La presidenta interina de Venezuela, Delcy Eloína Rodríguez, aún no tiene boleto a la Casa Blanca. Ni siquiera el hecho de que días atrás un viceministro de Exteriores venezolano estuviera en Washington D.C. cambia esa realidad. Porque, como bien reza el dicho: no todo lo que brilla es oro.
La reciente exclusión de Rodríguez de la lista de sancionados de la OFAC, junto con declaraciones inusualmente favorables del presidente Donald Trump, quien aseguró estar dispuesto a trabajar “codo a codo” con su interinato, ha abierto una grieta interpretativa en el mapa político venezolano.
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Para los sectores más duros del antichavismo, la noticia cayó como un balde de resignación. La lectura es inmediata y pesimista: ven en estos gestos un reconocimiento tácito que podría prolongar la permanencia de Rodríguez en el poder, como si Washington hubiese sellado, en silencio, una cláusula de continuidad.
Sin embargo, en los sectores más moderados, aquellos que aún creen en la política como el arte de lo posible, la misma noticia se interpreta de forma distinta. Allí, en la letra pequeña de este acuerdo no escrito, algunos descifran el gesto clásico de toda transición política: reducir el costo de salida del adversario.
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Levantar sanciones y ofrecer señales de reconocimiento no necesariamente implica premiar a un régimen. Puede, por el contrario, ser una estrategia para destrabar una negociación. En la teoría de las transiciones, esto se entiende como desmontar los incentivos que atan al poder a quien debe abandonarlo.
En esta modesta opinión, Delcy Rodríguez seguirá siendo funcional para Washington mientras facilite un proceso que conduzca a elecciones libres y a una eventual democratización del país. No es casual que el levantamiento de sanciones ocurra en medio de un intento de normalización de relaciones y apertura económica.
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Pero si decide aferrarse al poder más allá de lo útil, si bloquea el camino hacia la estabilidad jurídica y unas reglas claras, entonces la advertencia (silenciosa pero firme) de los grandes consorcios energéticos se hará sentir. Ninguna empresa seria invertirá en un país donde el riesgo político sigue intacto.
Sin inversión no hay recuperación. Y sin recuperación, el poder deja de ser una plataforma y se convierte en una cárcel hecha de escombros.
La política, muchas veces, se escribe en los márgenes. Y en este caso, el margen está en comprender que levantar una sanción puede ser, paradójicamente, el primer ladrillo de un puente hacia la democracia, eso sí, siempre que alguien decida cruzarlo.
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Por ahora, todo indica que ese puente existe, pero Delcy Eloína Rodríguez aún no tiene el boleto a la Casa Blanca.
Amanecerá y veremos.
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