(The New York Times)
(The New York Times)

Arlinda Valencia estaba en un funeral cuando un tío le contó un secreto familiar desconcertante: una turba de linchamiento anglosajona había matado a su bisabuelo.

"Una mezcla de dolor y conmoción me abrumó porque esto era lo primero que sabía al respecto", dijo Valencia, de 66 años y quien lidera un sindicato de maestros en El Paso, Texas. "Entre más investigaba, más impactada estaba por cuántos mexicanos fueron linchados en este país".

Valencia y otros descendientes de víctimas de linchamiento ahora piden que se preste atención a una de las campañas más sombrías de terror racista en el Oeste estadounidense: los linchamientos de miles de hombres, mujeres y niños de ascendencia mexicana desde mediados del siglo XIX hasta muy entrado el siglo XX.

Algunas víctimas fueron quemadas vivas, como Antonio Rodríguez, de 20 años, un trabajador migrante que en 1910 fue arrastrado desde una cárcel en Rocksprings, Texas, fue atado a un árbol y después le prendieron fuego. Otras turbas colgaron, latiguearon o dispararon a mexicanos, muchos de los cuales eran ciudadanos estadounidenses. En ocasiones atraían a multitudes que se contaban por miles.

Los linchamientos han sido asociados desde hace mucho tiempo con la violencia contra los estadounidenses de raza negra en el sur de Estados Unidos, y estas atrocidades son recordadas en el Monumento Conmemorativo Nacional para la Paz y la Justicia en Alabama, también conocido como el Monumento Conmemorativo a los Linchamientos; los linchamientos de latinos se han difuminado en la historia y se les ha prestado menos atención. A menudo, han sido representados como intentos de ejercer la justicia en nombre de los colonizadores blancos que protegían su ganado o derecho a la tierra.

No obstante, un nuevo movimiento quiere traer a la luz ese pasado olvidado y ha provocado discusiones sobre la lucha por la tierra o el derecho a la minería que influenciaron con frecuencia estos linchamientos, así como los rastros de dichos episodios en el renaciente sentimiento antilatino y la pregunta que hay en muchas partes de Estados Unidos: ¿quién debe contar la historia?

(The New York Times)
(The New York Times)

"La conquista del Oeste es aún un relato de progreso increíble para muchos estadounidenses", dijo Monica Muñoz Martinez, una profesora de Estudios Americanos en la Universidad de Brown que ha escrito mucho sobre la violencia antimexicana en Texas.

"Pero a pesar de la falta de voluntad para reconocer estos linchamientos como una tragedia, o incluso simplemente reconocerlos, se está creando una inercia para finalmente lidiar con estos acontecimientos", dijo Muñoz Martinez, quien fue criada en Texas y es cofundadora de Refusing to Forget, un grupo comprometido con generar mayor conciencia sobre la violencia sancionada por el Estado contra latinos en Texas.

Texas, que consagró la supremacía blanca en su constitución de 1836 cuando los anglosajones propietarios de esclavos se separaron de México, tuvo por mucho la mayor cantidad de episodios de violencia por turbas contra personas de ascendencia mexicana, de acuerdo con William D. Carrigan y Clive Webb, historiadores que han documentado dichos casos.

Las razones dadas para estos linchamientos varían ampliamente, incluidas acusaciones de abigeato o robo de ganado, asesinato, hacer trampa con los naipes, rehusarse a tocar el violín, gritar "¡Viva Díaz!" e, incluso, brujería.

En 1880, una turba en el condado Collin al norte de Texas acusó a Refugio Ramírez, su esposa y su hija adolescente, María Inés, de hechizar a sus vecinos. Los tres fueron quemados vivos, de acuerdo con Laura F. Edwards, una historiadora en la Universidad de Duke.

En otro episodio en 1882, un hombre de ascendencia mexicana identificado como Augustin Agirer presentó una denuncia contra un hombre anglosajón que disparó contra su perro. En represalia, los anglosajones rastrearon a Agirer y lo mataron a tiros frente a su esposa, informó en ese entonces The Austin Weekly Statesman.

En 1922, un grupo de diez hombres se llevó a Elías Villarreal Zárate de una cárcel en Weslaco en el sur de Texas, donde estaba detenido por pelear con su compañero de trabajo que era blanco. La Prensa, un periódico de San Antonio, describió cómo la turba lo colgó; la ira de los diplomáticos mexicanos se desató, pues intentaban erradicar ejecuciones de ese tipo.

Uno de los episodios de linchamiento más controversiales en cualquier lugar del Oeste involucra a los ancestros de Valencia, la lideresa del sindicato de maestros de El Paso. La familia y varios vecinos se habían establecido en una zona de Porvenir en una franja remota del oeste de Texas en el río Grande, donde se ganaban la vida como granjeros.

(The New York Times)
(The New York Times)

Sin embargo, el 28 de enero de 1918, un grupo de ganaderos anglosajones, rangers (agentes) de Texas y soldados de caballería del Ejército de Estados Unidos llegaron a la población mientras las familias dormían. Se llevaron a quince hombres, el más joven de ellos tenía 16 años, los llevaron a un acantilado desde donde se veía el río y les dispararon a quemarropa.

Después de incendiar Porvenir hasta que solo quedaran las cenizas, los rangers y los rancheros afirmaron, sin ofrecer ninguna prueba, que los pobladores eran ladrones. Sostuvieron que las víctimas eran informantes de los mexicanos que atacaron el cercano rancho Brite el mes anterior. También indicaron que habían recibido disparos.

No obstante, investigaciones conducidas por el ejército y el Departamento de Estado descubrieron que los mexicanos no estaban armados cuando fueron asesinados. El bisabuelo de Valencia, Longino Flores, estaba entre los fallecidos. Su abuelo, Rosendo Mesa, era un niño en ese entonces. Sobrevivió porque había salido a comprar provisiones.

"Mi abuelo se calló todo acerca de la masacre, lo cual me sorprendió", dijo Valencia, al reflexionar sobre por qué le tomó tanto tiempo descubrir sobre las ejecuciones. "Recuerda, esto es Texas. Se hacen reverencias a los casi divinos rangers de Texas. Incluso en la actualidad, la verdad es difícil".

Valencia descubrió lo difícil que es hasta ponerse de acuerdo en los hechos que rodean a los linchamientos cuando historiadores y descendientes de las víctimas en Porvenir, una población en gran parte borrada de la memoria local después de que fue arrasada en 1918 y los sobrevivientes huyeron, solicitaron ante la Comisión Histórica de Texas que se colocara una placa conmemorativa.

"No me digas que si la policía mata a un anglosajón en la ciudad de Chihuahua, no habrá diferencias en el relato de lo ocurrido", dijo Jim White III, de 70 años, un descendiente de la familia Brite, cuyo rancho no está lejos de Porvenir y fue uno de los atacados un mes antes de los linchamientos.

"Era un tiempo turbulento en la frontera y había muchas personas que eran asesinadas en ambos lados", dijo White, quien todavía vive en el rancho familiar y evita llamar a las ejecuciones una masacre. "Es 2019, ¿cierto? Sacar provecho de tu raza ya no funciona".

Otros que se han opuesto a la placa conmemorativa incluyen a la presidenta de la comisión histórica, que expresó preocupación de que sea usada por "latinos militantes" que buscan reparaciones de daños. Al abogado del condado de Presidio le preocupa que la ceremonia de dedicación para la placa sirva como pretexto para un "mitin político importante" por parte de Beto O'Rourke, el demócrata que el año pasado fue candidato al Senado de Estados Unidos, de acuerdo con The Texas Observer, que escribió un reporte exhaustivo sobre la disputa.

Después de varios retrasos, los descendientes finalmente obtuvieron su placa a finales de 2018 en una autopista cerca del poblado arrasado. La consiguieron después de que el presidente estatal de la comisión histórica, John Nau —un magnate de la distribución de cerveza que dona grandes sumas a los funcionarios republicanos— les dijo a miembros del personal que preguntaran sobre colocar placas que describieran ataques que ocurrieron en ranchos anglosajones durante la época de la masacre en Porvenir.

"Los comentarios del presidente Nau fueron ofrecidos como un consejo sobre cómo el condado debería abordar las preocupaciones locales de que la historia completa sobre este periodo de la historia de Texas no era contada", dijo Chris Florance, un portavoz de la comisión.

Aunque la tensión sobre cómo conmemorar los linchamientos en Porvenir persiste, existen cientos de ejemplos de otras ejecuciones extrajudiciales de latinos documentadas en otros estados aparte de Texas, algunos en lugares lejanos de la frontera.

Por ejemplo, en 1919, dos ciudadanos mexicanos estaban encarcelados en Pueblo, Colorado, como sospechosos del asesinato de un policía. Una turba irrumpió en la cárcel, se llevaron a los dos hombres a los límites del pueblo y los colgaron durante una fuerte tormenta frente a unas cien personas. El Paso Herald reportó que el cónsul de México en Denver investigó el episodio y concluyó que la turba había linchado a los hombres equivocados.

En la Old Town Plaza de Albuquerque, en Nuevo México, donde ahora las tiendas de regalos y los restaurantes atienden a los turistas, tres hombres identificados como Escolástico Perea, Miguel Barrera y California Joe fueron colgados por una turba de unos doscientos residentes en 1881 en conexión con el asesinato del topógrafo Charles Potter.

"Aunque los linchamientos en general deben ser condenados, cada caso tiene una excepción", reportó en ese entonces The Santa Fe New Mexican. "En el caso del asesinato cobarde de Charles Potter, es muy dudoso que la justicia se pueda impartir con demasiada rapidez".

California soportó su propia irrupción de linchamientos de mexicanos durante la Fiebre del Oro de 1848 hasta 1855, a medida que la competencia para reclamar la propiedad de minas se intensificó. Los mineros anglosajones usaron la violencia de las turbas en un intento de expulsar a los mexicanos o cumplir su venganza. En un episodio en 1851, una turba colgó a Josefa Segovia en Downieville, California, después de que ella apuñaló a un hombre anglosajón que intentó atacarla.

Intentos por parte de los colonizadores anglosajones de tomar el control de las tierras que eran propiedad de mexicanos, aunados a los temores de que los mexicanos pudieran ayudar a los esclavos afroestadounidenses a fomentar revueltas, contribuyeron al sentimiento de hostilidad que rodeó algunos linchamientos. En la década de 1850, varios condados en Texas expulsaron a mexicanos y, en 1854, la ciudad de Austin ordenó que cada mexicano se fuera a menos que estuviera avalado por anglosajones.

Los estados fronterizos luchan una vez más contra los esfuerzos de conservadores prominentes para etiquetar a los migrantes latinos como una amenaza para la seguridad. Algunos en la zona fronteriza ven paralelos entre los antiguos brotes de militancia antilatina en Estados Unidos y citan ejemplos como los justicieros armados que patrullan el desierto de Arizona, la expansión de la Patrulla Fronteriza y los exhortos a las deportaciones masivas de migrantes latinos sin papeles.

"Con todo lo que está sucediendo en la frontera, me enfurece que estos linchamientos fueran barridos debajo de la carpeta", dijo Brandi Tobar, de 19 años, una estudiante universitaria en San Tan Valley, Arizona, y descendiente de uno de los hombres ejecutados en Porvenir. Tobar es coautora de una canción, "Village Called Porvenir", que recuerda la masacre.

Agregó: "Si no queremos que algo como esto se repita, es momento de que el país entero conozca la verdad".

Copyright: 2019 New York Times News Service