exmaridos. Cuando comento que no tengo planes para la noche, el grupo empieza a dar sugerencias, entre ellas el Ball and Chain, uno de los lugares más famosos de la ciudad para bailar salsa, en la famosa Calle Ocho de la Pequeña Habana.

Bailando conmigo misma

Esa noche, con mi vestido sin tirantes de Kenia, mis tacones rojos y un poco de maquillaje, hago del Ball and Chain mi última parada de la noche.

Al entrar al jardín del club, bajo los árboles de uva de mar, las buganvillas y las luces de cadena centelleantes, el DJ pone una canción de bachata. Al reconocer el ritmo, empiezo a moverme de lado a lado. Si tuviera pareja, él me haría girar. Así que levanto un brazo como si estuviera tomando la mano de alguien y giro por mi cuenta.

Luego viene un tema de salsa y cambio de ritmo, dando pasos hacia adelante y hacia atrás. La bachata me sale de forma natural, pero cuando bailo salsa, soy lenta y pausada. Cuando trato de acelerar, pierdo el ritmo: me salgo del compás, doy pasos entrecortados e intento retomar el ritmo. ¿Me veo ridícula? Probablemente. Pero no me importa.

A lo largo de la noche, media docena de hombres se me acercan para preguntarme si pueden acompañarme y, aunque sonrío, les respondo cortésmente: "No, gracias" y les hago señas para que se vayan. Por mi cuenta --después de dos divorcios y toda una vida de desengaños amorosos-- por fin he encontrado mi ritmo. Porque de eso se trata el verano sexy de la divorciada: sacudirse el yugo de un matrimonio que no funcionó, dejar atrás el pasado y vivir el momento, aceptando plenamente a la mujer que eres hoy, la mujer que se forjó en el calor de tantos fuegos.

La mañana siguiente, cuando me subo al auto para regresar a casa, pongo mi sombrero de ala ancha en el asiento del copiloto para que me acompañe cuando recoja a los niños después de la escuela y los lleve a sus actividades --un recordatorio constante de que soy más que una madre de dos hijos que lucha y tiene miedo. Soy una divorciada sexy, sea verano o no.

La vista, que ofrece un pequeño atisbo de la playa, desde el balcón de la habitación de la escritora Mya Guarnieri en el hotel Faena Miami Beach, en Miami Beach, Florida, el 14 de agosto de 2026. (Mary Beth Koeth/The New York Times)

Tomando unas copas en el Tree of Life & Sun Bar, el bar junto al jardín del hotel Faena Miami Beach en Miami Beach, Florida, el 22 de agosto de 2026. (Mary Beth Koeth/The New York Times)

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