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Los habitantes de Barcelona se enfrentaron a los visitantes de la capital catalana en una manifestación extravagante (pero muy seria) contra el turismo de masas y la escasez de vivienda.
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Desde hace unos meses, los turistas de algunas zonas de España encuentran menos felpudos de bienvenida y más hostilidad. Los grafitis contra el turismo recorren los edificios y decenas de miles de personas han protestado este año contra el insostenible turismo masivo.
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Durante el fin de semana, en Barcelona, el enfado de los locales por la escasez de vivienda, el hacinamiento y el costo de vida fue tangible y húmedo.
El sábado, los habitantes de la capital catalana salieron a la calle con pistolas de agua, disparando a los comensales que comían al aire libre.
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Unas 2800 personas se manifestaron, según la policía, una cifra que algunos organizadores consideraron incompleta. Algunos portaban pancartas con mensajes como "váyanse a casa, turistas" y "no son bienvenidos", y rociaron con agua a familias en restaurantes.
"Mojar a alguien no es violencia", dijo Daniel Pardo Rivacoba, quien ayudó a dirigir y organizar la protesta.
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"Seguramente no es agradable", añadió, pero "es mas violento lo que la población sufre cada día".
Rosario Sánchez, alta funcionaria española de turismo, condenó las protestas. Argumentó que los ciudadanos "no decían 'no al turismo'", sino que buscaban cambios que tuvieran en cuenta su calidad de vida.
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"España es uno de los destinos turísticos más seguros que existen", escribió en un correo electrónico. "Los incidentes puntuales con turistas son comportamientos incívicos reprobables que nada tienen que ver con la realidad de nuestro país".
Los titulares podrían ahuyentar a la gente y perjudicar a la industria turística, que es fundamental para la economía de Barcelona, dijo Christian Petzold, director de BCN Travel, un operador turístico de la ciudad. El turismo representa el 14 por ciento del producto interno bruto de Barcelona y unos 150.000 puestos de trabajo, según datos del ayuntamiento.
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Los manifestantes y sus partidarios afirman que la demanda de alojamiento de corta duración está agravando un mercado de alquiler cada vez más inasequible. El alcalde, Jaume Collboni, anunció el mes pasado planes para eliminar todas las viviendas de corta duración a finales de 2028. Lo calificó como el "mayor problema" de la ciudad.
Petzold sugirió que parte de la ira estaba fuera de lugar, citando un gran número de expatriados y nómadas digitales, que aportan salarios más altos al competitivo mercado de alquiler.
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"Estas personas tienen más impacto en la ciudad y en todo que los turistas reales", dijo. "Culpar a los turistas es un poco burdo".
Los barceloneces dicen que los turistas están por todas partes, abarrotando monumentos, calles y restaurantes. Al atenderlos, dicen, los comercios acaban vendiendo una simulación insípida de Barcelona (¿alguien quiere paella y sangría?) que podría rebasar el carácter genuino de la ciudad.
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"Nuestra ciudad se ha vendido como una postal", escribió por correo electrónico Adrián Suárez, un ingeniero y activista de 27 años que participó en las protestas.
En otras partes de España, donde la naturaleza interesa más, los retos ecológicos ocupan un lugar más central.
"Las Islas Canarias tienen un límite", dijo Sharon Backhouse, directora de GeoTenerife, una empresa de ciencia, viajes e investigación en las Islas Canarias, quien participó en las protestas allí. "No quieren más hoteles y quieren un nuevo modelo turístico. Quieren que se respeten sus espacios naturales, no que se cubran con cemento".
Y no solo está ocurriendo en España. Ciudades de todo el mundo tratan de encontrar el equilibrio adecuado.
Venecia está probando lo que equivale a una tasa de entrada para los turistas. Ámsterdam, la capital neerlandesa, ha instado a los jóvenes británicos a "mantenerse alejados", ha prohibido el acceso de cruceros en el centro de la ciudad y está prohibiendo la construcción de nuevos hoteles.
Las autoridades japonesas, también afectadas por el exceso de visitantes, colocaron una pantalla para bloquear una popular vista del monte Fuji que se utilizaba a menudo como telón de fondo para los selfies. Bali pidió a los turistas que pagaran una tarifa. Las Islas Galápagos, que el año pasado recibieron la cifra récord de 330.000 visitantes, también lo harán.
Barcelona, uno de los destinos más populares, se ha visto especialmente inundada. Tiene 1,7 millones de habitantes, y más de 12 millones de turistas pasaron al menos una noche el año pasado, frente a los 10,7 millones de 2022. Este año podría batirse un récord, según las autoridades municipales.
"Deberiamos estar contentos y agradecidos de que tengan interes en venir a nuestro pais", dijo Carmen Sánchez, quien ha sido guía turística en Barcelona durante 18 años.
"Hacer turismo es fundamental", dijo, y añadió: "La forma no es atacar el turismo porque todos somos turistas. Todo el mundo viaja y el que dice que no, miente".
Independientemente del origen del problema, para los lugareños, "ya no hay lugar al que ir", dijo Tarik Dogru, profesor asociado de gestión de la hospitalidad en la Universidad Estatal de Florida, quien estudia a Airbnb. "Es una especie de ciudad solo para turistas".
Los residentes, que luchan por mantenerse en su ciudad, se muestran escépticos ante el plan de eliminar el alquiler de viviendas a corto plazo. "Ya veremos como acaba eso en cinco años", dijo Pardo Rivacoba, organizador de la protesta.
Pero si Barcelona no encuentra un camino sostenible para sus residentes y sus recursos naturales, dicen los expertos, arriesga su futuro.
"La ciudad se quedará sin recursos", dijo Dogru, y añadió: "No habrá turistas. Y será una ciudad muerta".
Amelia Nierenberg escribe el boletín Asia Pacific Morning Briefing. Más de Amelia Nierenberg
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