
Construido a partir de edificios históricos como un monasterio y un club nocturno, el complejo ocupa más de 3,2 hectáreas urbanas en este destino turístico caribeño.
Este artículo forma parte de nuestra sección especial de Diseño sobre remodelaciones de edificios antiguos.
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Casi cinco siglos de historia colombiana dejan su huella en los edificios que componen el Four Seasons Hotel, inaugurado en Cartagena el mes pasado. Entre ellos hay un monasterio colonial español construido en 1562, un antiguo club social de la década de 1920 de estilo palaciego francés y un conjunto de cinco salas de cine que tuvieron su apogeo antes de que la televisión se impusiera, todos ellos conectados a un ala de construcción reciente que alberga las habitaciones de los huéspedes.
Masivo por donde se lo mire, el complejo ocupa más de 3,2 hectáreas urbanas en este destino turístico caribeño. Situado en el barrio de Getsemaní, que está a cinco minutos a pie de la Torre del Reloj, la entrada principal de la famosa ciudad amurallada de Cartagena.
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El hotel tardó 18 años en construirse, según su promotor, Alejandro Santo Domingo, neoyorquino con raíces colombianas. Su empresa, Valorem, posee también la mayor cadena de cines de Colombia, cientos de tiendas de comestibles de descuento, un importante periódico y una cadena de televisión.
Estas y otras empresas han hecho multimillonaria a la familia Santo Domingo. La creación del hotel --y la conservación de importantes lugares del patrimonio que estaban muy descuidados-- fue una forma de retribuir, dijo. "Se trata de una actividad con fines de lucro, pero forma parte de nuestra filantropía como familia", añadió Santo Domingo. "Fue un regalo para Colombia y esperamos que todo el mundo lo vea así porque, desde el punto de vista de la inversión, no podríamos justificarlo".
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El proyecto del Four Seasons no empezó siendo tan grande. La empresa empezó en 2008 adquiriendo las salas de cine, que llevaban décadas abandonadas. La película Top Gun. Pasión y gloria, estrenada en 1986, aún figuraba en la marquesina cuando comenzó la construcción, dijo Laura Acevedo, quien gestionó el proyecto para San Francisco Investments, una filial de Valorem. Santo Domingo describió los edificios, con paredes derruidas y tejados hundidos, como una zona de guerra. "En su interior vivían buitres", dijo.
Pero el emblemático Club Cartagena estaba vacío justo al lado y tenía sentido comprarlo también. Diseñado en 1925 por el arquitecto francés Gastón Lelarge, la fachada del edificio estaba adornada con detalles estilo Beaux-Arts, como columnas, balaustradas y una elegante cornisa.
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El club, inscrito en el registro histórico de Colombia, fue durante décadas un lugar de interés para la alta sociedad, donde se celebraban bailes de debutantes y bodas, pero también quedó abandonado. El tejado había desaparecido, con lo que quedó expuesto a las tormentas tropicales. En su interior crecían árboles.
Los promotores adquirieron el adyacente claustro y templo de San Francisco, del siglo XVI, arrendándoselo por 99 años a su propietario, una universidad local que lo utilizaba para aulas. El edificio era conocido por su patio cuadrado con una imponente higuera en cada una de sus cuatro esquinas.
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También se hicieron con un puñado de estructuras más pequeñas, una combinación de espacios residenciales y comerciales. La mayoría estaban tapiados, dijo Santo Domingo, con la excepción de un club de salsa que resistía llamado Casa Quiebra-Canto, que estaba en el segundo piso de uno de los edificios y al que se accedía por unas escaleras que crujían.
Con las propiedades en sus manos, el promotor contrató a WATG, el estudio de arquitectura de Nueva York, para que elaborara un plan urbanístico. Mónica Cuervo, quien nació en Colombia, dirigió el equipo de WATG. Los arquitectos decidieron que el atrio del club, con su elegante escalera central, se convirtiera en el vestíbulo principal del hotel. El antiguo cine Teatro Colón se prestó a una nueva vida como salón de baile. Los huéspedes podrían dormir en las antiguas habitaciones de los monjes y también en un ala construida en el patio donde antaño cultivaban sus alimentos. Encima podría ir una terraza con piscina y vistas a la puesta de sol.
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El concepto pasó a manos de José María Rodríguez, arquitecto en Bogotá, cuyo trabajo consistió en supervisar toda la restauración y diseñar nuevos espacios, y hacer que todo pareciera cohesionado. La estrategia era "tropicalizar" la propiedad, como él decía, para que tuviera el aura de un complejo turístico caribeño. A partir de 2008, su empresa realizó más de 3000 dibujos de jardines y caminos con exuberantes plantas autóctonas que conectaban las estructuras.
"Fue un gran reto porque hay muchos edificios históricos diferentes, muy poderosos y muy importantes, todos ellos", dijo en su despacho. "Tienes un castillo francés y, de repente, un patio colonial".
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Como los edificios existentes estaban declarados monumentos históricos, las reformas necesitaron varios niveles de permisos. Bajo la atenta mirada de los conservacionistas, las antiguas fachadas se reconstruyeron fielmente con materiales contemporáneos más resistentes al corrosivo aire salino. Las necesidades modernas, como los conductos de aire acondicionado, se añadieron con discreción para que no desvirtuaran el diseño original.
El techo caído del club se sustituyó por uno de cristal, un detalle que el arquitecto original había previsto pero que nunca llegó a realizar por limitaciones presupuestarias. Un sótano de 3400 metros cuadrados que albergaba equipos mecánicos se hundió por debajo del nivel del mar, una proeza realizada con nuevas tecnologías para retener las aguas subterráneas y evitar inundaciones.
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Para las habitaciones, los restaurantes y otros espacios públicos, el promotor contrató a François Catroux, un diseñador parisino conocido por decorar residencias de lujo en todo el mundo. Viejo amigo de la familia Santo Domingo, Catroux murió en 2020 a los 83 años, poco después de diseñar el mobiliario a medida del hotel y elegir sus telas y acabados. El trabajo lo completó su socio de mucho tiempo, François Bompard.
Los gustos de Catroux aquí se inclinaban hacia lo simple y simétrico, con una paleta de colores de beiges, marrones y blancos cremosos. Los cabeceros tapizados, lámparas de araña y espejos decorativos con marcos de madera comunican lujo. Muchos de los muebles fueron fabricados por artesanos locales, en consulta con Poli Mallarino, un diseñador colombiano fallecido en 2024.
El hotel cuenta con 121 habitaciones y suites, salones de baile, salas de reuniones, un spa, un gimnasio y ocho comedores distintos, que van desde una pizzería hasta el Grand Grill, un asador a la antigua donde los postres flambeados se preparan junto a la mesa.
Se trata de una transición opulenta para una parte de Cartagena que había quedado en penumbra, y no fue fácil. Bajo las paredes, se descubrieron frescos que hubo que restaurar. Los trabajadores encontraron numerosos cadáveres de monjes y dignatarios que habían estado enterrados en el lugar hasta mediados del siglo XIX, y los restos tuvieron que ser retirados por arqueólogos.
El proyecto aún no ha terminado. Se está construyendo una ampliación que incluirá 10 habitaciones de huéspedes y 15 residencias privadas, que se prevé estén terminadas para diciembre.
En reconocimiento a la historia más reciente, los promotores también reservan un lugar para la Casa Quiebra-Canto, que volverá a su antiguo edificio a finales de este año.
"En realidad, hablamos con el propietario y le dijimos: 'Tendremos un sitio para ustedes, pero será en la planta baja'", dijo Santo Domingo.
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