Cómo la democracia ganó la primera elección del coronavirus en el mundo

Por John Delury

Ciudadanos emitiendo su voto en Seúl el miércoles último. A pesar de la pandemia, los surcoreanos asistieron en masa a respaldar al partido gobernante (Kim Hong-Ji/Reuters)
Ciudadanos emitiendo su voto en Seúl el miércoles último. A pesar de la pandemia, los surcoreanos asistieron en masa a respaldar al partido gobernante (Kim Hong-Ji/Reuters)

SEÚL, Corea del Sur — El aspecto más importante de las elecciones legislativas de este país, celebradas esta semana, es el simple hecho de que se llevaron a cabo. Fueron las primeras elecciones en el mundo de la era del coronavirus, y más de 29 millones de personas —un 66 por ciento del padrón electoral, la participación más elevada en casi tres décadas— emitió su voto para elegir a 300 nuevos miembros de la Asamblea Nacional.

Cada casilla electoral estaba equipada con desinfectante de manos y guantes desechables; a los votantes, que portaban cubrebocas y guardaban distancia entre sí, se les revisaba la temperatura al entrar. Nadie parecía sentir que tenía que elegir entre ejercer sus derechos democráticos y proteger su salud. Así como sucedió con las pruebas generalizadas, la participación electoral fue histórica: Corea del Sur vuelve a ser un faro en tiempos oscuros, un modelo de cómo una sociedad abierta puede sobrellevar una pandemia.

¿Quién habría predicho esto hace seis semanas? A fines de febrero, Corea del Sur tuvo la dudosa distinción de tener el mayor número de casos de COVID-19 fuera de China. Junto con Italia e Irán, fue uno de los primeros nuevos países problemáticos, y un presagio de que la epidemia que comenzó en Wuhan iba a convertirse en una pandemia mundial. Regresé a Seúl con mi familia, después de una larga estancia en Vietnam, justo cuando el número de infecciones diarias empezaba a aumentar: la aerolínea en la que volamos canceló todos sus vuelos hacia y desde Corea del Sur poco después. Durante un angustioso periodo a finales de febrero y principios de marzo, Corea del Sur se sintió como la zona cero.

Antes del brote, el presidente Moon Jae-in y su coalición liberal, el Partido Democrático, estaban de capa caída. Moon tuvo que despedir a su recién nombrado ministro de Justicia debido a polémicas y revocó las impopulares reformas estructurales, como una promesa de aumentar sustancialmente el salario mínimo. El crecimiento económico fue lento. La política exterior de Moon basada en la diplomacia de “paz y desnuclearización” con Corea del Norte no pudo avanzar, paralizada por la falta de progreso en las negociaciones entre Kim Jong-un, el mandatario de Corea del Norte, y el presidente Donald Trump.

El aumento de los casos de coronavirus a finales de febrero amplificó la voz de los críticos conservadores, que rechazaron la decisión del gobierno de no prohibir la entrada a todos los visitantes chinos. La gente se quejó de lo difícil que era comprar cubrebocas. Los índices de aprobación de Moon cayeron, mientras Corea del Sur, un país de pesimistas resilientes, se preparaba para lo peor.

Desde entonces, las cosas han cambiado tanto en términos de salud pública como de política. Corea del Sur se está alejando constantemente de los primeros lugares en la clasificación de los países más afectados por la pandemia. Si bien en algún momento estaba después de China (población: alrededor de 1400 millones), Corea del Sur (población: 51,6 millones) ahora registra una menor cantidad de casos totales que Irlanda (población: 4,9 millones) y menos muertes que el estado de Colorado (población: 5,7 millones).

La clave de su notable capacidad para aplanar la curva del coronavirus ha sido una estrategia gubernamental de apertura y respuesta al público. En otras palabras, Corea del Sur ha aprovechado sus fortalezas como sociedad liberal para abordar la crisis de salud pública, y esta semana su pueblo reforzó la democracia al acudir en masa a reelegir a sus gobernantes.

Como es bien sabido en el mundo, incluso desde finales de enero, los funcionarios de salud pública vieron con buenos ojos los esfuerzos del sector privado para ampliar la capacidad de las pruebas generalizadas de coronavirus en caso de que el brote empeorara. Menos sabido es cómo, al llegar los resultados de esas pruebas, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Corea y el Ministerio de Salud y Bienestar Social se aseguraron de que la información fuera transmitida de manera rápida y sistemática a los que la necesitaban: el público en general.

Durante semanas, mi teléfono celular sonaba en varias ocasiones del día, alertándome de cualquier caso confirmado de COVID-19 en mi vecindario y me daba detalles útiles como la hora en que una persona infectada había ido al supermercado. El rastreo de contactos y el intercambio de datos públicos como el que apenas está dándose en estados muy afectados como Massachusetts, ha sido una característica estándar de la vida diaria en esta nación.

A su vez, esa transparencia le permitió al gobierno depender en gran medida de las medidas de contención voluntarias: el distanciamiento social es una campaña de salud pública, no una orden del Estado. No ha habido ningún tipo de bloqueo, ni a nivel nacional ni tampoco en el epicentro del brote, la ciudad de Daegu, al suroeste del país, durante el momento más álgido de la crisis.

Las elecciones parlamentarias de esta semana fueron un referendo en torno a la estrategia democrática de Moon en respuesta a la pandemia de COVID-19, y los electores de Corea del Sur le dieron una rotunda victoria. El Partido Democrático obtuvo una victoria arrolladora, ya que (junto con su partido satélite) se hizo de aproximadamente 180 escaños y aseguró la mayoría más grande en décadas. Los electores castigaron a los críticos de Moon. El líder del Partido del Futuro Unido, un movimiento conservador, perdió la contienda —ante Lee Nak-yon, el ex primer ministro de Moon y futuro contendiente a la presidencia—, y de inmediato abandonó las elecciones (hubo una extraordinaria buena noticia para los conservadores: la victoria del diplomático norcoreano convertido en desertor Thae Yong-ho).

Ahora Moon tiene todas las ventajas al comenzar sus dos últimos años en el cargo. En el futuro inmediato, su objetivo, como el de todos los jefes de Estado del planeta, será la gestión de la pandemia. Tendrá que llevar a Corea del Sur a la siguiente fase de búsqueda de un enfoque democrático sostenible para luchar contra la COVID-19, en especial en términos económicos. Además de eso, a medida que esta crisis y sus presiones disminuyan, se puede esperar que Moon reviva sus sueños de hacer las paces con Corea del Norte, la medida definitiva con la que la historia juzgará el legado del líder de Corea del Sur.

Sin embargo, para el resto del mundo, la importancia de esta elección tiene poco que ver con su resultado. Lo que más importa es que decenas de millones de ciudadanos pudieron ejercer sus derechos democráticos incluso en la era del coronavirus.


John Delury es profesor de Estudios Chinos en la Universidad de Yonsei, en Seúl, Corea del Sur.

(c) The New York Times 2020