
Fueron apenas 47 segundos. Eso es lo que dura una eternidad cuando el poder se acaba.
Nicolás Maduro apareció cojeando, con una capucha negra cubriéndole el rostro, esposado, intentando esbozar un “Feliz Año” que sonó vacío y grotesco, a los agentes de la DEA y soldados estadounidenses que lo llevaron a la sede de la Administración de Control de Drogasque en EEUU. Durante años repitió que resistiría hasta el final, que enfrentaría cualquier amenaza, que no se rendiría jamás. Así se construyen los mitos del poder, pero la histórica madrugada del 3 de enero del 2026, el mito se deshizo en silencio y en menos de un minuto.
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Todo ocurrió con una precisión quirúrgica, como advirtieron expertos serios en materia de estrategia y acción militar. No hubo discursos, ni cadenas, ni tiempo para huir. Solo oscuridad. Caracas quedó literalmente a oscuras, como si la ciudad hubiera contenido la respiración. A las 2.00 de la madrugada, las calles estaban desiertas, pero el ruido de aviones militares y las posteriores explosiones captadas por algunos noctámbulos despertó a gran parte de la ciudad, luego al país entero y casi de manera inmediata al mundo entero: la capital de Venezuela estaba siendo atacada y probablemente era para capturar a Nicolás Maduro y sus secuaces.
En este ejercicio de opinión, en esta imagen que muchos venezolanos han imaginado, la madrugada del 3 de enero de 2026 se ha convertido en una fecha marcada en la memoria colectiva. Desde Estados Unidos, Donald Trump anunciaba en sus redes la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores. No fue una guerra, dijo. Fue una operación. Fría, calculada, milimétrica.
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Desde su residencia en Mar-a-Lago, Trump comparó la acción con operaciones pasadas de alto impacto. Aseguró que no hubo bajas estadounidenses. “Tenemos el mejor equipo militar del mundo”, afirmó. Mientras tanto, Maduro ya no era presidente. Ya no era comandante. Ya no era el hombre que daba órdenes. Era solo un detenido más recibiendo órdenes de soldados del “imperio mesmo”, que le tomaban fotos y hacían videos como prueba de fe de vida que fueron portadas de medios de comunicación en el mundo con el titular: “CAYÓ MADURO”.
Según esta narrativa, los servicios de inteligencia llevaban meses observándolo, sabían qué comía, dónde dormía, con quién hablaba. El poder, confiado, nunca sospecha que está siendo vigilado y mucho menos infiltrado hasta los huesos. Cree que es invencible. Cree que el miedo siempre estará del otro lado.
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A las 3:30 de la madrugada, Maduro y su esposa a la que él mismo llama “la primera combatiente” estaban bajo custodia del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Su destino: una celda y una inevitable braga naranja. El mismo sistema penitenciario que alberga a otros nombres que alguna vez parecieron intocables.

Marco Rubio fue directo: no era un presidente legítimo, sino un fugitivo. Tenía una recompensa de 50 millones de dólares y múltiples oportunidades para abandonar el poder. No lo hizo. El poder prolongado nubla el juicio. Hace creer que nada termina.
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Trump fue más crudo aún: “Somos los que ponemos orden cuando nadie más lo hace”. Prometió proteger al pueblo venezolano, garantizar una transición y evitar que cualquier figura del régimen volviera al poder. Habló de paz, de justicia, de regreso. Palabras grandes para un país cansado.
Pero más allá de los discursos, este relato deja una imagen imposible de borrar: el hombre que nunca se vio esposado, esposado, dominado. El hombre que creyó que el poder era eterno, reducido a 47 segundos de realidad.
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Ese es el verdadero mensaje. No solo para Maduro, sino para quienes aún se aferran al poder en Venezuela. El final no siempre llega con estruendo. A veces llega en silencio, en la madrugada, y dura menos de un minuto.
Cuarenta y siete segundos bastan para que un régimen entero se vea, por fin, en el espejo.
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