Entre el 20 y el 24 de septiembre pasado se llevó a cabo la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, una semana intensa de reuniones, discursos y manifiestos que, como cada año, convirtió a Nueva York en el epicentro de la diplomacia mundial. Es la llamada semana de la UNGA, y deja una pregunta que merece ser formulada: ¿subirse al podio hoy es suficiente?
¿Un discurso de quince minutos puede resolver, o siquiera transformar, los problemas de fondo de los países miembros? Escuchamos intervenciones interesantes, elaboradas y cuidadosamente estructuradas, pronunciadas en ocasiones ante un hemiciclo prácticamente vacío, mientras en distintas regiones del planeta continúan conflictos, guerras y crisis que siguen esperando soluciones concretas.
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Entre los participantes estuvo Luiz Inácio Lula da Silva, quien sostuvo que Brasil “no cabe en el patio trasero de nadie”, una frase que resume su crítica a determinadas formas de la diplomacia tradicional y a la manera en que las grandes potencias han entendido históricamente sus relaciones con América Latina.
Luego llegó el turno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuyo discurso giró alrededor de la idea de que “América está de vuelta” y de la reafirmación del liderazgo estadounidense en la lucha contra el crimen organizado transnacional, a través del denominado “Shields of America” o Escudo de las Américas.
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Sin embargo, me atrevería a decir que una de las reuniones de mayor impacto para nuestra región ocurrió precisamente en paralelo a la UNGA. No fue simplemente otro discurso bien elaborado frente al conocido podio de fondo verde. Fueron 14 países, junto con Estados Unidos como anfitrión, los que ampliaron el denominado Escudo de las Américas, incorporando nuevos actores con una visión alineada y un compromiso que da continuidad a lo discutido en marzo pasado.
Allí se pusieron sobre la mesa compromisos relacionados con seguridad económica, cooperación contra el crimen organizado y coordinación integral entre las naciones. Este tipo de alianzas bilaterales o multilaterales específicas —ese “one-to-one” que permite pasar rápidamente de las palabras a la acción— puede terminar teniendo mayor incidencia práctica que las tradicionales alocuciones en las que se expone un diagnóstico, se formulan buenas intenciones y se presentan resultados parciales, sin que necesariamente exista un mecanismo inmediato para convertirlos en resultados tangibles.
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Javier Milei tampoco sorprendió demasiado. Mantuvo su conocido discurso crítico de la izquierda y defendió las correcciones y transformaciones implementadas durante su gobierno, presentándolas como parte de un nuevo enfoque para Argentina y para la región.
Por su parte, Keiko Fujimori, en su primera Asamblea en calidad de presidenta del Perú, aprovechó el escenario para proyectar a su país como un destino amigable para la inversión y transmitir un mensaje dirigido especialmente a quienes buscan oportunidades económicas en América Latina.
Capítulo aparte merece Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela. Su presencia permitió observar una transformación particularmente llamativa en el discurso político venezolano. Rodríguez ya había ocupado ese mismo escenario en 2019, desde una posición ideológica muy diferente. Siete años después, su intervención reflejó el nuevo escenario político venezolano y, además, tuvo un elemento adicional de alto simbolismo: su encuentro presencial con el presidente Trump, una imagen inédita que recorrió rápidamente los medios y las redes sociales, acompañada incluso por un gesto de victoria.
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El caso de Xi Jinping, presidente de China, merece una lectura diferente. Su ausencia de Nueva York coincidió con una agenda diplomática desarrollada en Washington, evitando así el congestionado escenario neoyorquino y priorizando el contacto directo con su homólogo estadounidense.
Y así transcurrieron los cinco días de la 81.ª UNGA. Una edición que, en muchos aspectos, guardó sorprendentes similitudes con las ochenta anteriores, a pesar de que el mundo actual es sustancialmente diferente: más globalizado, más interdependiente y, al mismo tiempo, más fragmentado en términos geopolíticos.
Pero esta Asamblea tuvo un ingrediente adicional que se respiró especialmente en los pasillos: la próxima elección del secretario general de las Naciones Unidas. Algunos aspirantes han desistido ante la falta de apoyos; otros continúan buscando respaldos, mientras algunos posibles candidatos podrían intentar aparecer como outsiders en el último momento.
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Para las Américas, quizá el verdadero desafío de esta edición no consistía en determinar quién lograba convocar más asistentes o quién pronunciaba el discurso más elaborado frente al famoso podio verde. La pregunta fundamental era otra: ¿quién se sentaría en la mesa del Escudo de las Américas y quién quedaría afuera?
Porque la diplomacia del siglo XXI parece exigir algo más que discursos. Exige acuerdos, coordinación, compromisos verificables y resultados.
Ahora habrá que esperar hasta la UNGA número 82 para comprobar cuánto de lo anunciado durante esta semana se convirtió en realidad. Será entonces cuando podamos determinar si las grandes declaraciones produjeron resultados tangibles, o si volveremos a escuchar los mismos diagnósticos, quizá con otras palabras y, probablemente, con otros protagonistas.
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“Al final, la historia no suele recordar cuánto duró un discurso. Recuerda lo que ocurrió después de que terminó”.
* El autor es empresario y comentarista político ecuatoriano. Fue presidente de BanEcuador.
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