Diagnosticados con cáncer antes de cumplir 40

Reportajes Especiales - Lifestyle

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(Science Times)

Una madre embarazada. Un músico en el inicio del mejor momento de su carrera. Una pareja que está echando raíces en un nuevo hogar. Las vidas de todos ellos se vieron afectadas tras un diagnóstico de cáncer cuando tenían entre 20 y 30 años.

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Históricamente, el cáncer ha sido una enfermedad asociada al envejecimiento, pero en las últimas décadas se ha vuelto más común en personas menores de 50 años. Los científicos están trabajando para comprender por qué la enfermedad, especialmente el cáncer de mama y el colorrectal, está afectando a más jóvenes, y cómo les afecta de manera diferente.

The New York Times pidió a sus lectores que compartieran sus experiencias con el cáncer de aparición temprana y cómo les había afectado en los años posteriores al tratamiento. Más de 800 personas respondieron. A continuación, siete de sus historias, contadas con sus propias palabras.

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Estas entrevistas se han resumido y editado para mayor claridad. -- NINA AGRAWAL

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"Nos quedamos en la ruina".

A Jeff Erlacher le diagnosticaron un condrosarcoma, un cáncer de huesos, a los 32 años.

Mi mujer y yo acabábamos de comprar nuestra casa. Habíamos ahorrado durante 10 años para el pago inicial. Estábamos a dos cuadras del parque más grande de la ciudad, algo que nos hacía mucha ilusión con nuestro hijo pequeño. Nos estábamos estableciendo como adultos.

Tenía un dolor inexplicable en la cadera y la espalda. Empecé a cojear. Fue un quiropráctico que no conseguía ajustarme la cadera quien me llevó con mi médico de cabecera y, finalmente, al diagnóstico.

Todo se derrumbó. Me dieron la incapacidad permanente. Mi mujer era psicoterapeuta en un consultorio privado y tuvo que cerrarlo para dedicarse por completo a mi cuidado. Pasamos de tener dos sueldos a casi la mitad de uno.

Mi oncólogo encontró un ensayo clínico en Houston. Estábamos pagando por vivir en dos ciudades diferentes, yendo y viniendo. Estábamos arruinados económicamente.

Una de las cosas más difíciles de aceptar era que yo era el que nos estaba hundiendo en una deuda exorbitante. Podía morir, y entonces quedarían una mujer de 36 años y un niño pequeño solos. Eso me atormentaba.

No podía ser el marido que quería ser, el padre que quería ser. Jugar con mi niño pequeño, montarlo en mis hombros, ir caminando al parque... No podía hacer eso. Pero él me traía sus juguetes.

Si iba a sobrevivir o no seguía siendo una gran incógnita. Intentamos encontrar el equilibrio para vivir experiencias en familia, aunque no tuviéramos los medios. Le dije a mi mujer: "Si puedo volver a caminar, quiero pasear contigo en París".

Ahorramos unos cuantos miles de dólares. El poder recorrer juntos algunas de las calles empedradas me pareció una auténtica victoria. Paseamos por el muelle del Sena y por los mercados de Les Halles.

Una de las cosas que quería hacer con mi hijo era salir de viaje por carretera cada año. Desde el punto de vista económico, parecía una locura. Pero, al mismo tiempo, pensaba: ¿qué otra opción tenemos? No puedo estar nada más trabajando para pagar deudas. Esta es su infancia. Esta es mi vida. Estamos conscientes de lo valioso que es eso.

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"¿Voy a sobrevivir? ¿Va a sobrevivir mi bebé?"

A Tiffany Kindred le diagnosticaron cáncer de ovario a los 37 años.

Estaba embarazada de mi segundo hijo. Durante una ecografía de rutina, el médico dijo: "Hace ocho semanas, había un quiste aquí en el ovario, pero ahora el tamaño se duplicó. Eso no es normal". El ambiente en la sala cambió.

Me vinieron muchas cosas a la mente. ¿Voy a sobrevivir? ¿Va a sobrevivir mi bebé? Tuve que tomar decisiones rápidamente.

Al final tuve que someterme a tres ciclos de quimioterapia mientras estaba embarazada. Me hicieron una histerectomía por cesárea y luego tres ciclos más de quimioterapia después de dar a luz.

La primera pregunta que hice fue: "¿Le va a afectar esto de alguna manera a mi bebé?". La respuesta fue un rotundo "No, va a estar bien. No va a atravesar la placenta". En mi mente, pensaba: "Vale, estoy perdiendo el pelo. Está atacando cada una de mis células. Lo estoy sintiendo. ¿Y me están diciendo que está atacando todo menos al bebé que estoy gestando?".

Me perdí ese año de la vida de mi hijo mayor, ese último tiempo juntos, solo él y yo. La gente dice que probablemente no lo recuerde, pero nunca se sabe.

Mi madre vivía en Texas. Mi padre también estaba luchando contra el cáncer, así que ella no podía dividir su tiempo. La mayor fuente de dolor en aquella época fue que los dos estábamos enfermos en lo que resultó ser el último año de su vida.

Si tuviera que estar agradecida por algo, sería por haber pasado juntos por esa situación tan dura y fea. Sabía que él dejó este mundo sabiendo que mi bebé y yo estaríamos bien.

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"Es una tormenta perfecta que te roba la feminidad".

A Whitney Johnson le diagnosticaron cáncer de mama a los 36 años.

Mi novio lo descubrió. Notó un bulto. Tengo antecedentes familiares, así que no me lo tomé a la ligera.

Cuando empezó todo esto, estaba tratando de averiguar dónde se encontraban mi relación amorosa y mi carrera profesional. Estaba a punto de perder todo el cabello, de que me extirparan los senos y de que quizá nunca más volviera a tener estrógenos. Es una tormenta perfecta que te roba la feminidad justo cuando se supone que deberías sentirte en la plenitud de ella.

Tengo un montón de selfis ridículas de las dos semanas que pasaron entre el diagnóstico y el inicio de la quimio. Me sentía guapa en ese momento. Sabía que todo eso iba a desaparecer.

Hice una ceremonia tonta y extraña antes de cortarme el cabello. Leí algunas cosas. Vinieron amigos y decoraron el lugar con flores. Luego vinieron todos conmigo cuando me lo corté.

Tampoco creo que sea fácil tener cáncer a los 75 años. Lo que me da envidia es hasta dónde se ha llegado en la relación para ese entonces, con suerte. Yo todavía estaba en la etapa de "No quiero que veas esto. Quiero que pienses que soy sexy".

No estábamos en ese punto de la relación donde se tolera ese nivel de necesidad. Un fin de semana, estaba bastante enferma. Le enviaba mensajes, pero él estaba en una cabaña de fiesta con sus amigos. Estoy segura de que le hubiera gustado estar ahí para mí, pero no podía. Me dijo: "Necesito un respiro". Yo le respondí: "¡Dime eso a mí! Yo tal vez me muera".

Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que sí se merecía un respiro. Su vida también cambió muchísimo, y no creo que sus amigos estuvieran en las condiciones para apoyarlo como se debe.

Someterme a esta reconstrucción mamaria ha sido una de las partes más difíciles de sobrellevar. Cada vez que tengo relaciones íntimas, no siento los senos. Eso me saca del momento en un suspiro. Algo que solía ser tan íntimo ahora es una gran fuente de dolor.

Acabé secando algunas de las flores de aquella pequeña ceremonia. En algún momento, cuando sienta "esto está bien, yo estoy bien", quiero esparcirlas en el fuego o simplemente dejarlas ir.

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"Fue muy duro ver cómo todos a mi alrededor seguían adelante y yo permanecía estancada".

A Kayla Calkin le diagnosticaron cáncer de mama a los 36 años.

En aquel momento, mi carrera era mi mayor ambición y quería formar una familia.

Tuve un aborto espontáneo cuando tenía 34 años, cuando empezamos a intentarlo, y tuve otro al año siguiente. Luego tuve un embarazo ectópico.

Un mes después, me encontré el bulto. Tenía un cáncer muy agresivo y decidí participar en un estudio de quimioterapia.

Fue muy duro ver cómo todos a mi alrededor seguían adelante y yo permanecía estancada. Mis dos hermanos estaban teniendo hijos. Mi pareja estaba de viaje. Trabajo para el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales y me invitaron a la Casa Blanca. No pude ir, estaba muy enferma.

Tengo que tomar medicamentos durante cinco años después del tratamiento que son incompatibles con el embarazo. Enterarme de que tenía que posponer el embarazo después de dos años de intentarlo se sintió como otro diagnóstico devastador.

Mi especialista en fertilidad no quería seguir adelante sin la aprobación de mi oncóloga. Ella me la dio y dejé de tomar los medicamentos.

Mi pareja estaba muy preocupada de que el cáncer regresara. Le preocupaba quedarse solo como padre.

Creo que todavía tiene ese miedo. Yo sigo teniendo ese miedo.

En el último trimestre, empecé a tener dolor en las costillas. Es algo común en el embarazo. Pero la metástasis ósea también es increíblemente común. Pasé el último trimestre realmente preocupada pensando: "¿Ya se expandió el cáncer a mis costillas? ¿Significa esto que solo me quedan un par de años de vida?".

Seguí preocupada por la posibilidad de que se interrumpiera el embarazo. Todo ese tiempo, pensaba: "No sé si volvería a pasar por esto. No sé si valga la pena".

Entonces, en el momento en que nació, todo valió la pena.

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"Me di cuenta de que mi voz nunca volvería a ser la misma".

A Scott Barton le diagnosticaron cáncer de laringe a los 28 años.

Fui cantante durante toda mi juventud. Sabía que quería actuar y quería enseñar canto.

Estaba en la escuela de posgrado de la Universidad Estatal de Pensilvania como becario de asistencia en dirección coral. Empecé a notar mucho dolor en la garganta y dificultad para tragar. Me enfermaba cada vez más seguido de faringitis estreptocócica y me daban fiebres inexplicables. Tenía un tumor que estaba encapsulando el pliegue vocal izquierdo. La mayor parte de mi función vocal estaba paralizada. Consiguieron extirpar el tumor. Luego tuvieron que hacerme radioterapia. Recuperé la voz. Pero al cabo de un tiempo, se acumuló mucha fibrosis.

Me di cuenta de que mi voz nunca volvería a ser la misma. Comencé a aislarme. Perdí a mi comunidad y eso hizo que cayera en depresión. Bebía mucho. Había cierto abuso de sustancias. Me mudé a casa de mis padres para recuperarme.

Durante ese tiempo, no escuchaba música. No iba a conciertos. Siempre se me había conocido por mi colección de discos compactos de música coral. Los guardé en un armario y no los saqué en cuatro años.

Desde entonces, me he recuperado. Llevo tres años y medio enseñando. Como músico coral, la voz es una de las formas más efectivas de enseñar. Mi registro se ha reducido mucho y mi voz suena ronca. Utilizo a los alumnos como modelos. Uso el piano, que no es tan efectivo.

A veces siento que no estoy ayudando mucho a mis alumnos. Ver cómo se miran entre sí y sus risitas hieren mi ego. A veces me pregunto: "¿Deberías siquiera estar haciendo esto?". Pero así soy yo.

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"Es tan fácil restarle importancia. Eres tan joven".

A Robert Blanton le diagnosticaron cáncer colorrectal a los 25 años.

Empecé a sentirme muy letárgico. Había bajado a 79 kilos y mido 1,90 metros. Tenía muchas dificultades para ir al baño y notaba sangre en las heces. Si echo la vista atrás, esos síntomas estaban ahí, probablemente desde la universidad. Es tan fácil restarles importancia. Eres tan joven.

Me sometí a radioterapia y quimioterapia para reducir el tumor. Pensé que sería una sola operación, pero al final fueron tres. Ahora tengo una ostomía, que es la nueva salida del tracto digestivo cuando se pierde parte o la totalidad del colon.

Estaba decidido a tener una mejor vida después de todo esto. Hablé con un orientador profesional. Hice pruebas de aptitud para averiguar en qué era bueno.

Estaba en una de mis últimas revisiones con mi oncólogo cuando recibí un correo electrónico en el que me comunicaban que me habían admitido en un posgrado. Semanas después ya estaba en marcha. No hubo ningún descanso entre ambos sucesos y no quería que lo hubiera. Estaba listo para empezar una nueva vida de inmediato.

Salir con gente fue un nuevo reto. La gente tiene cicatrices emocionales por el cáncer. La gente como yo tiene cicatrices físicas. Exponerse es muy difícil. Pero pensaba: ¿Miedo comparado con qué? ¿Comparado con morir?

Conocí a mi prometida en Hinge. Tuvimos una primera cita increíble. Ella mencionó que una de sus canciones favoritas era de Mary J. Blige, y cuando fue al baño le pagué al chico para que la pusiera cuando ella volviera.

Ella me ha hecho sentir completamente aceptado en cuanto a mi experiencia con el cáncer. Llevamos juntos más de dos años y vamos a casarnos en junio.

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"Me cuesta trabajo encontrar el sentido a la supervivencia.

A Melissa Varner le diagnosticaron cáncer de mama a los 30 años.

Mi vida solía girar en torno a cómo sería el futuro. Me había comprado mi primera casa. Tenía dinero en la cuenta de ahorros. Usaba aplicaciones de citas religiosamente.

Entonces, apareció el cáncer. Fue casi como un retroceso cuando sentí que debería haber estado trabajando para crecer.

Me sometí a quimioterapia, perdí el cabello y me hicieron una mastectomía bilateral. Tuve un respiro increíble. Tiempo después, se convirtió en un déjà vu.

Casi en el mismo lugar, me salió un bulto. Fue, literalmente, el mismo proceso. Después de la quimio y la cirugía, añadieron radioterapia. Me recetaron el medicamento contra el cáncer tamoxifeno durante tres años y medio. Mis hormonas y mis emociones estaban por las nubes. Tenía pensamientos suicidas.

Me cuesta trabajo encontrar el sentido a la supervivencia. Me veo diferente. Me siento diferente. Es como: "¿Quién soy ahora?".

Soy bibliotecaria para adolescentes. Cuando me diagnosticaron por primera vez, acababa de conseguir el trabajo mejor pagado de mi vida. Acabé dejándolo para conseguir un puesto de medio tiempo. Sabía lo que significaba tener la vida en juego, así que ya no quería darla por sentada. Sentí que, si hay algo que puedo controlar, quizá sea la libertad. Tenía una casa, que vendí para poder viajar. Hice un viaje por carretera por Estados Unidos. Fui a Europa y a Sudamérica. Fue increíble y no le tenía miedo a nada.

Debo tener un trabajo; vi lo que me habría costado el tratamiento contra el cáncer sin seguro. Pero si por mí fuera, me compraría una autocaravana y viviría rodeada de naturaleza. Así de radical cambió mi perspectiva de la vida. Podríamos morir mañana. Entonces, ¿ahora qué hago?

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