
El Perú es un país maravilloso, tanto por su riqueza cultural e histórica, como por su vibrante economía y exquisita gastronomía. El espíritu emprendedor de ese pueblo ha permitido posicionarlo entre aquellos que avanzan hacia un destino visible de desarrollo, muy a pesar de los obstáculos que la inestabilidad política ha impuesto en su camino.
Esa capacidad de resiliencia ciudadana es excepcional y motiva constantes debates entre los estudiosos de América Latina, quienes tratan de explicar cómo es que una sociedad sometida a tantos cambios abruptos ha logrado mantener semejante dinamismo económico. Mucho se ha escrito y se puede seguir escribiendo sobre eso, pero creo que la respuesta más elocuente, aún en su sencillez, reside en la fortaleza de su gente, en su cultura del esfuerzo.
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Sin embargo, por encomiables que sean los logros macroeconómicos, el caos político inevitablemente erosiona la capacidad de conducir hacia un proyecto nacional estable. Aunque la creatividad peruana tenga al cielo como límite, el desorden administrativo pone un techo de cristal sobre las oportunidades de la población, esa misma que cada vez se muestra más agotada por la sucesión aparentemente infinita de gobiernos débiles.
El liderazgo importa, las personas a cargo pueden hacer la diferencia, los equipos definen el rumbo de las naciones y las decisiones tomadas desde el poder impactan de forma directa en la vida cotidiana de millones de ciudadanos. En un país que enfrenta cansancio institucional y desconfianza colectiva, los indicadores no bastan, se requiere a estadistas con carácter para la implementación de una visión capaz de reconciliar el crecimiento con gobernabilidad.
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Los torneos electorales siempre son la cita precisa para en democracia escoger el futuro al cual se aspira, pero la segunda vuelta presidencial del próximo domingo 7 de junio adquiere un significado mayor para los peruanos. Es el momento en que a través de las urnas podrán decidir si revierten la tendencia de desestabilización que ha regido durante la última década. Por eso, aunque pareciera ser una competencia entre dos personas o partidos, es en realidad una dicotomía entre dos visiones de Estado, una disyuntiva entre dos improntas muy distintas.
Es en este contexto que quiero compartir el testimonio de la Keiko Fujimori que conozco y por qué hago público mi endoso a su candidatura presidencial, que considero clave para la estabilidad regional. Se trata de una líder que con firmeza y corazón ha formado parte intrínseca de la historia moderna del Perú, con una presencia que se remonta a su adolescencia, que fue testigo a la vez que actriz protagónica en momentos determinantes.
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Su temple ha sido puesto a prueba reiteradas veces y más de uno quiso escribir su panegírico político, pero como verdadera capitana de tropas bien organizadas, salió adelante en cada una de estas coyunturas. Pero esa tenacidad nunca ha dado pie a la soberbia, todo lo contrario, Keiko se muestra siempre humilde, condición esencial para ese talento de aprendizaje que la ha convertido hoy en la presidenta que necesitan los peruanos.
La candidata de Fuerza Popular cuenta con el mejor asesor que podemos tener quienes hacemos vida política: un inigualable recorrido punta a punta por toda su patria que conoce a profundidad. Cada campaña, toda asamblea, han hecho de su partido la única estructura sostenible en el país y a la líder la han posicionado como la más fiel intérprete de los anhelos ciudadanos que ha escuchado sin intermediarios.
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Quienes compartimos con ella en redes internacionales siempre quedamos asombrados por su aptitud técnica, al mismo tiempo que deslumbrados por su calidad humana. La misma mujer extraordinaria que te puede citar con precisión las estadísticas de seguimiento a indicadores fundamentales para el desarrollo, es la que en una caminata popular reconoce de lejos a la abuelita simpatizante, haciendo un aparte para escuchar sobre cómo le van a sus nietos, a la vez que se preocupa por la gente más humilde de su pueblo.
La Keiko que conozco y cuya amistad me honra, tiene la madera necesaria para reunificar al país, precisamente porque ha aprendido de su propia experiencia. La Biblia nos enseña que todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Sin duda, ha llegado la hora de optar por un camino de orden, que es el único que garantizará la prosperidad, seguridad y libertad que haga al Perú grande entre las naciones.
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