Tener un vecino como Colombia no es fácil, un país lleno de guerrillas, paramilitares y narcos y el principal productor de coca del mundo. Ese cáncer, que es el origen de los principales problemas en la región, hoy enfrenta a Colombia y a Ecuador en una disputa que no es nueva, pero que en este caso tiene principalmente cuatro responsables.
El primero es, sin duda, Rafael Correa. Su gobierno acabó con la cooperación en la lucha antidrogas con Estados Unidos y puso fin a la ayuda americana en la base de Manta, donde estaban los radares utilizados para controlar el flujo de narcóticos. También, desmontó toda la política antidrogas y se alió con uno de los carteles de la droga más importantes de ese momento, las Farc.
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Como si esto fuera poco, abrió el país a la migración sin control y, claro, llegaron las mafias rusas y albanesas que luego operarían gran parte del narcotráfico, junto a otros extranjeros invitados que entraron y trabajaron en el negocio sin ninguna traba, los narcos mexicanos.

Correa creó las condiciones para, primero, la violencia terrible que hoy vive Ecuador y, segundo, el traslado de rutas de exportación de la costa del mar Pacífico de Colombia a las del vecino país.
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El segundo gran responsable es Juan Manuel Santos. El esfuerzo del Plan Colombia, 13 años de lucha implacable contra el narcotráfico, con muchísimos muertos, lo desmontó Santos con un acuerdo con las Farc.
En el 2013 Colombia tenía apenas 40 mil hectáreas de coca, en el 2002 eran 170 mil, y cinco años, después cuando dejó el gobierno, la cifra había subido a 200 mil. El 70 por ciento de ese crecimiento en los cultivos de coca se dio en la frontera con Ecuador y en departamentos aledaños, como el Cauca. Además, habría que sumarle las grandes reducciones en pie de fuerza que dejó luego de un acuerdo de paz que nunca trajo la paz.
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Los narcos, ante este nuevo escenario (Ecuador sin política antinarcóticos y Colombia con la coca disparada), decidieron cambiar las rutas de exportación de Colombia hacia Ecuador. Santos no hizo nada al respecto; al contrario, facilitó el camino de los narcos. Un ejemplo, el control de los ríos por donde se mueve la coca que en el 2018 ya no existía. La operabilidad de la infantería marina, encargada del control fluvial, en el 2018 era del 18 por ciento, según me dijo el jefe de operaciones de la Armada de Colombia en una reunión con el secretario de defensa de Estados Unidos.
El tercero, y la verdad un actor menor, es el expresidente de Colombia Iván Duque, cuya política antinarcóticos no produjo ningún resultado. Al final de su mandato, la extensión de cultivos de coca seguía siendo de 200 mil hectáreas y el control territorial en las zonas de producción, refinación y traslado de la droga habían mejorado poco. No hubo un cambio relevante en la desastrosa situación que heredó de su antecesor Juan Manuel Santos.
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La llegada de Gustavo Petro a la presidencia cambió las cosas, pero para mal. En estos cuatro años, el cultivo de coca subió a cerca de 300 mil hectáreas, algunos hablan de 330 mil, y la producción de cocaína pasó de 1600 toneladas métricas a 2800, algunos hablan ya de 3000. Lo poco que había hecho Duque lo desmontó Petro y le dio vía libre a los narcos. Es más, el poder de estas organizaciones criminales creció en todo el pacífico colombiano y, en especial, en las zonas productoras de coca, pues con su proyecto de paz total acabó con la presencia militar y policial en estos territorios, que, obviamente, fueron copados por las organizaciones criminales que manejan el negocio de la cocaína y del oro ilegal.

Los cuatro años de gobierno de Petro tienen como grandes beneficiarios a los criminales más brutales del país, los que se dicen guerrilleros, y los narcos tradicionales, aunque en el fondo son la misma cosa. Es más, los líderes del cartel del golfo, el más grande del país, viven protegidos en Catar mientras ‘negocian’ en el proceso de paz total. Petro, incluso hoy, anda liberando los criminales más violentos de las cárceles colombianas, y muchos asesinos de las Farc y algunos del Eln están libres y bajo protección de esa paz total que no es sino un instrumento de impunidad que Petro utiliza para obligarlos a apoyar a su candidato a la presidencia, Iván Cepeda. Esto último es tan obvio que, incluso, los mismo narcos en Catar lo ‘desmintieron’ en un comunicado, en el cual decían que no iban a intervenir en las elecciones. Blanco es, gallina lo pone y frito se come.
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Hace apenas unos meses la periodista colombiana Salud Hernandez Mora hizo un recorrido por la frontera desde Tumaco en Nariño, hasta Ecuador. Lo que mostró fue la ausencia absoluta de presencia militar y policial de Colombia en este lado de la frontera. Obvio, los narcos utilizan ese corredor para exportar coca a través de Ecuador.
Ecuador responde con una retaliación comercial, mientras Petro se justifica. Lo que los ecuatorianos deben tener claro es que si Cepeda gana la presidencia esa situación no va a cambiar; por el contrario, va a empeorar. Deben hacer planes de contingencia para esa posibilidad, que no es menor. Por otro lado, si Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella llegan al poder, al otro día cambia la situación y hasta operaciones conjuntas militares y policiales en ambas fronteras van a ser posibles, con apoyo de Estados Unidos.
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Eso sí, la debilidad militar y policial de Ecuador aún requiere de un gran trabajo y muchísimo presupuesto para estar a la altura del reto, y los aparatos militares y policiales de Colombia llegan a ese escenario muy debilitados en términos económicos, de tecnología y de moral, luego de cuatro años en los que Petro los debilitó día tras día.
Esperar resultados a corto plazo no va a ser fácil. Eso sí, con los gobiernos trabajando juntos y con Estados Unidos detrás, si Cepeda no es presidente, la cosa se le complica mucho a los narcos, por eso hoy Petro los tiene chantajeados con su paz total. ¿Quieren que esos beneficios de impunidad y crecimiento de su organización criminal se mantengan? Ayuden en las elecciones.
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En esas estamos. Petro, como AMLO, integró a los criminales a su proyecto político y en vez de llamarlo “abrazos y no balazos”, le puso un nombre sofisticado, paz total, pero con el mismo objetivo de su colega mexicano, quien, por cierto, tiene los días contados. ¿Será que lo mismo le va a pasar a Petro? No lo debemos descartar.
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