Si la vida fuera una película, se titularía ‘Cerrado hasta nuevo aviso’

Por Dan Barry

Un tablero en una cancha de baloncesto en el parque Marcy, en Brooklyn, el 17 de mayo de 2020. (Hilary Swift/The New York Times)
Un tablero en una cancha de baloncesto en el parque Marcy, en Brooklyn, el 17 de mayo de 2020. (Hilary Swift/The New York Times)

Maplewood, Nueva Jersey – Dicen que un simple paseo es bueno para la salud, en especial en estos momentos. Que es bueno para despejar la mente. Tonterías.

A continuación, algo de lo que me he encontrado en los paseos que he dado por las tardes entre semana en este suburbio de Nueva Jersey, en una ruta que he tomado cientos de veces:

Letreros que advierten sobre no hacer pícnics en el parque. Aros retirados de los tableros de baloncesto. Un audio repetitivo en una estación de tren desierta que habla de “respetar el distanciamiento social”. Un anuncio de “NO entrar” afuera de un restaurante. La marquesina de un cine que anuncia el título de la película que estamos viviendo: “Cerrado hasta nuevo aviso”.

(Hilary Swift/The New York Times)
(Hilary Swift/The New York Times)

Tendrá más funciones aquí en Maplewood, una ciudad de 25.000 habitantes ubicada aproximadamente a 25 kilómetros del centro de Manhattan que hasta ahora ha tenido 23 fallecimientos relacionados con el coronavirus. Es probable que la misma película se esté proyectando en tu comunidad (o se estrene muy pronto) y, aunque comparta la trama a continuación, descuida, no revelaré el final:

Un país batalla para recuperar la estabilidad en medio de una prolongada incertidumbre… respecto a todo.

Vivimos en una película de suspenso sin final”, comentó Deborah Carr, profesora de Sociología en la Universidad de Boston. “Y vemos incertidumbre por todos lados. No hay un mapa que señale los caminos del pasado. Nunca se había presentado un trastorno social de este nivel. Y no hay un punto final evidente”.

Ahora mismo, parece que el proyector se descompuso… se sobrecalentó. Tan solo piensa en una pequeña muestra de lo que no sabemos, incluso en una época en la que podemos saber casi todo con unos cuantos toques en un teléfono inteligente.

No conocemos el origen exacto del virus. No sabemos cuándo se desarrollará una vacuna o si en verdad se desarrollará alguna. No sabemos si somos susceptibles de volver a contagiarnos. No sabemos cuándo volveremos a animar a un equipo de béisbol en un partido con entradas agotadas, a estar sentados codo a codo en la ópera, a entrar con la panza por delante a un bar atestado o a bailar al unísono en un concierto de rock.

(Hilary Swift/The New York Times)
(Hilary Swift/The New York Times)

Tal vez lo más desconcertante de todo es que no sabemos cuándo terminará esta situación. Nadie ha dicho que nuestra nueva normalidad volverá a la antigua normalidad para el Día de los Caídos o el Día del Trabajo o la luna de cosecha, lo cual crea una dinámica abierta y angustiante que frustra una de las maneras más importantes que tenemos para enfrentar las situaciones difíciles.

Los finales nos permiten pensar en la transición, pensar en la siguiente fase, en la siguiente era”, afirmó Calvin Morrill, profesor de Derecho y Sociología en la Universidad de California, en Berkeley. La incapacidad de distinguir un final, dijo, merma nuestra idea de control… “nuestro sentido de intervención”.

Joshua Gordon, psiquiatra y director del Instituto Nacional de Salud Mental, aseguró que saber cuándo terminará un momento, incluso si esa información no es lo que se deseaba, ayuda a las personas a adaptarse.

“Si alguien me dijera: ‘Josh, dentro de seis meses podrás ir a cualquiera de tus restaurantes favoritos y todo volverá a la normalidad, entre comillas’, entonces podría hacer planes para esos seis meses”, dijo Gordon. “Pero no se sabe cuándo terminará esto”.

Tracey A. Revenson, profesora de Psicología en Hunter College y el Centro de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, coincidió. Aseguró que había dejado su apartamento de Manhattan hace un par de meses para esperar a que pasara la pandemia en su casita en el este de Long Island, pero que no ha guardado su maleta; sigue junto a su cama.

“No quería guardar mi maleta porque imaginaba que sonaría una campana o recibiría una llamada que daría la luz verde”, dijo Revenson. “Es una fantasía ridícula, pero la maleta sigue ahí”.

(Hilary Swift/The New York Times)
(Hilary Swift/The New York Times)

Los expertos en salud mental afirman que esta sensación de estar a la deriva, que algunos toleran mejor que otros, se ve exacerbada por la desinformación y los mensajes confusos que el público recibe de los dirigentes en el gobierno federal. Los científicos argumentan que retomar demasiado pronto actividades parecidas a las que solíamos realizar provocará muertes innecesarias, mientras que el presidente Donald Trump sostiene que restringir la vida cotidiana perjudica tanto la economía como la identidad estadounidense.

Los desacuerdos que acaparan los titulares (por ejemplo, entre Trump y el inmunólogo Anthony S. Fauci, un asesor que se basa en datos) crean una confusión que empeora con la política divisiva del día.

Si las personas que ocupan posiciones elevadas en la sociedad “nos dan información contradictoria, o si la información que proporcionan a la larga resulta no ser verdadera, entonces no podemos confiar tanto en ella”, dijo Gordon. “Y eso aumenta nuestra incertidumbre”.

(Hilary Swift/The New York Times)
(Hilary Swift/The New York Times)

Revenson también comentó que la naturaleza infecciosa del virus había eliminado muchas de las maneras en las que, por lo general, encontraríamos consuelo en épocas de mucho estrés: pasar tiempo con amigos, ir al cine, recibir un abrazo. En cambio, incluso las sonrisas, ahora tan necesarias, pueden quedar escondidas detrás del cubrebocas.

“Los humanos somos seres sociales”, afirmó Revenson. “Necesitamos estar con otras personas. Necesitamos el tacto”.

Es más, dijo, las maneras recomendadas para reducir el estrés relacionado con el coronavirus en realidad pueden enfatizar la incertidumbre con la que estamos tratando de lidiar. “Hacer ejercicio a media tarde, por ejemplo”, dijo Revenson. “Pero por lo general yo no me ejercito a media tarde”.

Y normalmente no paseo por Maplewood a media tarde entre semana. En las raras ocasiones en que lo había hecho, no me bombardeaban imágenes de Un Mundo Raro, como un tablero sin aro, un tren sin pasajeros o un cine sin películas.

Aun así, me reconfortó un poco lo que podría considerarse como la segunda película de la función doble que se anunciaba en la marquesina amarilla del cine. ¿El título?

(c) The New York Times 2020

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