Como ocurre en todos los grandes acontecimientos, no es lo que pasó, sino lo que no pasó. Nicolás Maduro fue capturado en su “búnker infalible” en una operación nocturna, trasladado a Nueva York, y a la mañana siguiente el mundo siguió girando siendo los grandes titulares de los medios.
No estalló una guerra civil, no hubo ajustes de cuentas generalizados, no se produjo el caos que la historia suele asociar a este tipo de quiebres. Ese silencio, esa calma tensa y antinatural en Venezuela, es el primer dato clave a analizar.
Desde Mar-a-Lago, el presidente de EEUU, Donald Trump, no habló de liberación ni de transición. Habló de administración. Dijo que Estados Unidos “va a dirigir esencialmente” Venezuela, que controlará el petróleo y que no habrá vacío de poder.
Y en medio de ese discurso apareció un nombre como eje del plan: Delcy Rodríguez.
La lógica es fría y, en su crudeza, comprensible. Trump ha optado por la estabilidad inmediata y férrea, y ha puesto todos sus huevos en la canasta de Delcy, pero vigilada y manejada por el Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio. No por afinidad ideológica, sino por puro pragmatismo.
Ella es, según sus propias palabras, quien “hará lo que sea necesario”. Es el instrumento. Maduro la llamaba su “tigre”: una revolucionaria curtida en mil batallas. Y no exageraba.
Delcy Eloína concentra Finanzas, Petróleo y la Vicepresidencia. Tiene las llaves de una economía devastada y, lo más importante, conoce cada resquicio del aparato chavista: sus lealtades, sus miedos, sus redes. Trump no necesita un idealista; necesita a alguien capaz de apretar un botón y hacer que la maquinaria —o lo que queda de ella— obedezca.
¿Es una apuesta riesgosa? Sin duda. Pero viene con un seguro brutal: cumples o te irá peor que a Maduro. Es la pedagogía más cruda del poder.
Y Delcy no parece del tipo que se inmola. Es una calculadora nata, una abogada que escaló rápido en un mundo de hombres brutales. Su discurso público, asegurando que Venezuela “nunca será una colonia”, cumple una función: preservar cierta dignidad ante su pueblo.
Las acciones, sin embargo, cuentan otra historia. Su presunto viaje relámpago a Moscú no parece una huida, sino una coordinación. Todo indica que Rusia, antiguo patrocinador, acepta retirarse del tablero a cambio de garantías en otro escenario global. El silencio de Putin resulta tan elocuente como las palabras de Trump.
La pregunta ahora es ¿Qué hará Delcy Eloína con el margen que le han dado?. Dos o tres meses, según se comenta. En ese lapso debe enviar señales claras.
Podría reordenar el tablero interno: sacar a Padrino López de Defensa y enviarlo a una vicepresidencia decorativa, colocando en su lugar a alguien de su absoluta confianza —y aceptable para Washington—. Podría neutralizar a Diosdado Cabello antes de que tenga tiempo de conspirar.
Ahí está la clave. Trump fue directo: la operación “no costará un centavo”, porque el dinero saldrá del subsuelo. Más crudo, algo de efectivo circulando, y una población exhausta con menos razones inmediatas para rebelarse. Es la forma más rápida de comprar una paz social mínima.
Todo esto sin dejar el teatro político: exigir al “imperialismo bárbaro” la devolución de Cilia y del propio Maduro, con pantuflas y antifaz incluidos. La retórica es parte del guión.
Lo que presenciamos no es una invasión clásica, sino una transición tutelada y pactada. Un acuerdo donde la soberanía se negocia, la legitimidad democrática se pospone y la estabilidad se compra con armas y oleoductos.
Trump ya hizo su jugada y colocó a Delcy Rodríguez en el centro del tablero. Ella no es la presidenta: es la administradora de la crisis.
Los próximos meses son su examen. Si aprueba, podría asegurarse un lugar en el nuevo orden. Si no obedece, la amenaza es clara.
La suerte está echada, en seis meses podría tener partido, candidatura presidencial y recursos para competir de seguro perdería cualquier elección pero seguirían en el terreno político siendo opositores mientras Maduro y Cilia pagan condena. Delcy también es pragmática y se adaptará a su nuevo jefe.
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